El presente artículo analiza las contradicciones teóricas fundamentales entre la concepción optimista del progreso capitalista formulada por Adam Smith y la crítica radical desarrollada por Marx. Mientras la economía política clásica concibe el capitalismo como un orden natural basado en la libertad individual y el equilibrio espontáneo del mercado, la teoría marxista lo entiende como un sistema histórico de explotación sustentado en la apropiación del trabajo ajeno. A través del examen de categorías centrales como la “mano invisible”, el beneficio, el contrato laboral, la alienación y la acumulación originaria, se muestra que la armonía postulada por Smith opera como una forma ideológica que oculta relaciones estructurales de dominación.
Una confrontación crítica entre la economía política clásica y la crítica marxista
Adam Smith es considerado el fundador de la economía política clásica y uno de los principales teóricos del liberalismo económico moderno. En La riqueza de las naciones (1776), Smith presenta al capitalismo como un sistema que, basado en el interés individual y la libre competencia, tiende espontáneamente al bienestar general, Marx, casi un siglo después, retoma críticamente esta tradición para someterla a una disección científica que revela sus presupuestos ideológicos y sus contradicciones internas.
Para Marx, la economía política clásica describe correctamente ciertos fenómenos del capitalismo, pero fracasa al naturalizar relaciones sociales históricas y al ocultar el carácter explotador del sistema. Este trabajo sostiene que la oposición entre Smith y Marx no es meramente metodológica, sino que expresa dos concepciones antagónicas del progreso del capitalismo, la libertad y la organización social.
De la “mano invisible” a la anarquía de la producción: forma valor, fetichismo y crítica filológica
La noción de la “mano invisible” ocupa un lugar central, aunque paradójicamente marginal en términos cuantitativos, dentro de la obra de Adam Smith. La célebre sintagma invisible hand aparece solo en contadas ocasiones en su producción teórica; sin embargo, su peso conceptual ha sido desproporcionadamente elevado en la tradición liberal posterior. Desde un punto de vista filológico, resulta significativo que Smith utilice la expresión no como una ley económica formalizada, sino como una metáfora explicativa destinada a ilustrar un efecto no intencional de la acción individual (Smith, 1776/2011).
En La riqueza de las naciones, Smith afirma que el capitalista, al perseguir su propio interés, es conducido por una “mano invisible” a promover el interés general, aun cuando este no forme parte de sus intenciones conscientes. El pasaje relevante señala que el agente económico,
“no se propone promover el interés público, ni sabe cuánto lo promueve; […] es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”
(Smith, 1776/2011, p. 456).
Desde una lectura filológica, el uso del participio pasivo (is led) es crucial: el sujeto aparece como conducido por una fuerza impersonal, externa a su conciencia. Esta formulación anticipa, aunque sin tematizarla conceptualmente, la problemática que Marx desarrollará bajo la categoría de fetichismo: la subordinación de los sujetos sociales a relaciones que ellos mismos producen, pero que se les enfrentan como potencias autónomas.
Marx retoma esta intuición implícita, pero la reubica dentro de una teoría sistemática de las formas sociales. En El capital, la aparente regularidad del mercado no es resultado de una armonía natural, sino de la dominación de la forma valor, que impone su lógica a los productores de manera inconsciente. Marx sostiene que los individuos,
“no lo saben, pero lo hacen”
(Marx, 1867/2014, p. 90),
subrayando que las relaciones sociales capitalistas operan a espaldas de los agentes, bajo la forma de leyes objetivas que se presentan como naturales.
La “mano invisible”, desde esta perspectiva, puede ser reinterpretada como una descripción ideológica del funcionamiento de la forma valor. En el capitalismo, los productos del trabajo solo adquieren validez social en tanto mercancías, es decir, como portadores de valor. Esta mediación social indirecta implica que el trabajo privado solo se vuelve social ex post, a través del intercambio. Marx explica que,
“el carácter social del trabajo aparece como una propiedad objetiva de los productos del trabajo”
(Marx, 1867/2014, p. 87),
lo que constituye el núcleo del fetichismo de la mercancía.
Así, aquello que Smith percibe como una coordinación espontánea del mercado es, para Marx, el resultado de una forma social específica en la que las relaciones entre las personas se presentan como relaciones entre cosas. El orden del mercado no es transparente ni consciente, sino fetichizado: los precios, el dinero y el capital adquieren una apariencia de autonomía frente a los sujetos que los producen.
Esta mediación fetichista es precisamente la condición de posibilidad de la anarquía de la producción mercantil. Dado que los productores no regulan conscientemente la producción social, sino que dependen de señales de mercado posteriores —precios, ganancias, quiebras—, la coordinación solo se impone de manera violenta y discontinua. Marx señala que la ley del valor,
“se impone como una ley natural ciega, del mismo modo que la ley de la gravedad se impone cuando una casa se derrumba sobre la cabeza de alguien”(Marx, 1867/2014, p. 92).
Desde este punto de vista, la “mano invisible” no elimina el caos, sino que lo presupone. La competencia obliga a cada capitalista a actuar como si el mercado fuera racional, aun cuando el resultado agregado sea irracional desde el punto de vista social. La sobreproducción, el desempleo y la destrucción de capital no son fallas del sistema, sino mecanismos mediante los cuales la forma valor restablece momentáneamente su equilibrio.
En el tomo III de El capital, Marx profundiza esta crítica al afirmar que el capitalismo no puede resolver conscientemente la contradicción entre producción social y apropiación privada, por lo que las crisis se convierten en su forma periódica de regulación:
“El verdadero límite de la producción capitalista es el capital mismo”
(Marx, 1894/2015, p. 328).
Desde esta perspectiva, la diferencia entre Smith y Marx no radica únicamente en el diagnóstico empírico, sino en el nivel de abstracción teórica. Smith describe los efectos visibles del mercado y los interpreta como signos de una racionalidad inmanente. Marx, en cambio, reconstruye las formas sociales subyacentes —mercancía, valor, dinero, capital— que producen esos efectos y muestra su carácter históricamente determinado y contradictorio.
En consecuencia, la crítica marxista no niega que el mercado produzca regularidades, sino que demuestra que dichas regularidades son el resultado fetichizado de relaciones sociales no controladas conscientemente. La “mano invisible” aparece así como la expresión ideológica de una sociedad en la que los sujetos abdican del control colectivo sobre su propia reproducción social, delegándolo a mecanismos impersonales que se imponen como fuerzas externas.
Referencias bibliográficas
Marx, K. (2010). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Alianza.
Marx, K. (2014). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I (7.ª ed.). Siglo XXI Editores.
Marx, K., & Engels, F. (2004). Manifiesto del Partido Comunista. Centro de Estudios Socialistas.
Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Alianza.
Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1807)
Marx, K. (2010). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Alianza.
Marx, K. (2014). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Siglo XXI Editores.
Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Alianza. (Obra original publicada en 1776)