1 de abril de 2026

Adam Smith y Karl Marx: progreso, mercado y explotación

El presente artículo analiza las contradicciones teóricas fundamentales entre la concepción optimista del progreso capitalista formulada por Adam Smith y la crítica radical desarrollada por Marx. Mientras la economía política clásica concibe el capitalismo como un orden natural basado en la libertad individual y el equilibrio espontáneo del mercado, la teoría marxista lo entiende como un sistema histórico de explotación sustentado en la apropiación del trabajo ajeno. A través del examen de categorías centrales como la “mano invisible”, el beneficio, el contrato laboral, la alienación y la acumulación originaria, se muestra que la armonía postulada por Smith opera como una forma ideológica que oculta relaciones estructurales de dominación.

Una confrontación crítica entre la economía política clásica y la crítica marxista

Adam Smith es considerado el fundador de la economía política clásica y uno de los principales teóricos del liberalismo económico moderno. En La riqueza de las naciones (1776), Smith presenta al capitalismo como un sistema que, basado en el interés individual y la libre competencia, tiende espontáneamente al bienestar general, Marx, casi un siglo después, retoma críticamente esta tradición para someterla a una disección científica que revela sus presupuestos ideológicos y sus contradicciones internas.

Para Marx, la economía política clásica describe correctamente ciertos fenómenos del capitalismo, pero fracasa al naturalizar relaciones sociales históricas y al ocultar el carácter explotador del sistema. Este trabajo sostiene que la oposición entre Smith y Marx no es meramente metodológica, sino que expresa dos concepciones antagónicas del progreso del  capitalismo, la libertad y la organización social.

De la “mano invisible” a la anarquía de la producción: forma valor, fetichismo y crítica filológica

La noción de la “mano invisible” ocupa un lugar central, aunque paradójicamente marginal en términos cuantitativos, dentro de la obra de Adam Smith. La célebre sintagma invisible hand aparece solo en contadas ocasiones en su producción teórica; sin embargo, su peso conceptual ha sido desproporcionadamente elevado en la tradición liberal posterior. Desde un punto de vista filológico, resulta significativo que Smith utilice la expresión no como una ley económica formalizada, sino como una metáfora explicativa destinada a ilustrar un efecto no intencional de la acción individual (Smith, 1776/2011).

En La riqueza de las naciones, Smith afirma que el capitalista, al perseguir su propio interés, es conducido por una “mano invisible” a promover el interés general, aun cuando este no forme parte de sus intenciones conscientes. El pasaje relevante señala que el agente económico,

“no se propone promover el interés público, ni sabe cuánto lo promueve; […] es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones” 

(Smith, 1776/2011, p. 456).

Desde una lectura filológica, el uso del participio pasivo (is led) es crucial: el sujeto aparece como conducido por una fuerza impersonal, externa a su conciencia. Esta formulación anticipa, aunque sin tematizarla conceptualmente, la problemática que Marx desarrollará bajo la categoría de fetichismo: la subordinación de los sujetos sociales a relaciones que ellos mismos producen, pero que se les enfrentan como potencias autónomas.

Marx retoma esta intuición implícita, pero la reubica dentro de una teoría sistemática de las formas sociales. En El capital, la aparente regularidad del mercado no es resultado de una armonía natural, sino de la dominación de la forma valor, que impone su lógica a los productores de manera inconsciente. Marx sostiene que los individuos,

“no lo saben, pero lo hacen” 

(Marx, 1867/2014, p. 90),

subrayando que las relaciones sociales capitalistas operan a espaldas de los agentes, bajo la forma de leyes objetivas que se presentan como naturales.

La “mano invisible”, desde esta perspectiva, puede ser reinterpretada como una descripción ideológica del funcionamiento de la forma valor. En el capitalismo, los productos del trabajo solo adquieren validez social en tanto mercancías, es decir, como portadores de valor. Esta mediación social indirecta implica que el trabajo privado solo se vuelve social ex post, a través del intercambio. Marx explica que,

“el carácter social del trabajo aparece como una propiedad objetiva de los productos del trabajo” 

(Marx, 1867/2014, p. 87),

lo que constituye el núcleo del fetichismo de la mercancía.

Así, aquello que Smith percibe como una coordinación espontánea del mercado es, para Marx, el resultado de una forma social específica en la que las relaciones entre las personas se presentan como relaciones entre cosas. El orden del mercado no es transparente ni consciente, sino fetichizado: los precios, el dinero y el capital adquieren una apariencia de autonomía frente a los sujetos que los producen.

Esta mediación fetichista es precisamente la condición de posibilidad de la anarquía de la producción mercantil. Dado que los productores no regulan conscientemente la producción social, sino que dependen de señales de mercado posteriores —precios, ganancias, quiebras—, la coordinación solo se impone de manera violenta y discontinua. Marx señala que la ley del valor,

“se impone como una ley natural ciega, del mismo modo que la ley de la gravedad se impone cuando una casa se derrumba sobre la cabeza de alguien”
(Marx, 1867/2014, p. 92).

Desde este punto de vista, la “mano invisible” no elimina el caos, sino que lo presupone. La competencia obliga a cada capitalista a actuar como si el mercado fuera racional, aun cuando el resultado agregado sea irracional desde el punto de vista social. La sobreproducción, el desempleo y la destrucción de capital no son fallas del sistema, sino mecanismos mediante los cuales la forma valor restablece momentáneamente su equilibrio.

En el tomo III de El capital, Marx profundiza esta crítica al afirmar que el capitalismo no puede resolver conscientemente la contradicción entre producción social y apropiación privada, por lo que las crisis se convierten en su forma periódica de regulación:

“El verdadero límite de la producción capitalista es el capital mismo”

(Marx, 1894/2015, p. 328).

Desde esta perspectiva, la diferencia entre Smith y Marx no radica únicamente en el diagnóstico empírico, sino en el nivel de abstracción teórica. Smith describe los efectos visibles del mercado y los interpreta como signos de una racionalidad inmanente. Marx, en cambio, reconstruye las formas sociales subyacentes —mercancía, valor, dinero, capital— que producen esos efectos y muestra su carácter históricamente determinado y contradictorio.

En consecuencia, la crítica marxista no niega que el mercado produzca regularidades, sino que demuestra que dichas regularidades son el resultado fetichizado de relaciones sociales no controladas conscientemente. La “mano invisible” aparece así como la expresión ideológica de una sociedad en la que los sujetos abdican del control colectivo sobre su propia reproducción social, delegándolo a mecanismos impersonales que se imponen como fuerzas externas.

Referencias bibliográficas

Marx, K. (2010). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Alianza.

Marx, K. (2014). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I (7.ª ed.). Siglo XXI Editores.

Marx, K., & Engels, F. (2004). Manifiesto del Partido Comunista. Centro de Estudios Socialistas.

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Alianza.

Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1807)

Marx, K. (2010). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Alianza.

Marx, K. (2014). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Siglo XXI Editores.

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Alianza. (Obra original publicada en 1776)

24 de marzo de 2026

A 50 años del golpe: clase, Estado y los límites del nacionalismo

Al cumplirse medio siglo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el debate sobre su naturaleza y significado histórico sigue atravesado por tensiones políticas e ideológicas. No es casual. Lo que está en discusión no es solo el pasado, sino también cómo interpretamos el presente.

Ésto nos obliga a ir más allá de las explicaciones cómodas más aceptadas en arco político. No alcanza con condenar la dictadura: hay que entender qué condiciones sociales, políticas, económicas la hicieron posible.

El golpe no fue un “exceso militar”

Una de las ideas más instaladas en la literatura es que el golpe fue una desviación autónoma de las Fuerzas Armadas. Pero esto oscurece lo esencial del análisis.

El régimen que comenzó en 1976 fue una dictadura cívico-militar. No actuó en el vacío: expresó intereses de clase concretos de sectores empresariales, financieros y buena parte del poder político burgués acompañaron —de forma activa o pasiva— la salida golpista.

El punto de fondo es claro: cuando la acumulación capitalista entra en crisis y no logra recomponerse dentro de los marcos institucionales de la democracia burguesa, la coerción estatal pasa a primer plano.

Crisis orgánica y lucha de clases

El golpe debe ubicarse en la crisis de mediados de los años setenta. No era simplemente un “caos”, sino una situación de bloqueo.

La economía mostraba tensiones crecientes: inflación, caída de la rentabilidad, dificultades para sostener el modelo de acumulación. Al mismo tiempo, la clase trabajadora mantenía niveles importantes de organización y resistencia política.

Esa combinación —crisis económica y conflictividad social— es clave. La burguesía no opta por la dictadura solo por capricho, sino cuando no puede disciplinar al trabajo en condiciones “normales”.

El rol del peronismo y los límites del nacionalismo

Aquí aparece uno de los puntos más sensibles. El último gobierno peronista no fue simplemente una víctima del golpe. Tampoco fue un actor homogéneo. Pero sí contribuyó a crear condiciones que facilitaron la intervención militar.

Bajo el gobierno de María Estela Martínez de Perón, la represión ya estaba en marcha. La acción de la Triple A fue un instrumento paraestatal dirigido contra los sectores obreros y de la izquierda en particular.

Al mismo tiempo, el gobierno no lograba estabilizar la economía ni encauzar el conflicto social dentro de los marcos institucionales. Esto llevó a una creciente descomposición política y a un fenómeno decisivo: sectores del propio peronismo —especialmente su ala sindical y burocrática— terminaron aceptando, de hecho, la idea de una “salida de orden”.

Pero este proceso no puede entenderse solo en términos coyunturales. Tiene una raíz más profunda: los límites del nacionalismo peronista como estrategia histórica.

El peronismo, en tanto proyecto nacional-popular, se propuso conciliar intereses de clase: articular a la burguesía local con la clase trabajadora bajo la mediación del Estado. Durante ciertos períodos, esta mediación logró estabilizar el conflicto. Pero esa estabilidad era frágil.

¿Por qué? Porque no eliminaba la contradicción fundamental entre capital y trabajo, sino que la administraba. Y cuando las condiciones económicas se deterioraron apareciendo —caída de la rentabilidad, crisis internacional— esa mediación empezó a romperse.

En ese contexto, el nacionalismo mostró su límite político y estructural: no podía sostener simultáneamente las condiciones de la acumulación del capital y las demandas del movimiento obrero.

Frente a ese impasse, el resultado fue doble: por un lado, represión desde el propio gobierno (como la Triple A) creado por el propio López Rega mano derecha de Juan Domingo Perón, por otro, incapacidad para evitar una salida más reaccionaria

En este sentido, el golpe no solo expresó la ofensiva de la clase dominante hacía el conjunto de la clase obrera, sino también el fracaso de una estrategia política —la del nacionalismo burgués— para resolver las tensiones del capitalismo argentino.

El contenido de clase de la dictadura

El terrorismo de Estado no fue un exceso irracional. Fue funcional a un programa económico. La represión sistemática tuvo un objetivo concreto: destruir la capacidad de organización de la clase trabajadora para imponer una reestructuración regresiva.

Esa reestructuración implicó:caída del salario real, debilitamiento sindical,
apertura económica, expansión de la valorización financiera. El golpe, en este sentido, reorganizó la sociedad en función de las necesidades del capital.

Imperialismo y determinaciones internas

La injerencia de los Estados Unidos fue importante, pero no explica por sí sola el golpe. Reducir el proceso al imperialismo implica desconocer el papel activo de la clase burguesa criolla. El golpe fue posible porque existían intereses internos que lo impulsaban. El imperialismo operó en articulación con esas fuerzas, no como un sustituto de ellas.

Democracia y límites estructurales

A 50 años, la democracia argentina ha consolidado consensos importantes, especialmente en torno a los derechos humanos. Sin embargo, esto no debe llevar a una lectura complaciente.

Las condiciones estructurales que dieron origen a la crisis de los años setenta no han desaparecido completamente. Persisten tensiones en la acumulación, desigualdades profundas y conflictos entre capital y trabajo.

En ese marco, la democracia aparece como una forma política con límites: funciona mientras esas tensiones puedan ser contenidas.

A modo de cierre

El golpe de 1976 no fue una anomalía ni un accidente. Fue una forma extrema de resolución de una crisis de clase. Incorporar el papel del peronismo y, más profundamente, los límites del nacionalismo, permite comprender mejor ese proceso. No para distribuir culpas de manera abstracta, sino para identificar problemas reales.

Porque la lección de fondo sigue vigente; ninguna estrategia que busque conciliar de manera duradera intereses de clase antagónicos puede evitar, en última instancia, que esas contradicciones estallen.
Y cuando estallan, la historia argentina muestra que las salidas pueden ser profundamente regresivas.
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14 de marzo de 2026

Adam Smith, 250 años después entre el nacimiento de la economía política y la crítica de Marx

Esta nota es la primera que publico con respecto al aniversario de La riqueza de las naciones de Adam Smith, en futuras publicaciones analizaré sus aportes a la economía política y la crítica de Marx.

En este 2026 se cumplieron 250 años de la primera publicación de Una investigación sobre la naturaleza y las causas de La riqueza de las naciones un 9 de marzo de 1776. La obra más famosa de Adam Smith compuesto principalmente por cinco libros que contienen mas de 1000 páginas. El contexto de la obra es el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. La economía política clásica surgió como una crítica al sistema mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de los metales preciosos y el control estatal del comercio exterior. Smith cuestionó esta concepción y planteó que la riqueza de una nación depende fundamentalmente de su capacidad productiva, es decir, del desarrollo del trabajo social.Tan pocas obras han tenido una influencia comparable en la formación de la economía moderna. Con ese libro nació una tradición intelectual que intentó explicar cómo funcionaba el capitalismo emergente en la Europa del siglo XVIII.


Sin embargo, recordar a Smith dos siglos y medio después no significa repetir el mito liberal del “padre del libre mercado”. La verdadera historia de la economía política es más compleja, Smith fue un crítico del mercantilismo y un observador del capitalismo naciente, pero sus ideas fueron posteriormente reinterpretadas y simplificadas por la economía neoclásica. El aniversario invita, por lo tanto, a volver a discutir qué dijo realmente Smith, qué límites tenía su teoría y cómo fue superada por la crítica de Marx.

Smith y el nacimiento de la economía política


La obra de Smith surge en un contexto histórico particular: el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. En ese momento predominaba la doctrina mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de metales preciosos y el superávit comercial. Smith polemizó con esa visión. Argumentó que la riqueza de una sociedad no dependía del oro acumulado, sino de su capacidad productiva, es decir, del trabajo y de la organización de la producción.

Su idea central fue la división del trabajo. Según Smith, cuando el proceso productivo se divide en tareas especializadas, la productividad aumenta enormemente. El ejemplo clásico es la fábrica de alfileres, donde la fragmentación del trabajo permite multiplicar la producción. La división del trabajo se convierte así en el motor del crecimiento económico. Pero Smith también señaló un límite importante: la división del trabajo depende del tamaño del mercado. Cuanto mayor sea el mercado, mayor será la especialización y, por lo tanto, la productividad. Esta intuición anticipaba un rasgo fundamental del capitalismo moderno, su tendencia permanente a expandirse a todo el planeta.

Un pensador más complejo que el mito neoliberal


La tradición neoliberal transformó a Smith en un apóstol del “libre mercado absoluto”. Sin embargo, esta lectura simplifica su pensamiento. Smith no creía que los mercados funcionaran de manera automática en beneficio de todos los miembros de una sociedad dividida en clases sociales. Reconocía, por ejemplo: el poder de los monopolios, la tendencia de los empresarios a conspirar contra el público, la desigualdad entre los propios capitalistas y también de los trabajadores. De hecho, advertía que cuando los empresarios se reúnen, el resultado suele ser una conspiración contra los consumidores o contra los salarios. En otras palabras, Smith no era el defensor caricaturesco del mercado autorregulado que suele aparecer en los manuales de la economía convencional.

El límite histórico de la economía política clásica


A pesar de su enorme importancia, el análisis de la economía de Smith contenía límites claros. Smith identificó el papel del trabajo en la creación de riqueza, pero no logró explicar completamente el origen del beneficio capitalista, la bestia negra de la economía burguesa. Tampoco pudo desarrollar una teoría coherente de las crisis económicas. Estos problemas serían abordados posteriormente por otros economistas clásicos, especialmente por David Ricardo. Sin embargo, sería Marx quien llevaría la crítica mucho más lejos.

Marx y la crítica de la economía política


Marx partió de los trabajos intelectuales de Smith y Ricardo, pero lo sometió a una crítica radical materialista dialéctica. Mientras que Smith veía al capitalismo como un sistema esencialmente progresivo, Marx intentó revelar sus contradicciones internas. Su teoría de la plusvalía explicó el origen de la ganancia capitalista (Trabajo no pagado al obrero) el capital obtiene los beneficios porque los trabajadores producen más valor del que reciben en sus salarios. A partir de allí, Marx desarrolló una teoría de las crisis basada en: la acumulación de capital, la competencia entre los capitalistas, la tendencia decreciente de la rentabilidad y las crisis de sobreproducción entre otras crisis analizadas por Marx y Engels. De este modo, el capitalismo aparece no como un sistema armónico, sino como un sistema históricamente limitado y atravesado por las sucesivas crisis periódicas del sistema.


El capitalismo, 250 años después


Dos siglos y medio después de Smith, el capitalismo se ha transformado profundamente. La economía mundial hoy está dominada por: las grandes corporaciones multinacionales, los mercados financieros, las cadenas globales de producción, los monopolios tecnológicos. Paradójicamente, muchas de estas características contradicen el ideal de competencia que los economistas liberales enrolados en escuela neoclásica y austriacos atribuyen a Smith. Además, la economía global enfrenta problemas que Smith difícilmente hubiera imaginado cómo ser: la desigualdad extrema, las crisis financieras recurrentes, el estancamiento productivo en muchas economías, y la crisis climática. Todo esto muestra que el capitalismo no evolucionó hacia un equilibrio estable, sino hacia un sistema cada vez más contradictorio.

Conclusion 


Recordar a Smith 250 años después no debería servir para repetir dogmas liberales. La verdadera importancia de Smith es histórica: inaguró la economía política como ciencia social que intento comprender científicamente el funcionamiento del capitalismo. Pero la crítica posterior (especialmente la de Marx) mostró que ese sistema contiene contradicciones profundas que Smith no pudo explicar con su desarrollo teórico. Por eso, el aniversario de La riqueza de las naciones debería servir no para celebrar el capitalismo, sino para retomar la tradición crítica de la economía política y preguntarnos nuevamente: ¿Es el capitalismo realmente el destino final de la organización económica, o solo una etapa histórica más de la sociedad humana?.
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