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1 de febrero de 2026

¿China ya superó a Estados Unidos? Ley del valor, evidencia empírica y jerarquías del capital

En los debates actuales sobre la economía mundial se ha vuelto casi un lugar común afirmar que China ya superó —o está a punto de superar de manera inevitable— a Estados Unidos como principal potencia económica del planeta. La comparación suele apoyarse en indicadores agregados como el PBI, el volumen de exportaciones o la magnitud del aparato industrial. Sin embargo, desde una perspectiva marxista, este enfoque resulta insuficiente: no alcanza con medir cuánto produce cada país, sino que es necesario analizar cómo se organiza, se valida y se apropia el valor en el mercado mundial.

Este problema nos remite directamente a la ley del valor, núcleo de la crítica de la economía política de Marx. En el capitalismo, el trabajo no se reconoce como social por el mero hecho de realizarse, sino en la medida en que se impone como tiempo de trabajo socialmente necesario a escala general. Por eso, la discusión sobre si China “ya superó” a Estados Unidos no puede resolverse comparando magnitudes físicas o contables, sino examinando qué economías logran fijar las condiciones de productividad, tecnología, precios y moneda que regulan la valorización del capital a nivel global.

En este contexto, la disputa entre EE.UU. y China expresa mucho más que una competencia entre Estados o bloques: refleja tensiones profundas en la estructura jerárquica del capitalismo mundial, donde la producción de valor, realización del valor y apropiación del plusvalor no necesariamente coinciden en los mismos espacios nacionales. A partir de esta premisa, en este artículo analizamos aportando evidencia empírica reciente sobre productividad, comercio y finanzas, con el objetivo de aportar elementos para una discusión que, lejos de resolverse por inercia histórica, sigue abierta en el terreno contradictorio de la acumulación capitalista global.

En la publicación anterior formule de forma teórica, basándose en la la teoría del valor, los principales argumentos de porque no se puede afirmar que china ha superado a EE.UU, en oposición a visiones economistas como toman como fundamentos de análisis el PBI y otros indicadores que si bien aportan datos importantes sobre la salud de una economía nacional, pero son sensibles para indicar hegemonía en el mercado mundial. En esta entrada aportó evidencia empírica con gráficos para demostrar mí posición.

En debates económicos actuales abundan afirmaciones como esta: China ya igualó a EE.UU. y es inevitable que lo supere; EE.UU. sólo da manotazos de ahogado para evitarlo. Este tipo de interpretación popular se confunde magnitudes contables o estadísticas con relaciones sociales de valorización. Desde la ley del valor, el problema no es un “ranking PBI” de economías, sino quién controla las condiciones bajo las cuales el trabajo social se convierte en valor y se apropia de él a escala mundial.

A continuación, incorporo evidencia empírica reciente sobre comercio, finanzas y productividad para ampliar y anclar ese análisis.

Comercio mundial y las tensiones estructurales


China continúa siendo un actor central en el comercio global. En 2024, según estadísticas de las Naciones Unidas, el volumen comercial de bienes entre China y EE.UU. alcanzó cerca de US$688.3 mil millones, con Estados Unidos como principal destino de las exportaciones chinas y China como uno de los principales proveedores de bienes para EE.UU.

A pesar de la guerra comercial y de aranceles crecientes, China registró un superávit comercial récord superior a US$1 trillón en los primeros 11 meses de 2025, con exportaciones totales creciendo casi 6% interanual. Este superávit no solo indica una enorme capacidad de producción exportadora (que de por sí no mide valor social) sino también una posición estructural en el mercado mundial donde China sigue realizando intercambios netamente positivos con el resto del mundo.
Sin embargo, bajo la superficie hay tensiones. Las exportaciones chinas hacia EE.UU. han caído casi 29 % en 2025, reflejando el impacto de tarifas elevadas y ajustes en las cadenas de suministro, junto con un intento de diversificar mercados hacia ASEAN, África y la UE . Estos desplazamientos no son evidencia simple de “superación” de EE.UU., sino de una reconfiguración estructural del comercio mundial bajo presión intercapitalista.

Productividad y reconfiguraciones tecnológicas


En los Estados Unidos, los datos oficiales más recientes muestran que la productividad laboral no agrícola creció a un ritmo de 4.9 % anualizado en el tercer trimestre de 2025, el más rápido desde 2023, impulsado en parte por inversiones en inteligencia artificial (IA) . Esta tendencia sugiere que partes del capital estadounidense continúan incorporando tecnología avanzada para mantener márgenes y competitividad, un elemento clave en la lucha por el tiempo de trabajo socialmente necesario.

En contraste, estudios académicos de la universidad comparativos sobre IA detectan que, a pesar del avance tecnológico chino, el puntaje compuesto de desarrollo de IA según un índice académico permanece por debajo del de EE.UU. . Esto no invalida los avances chinos, pero sí indica que en segmentos tecnológicos clave la competencia sigue siendo asimétrica.

Finanzas, inversión y flujos de capital


El dato de productividad estadounidense convive con desbalances estructurales: por ejemplo, en noviembre de 2025 el déficit comercial estadounidense (no sólo con China) se amplió dramáticamente, marcando el mayor salto en casi 34 años, incentivado por un aumento de las importaciones de bienes de capital y consumo. Este déficit refleja una economía global profundamente integrada y dependiente de flujos internacionales, aunque no necesariamente una “fortaleza” homogénea del capital estadounidense.

Por otro lado, la inversión extranjera directa (IED) hacia China cayó cerca de 9.5 % en 2025, según datos oficiales chinos. Esta caída es significativa porque la IED es un canal histórico de transnacionalización del capital y de difusión tecnológica —y su descenso sugiere inquietudes entre capitales globales sobre perspectivas de rentabilidad en China bajo tensiones comerciales y estructurales.

Ganancias industriales, consumo y desequilibrios


La rentabilidad industrial en China (aunque positiva en 2025 por primera vez en cuatro años) creció modestamente (0.6 % interanual), con resultados mixtos según tipo de cadenas productivas. Esto es relevante para un análisis desde la ley del valor porque la tasa de ganancia influye en la acumulación y en la competitividad a nivel global.

Además, hay signos de deflación y débil consumo interno, lo que indica que el capitalismo mixto chino enfrenta contradicciones propias, no sólo “dominación automática” global . La ampliación de excedentes comerciales se da en un contexto de menor demanda doméstica y sobrecapacidad (overshoot) especialmente en sectores como el automotriz, lo cual condiciona la reproducción ampliada del capital.

Interdependencia y jerarquías productivas


Aunque hay movimientos de “nearshoring” y reorganización de cadenas de suministro (por ejemplo, hacia países ASEAN), la evidencia académica indica que China sigue profundamente integrada en las cadenas globales de valor, especialmente en segmentos donde suministra insumos intermedios a economías avanzadas. Esta integración es un rasgo de la capitalización global del trabajo productivo, pero no implica que China controle los centros de realización de valor donde se fijan los precios y se disciplinan las condiciones de producción en la escala mundial.

Conclusión provisoria: Los datos recientes no invalidan el ascenso chino, ni su papel central en la producción global. Pero tampoco confirman una “superación” automática de Estados Unidos en términos de hegemonía global del valor. La realidad empírica muestra: China mantiene exportaciones gigantes y superávit crecientes, aunque con reconfiguraciones regionales de destinos de mercado. Mientras  EE.UU. sigue impulsando la productividad con tecnología avanzada, un factor clave en la competencia por el tiempo de trabajo socialmente necesario. Los flujos financieros y de inversión muestran tensiones e incertidumbres, no un traspaso automático de centralidades. Las contradicciones estructurales internas persisten en ambas economías (déficits, consumo débil, sobrecapacidad). Esto encaja con una interpretación marxista de largas disputas intercapitalistas, no con una narrativa de inevitabilidad mecanicista. La ley del valor no es un dispositivo de predicción automática de hegemonías sino una herramienta para comprender cómo las relaciones sociales del trabajo y la valorización determinarán (mediante crisis y conflictos) los ejes centrales del capitalismo mundial.
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30 de enero de 2026

¿China ya superó a Estados Unidos? Una lectura desde la ley del valor

En una nota anterior respondí el comentario de un lector y seguidor del blog Osvaldo Miranda, que sostiene que china ya habría superado a EE.UU en el espacio del mercado mundial como potencia económica.

En ese comentario critique la visión común (presente tanto en el periodismo tradicional como en sectores de izquierda) que sostiene que el ascenso de China es un proceso lineal e irreversible basado en su crecimiento del PBI. Desde una perspectiva marxista basada en la ley del valor, argumente que la hegemonía no se mide por estadísticas de producción física, sino por el control de las relaciones sociales de producción y valorización. 

En esta entrada amplio de forma mas teórica lo dicho en mi respuesta al comentario de este lector.


El lector sostiene lo siguiente:

“EE.UU. intenta evitar que China lo pase, pero creo que China ya lo igualó y es inevitable que lo pase. EE.UU. está dando los últimos manotazos de ahogado, no va a reconocer nunca que China es la principal economía del mundo, pero así es y no hay nada que EE.UU. pueda hacer al respecto”. 

Este tipo de afirmaciones se han vuelto habituales, no sólo en el periodismo económico burgués sino también en amplios sectores de la izquierda en todas sus variantes. La idea central es clara: el ascenso económico chino sería lineal, irreversible y, por lo tanto, la decadencia de EE.UU. estaría ya consumada o sería cuestión de tiempo. Sin embargo, desde una perspectiva marxista basada en la ley del valor, este razonamiento es profundamente problemático.

El error no es menor, confundir magnitudes contables o físicas (PBI) con relaciones sociales de producción y de validación del valor a escala mundial. El marxismo no es una teoría del “ranking de las economías”, sino una crítica de las formas históricas mediante las cuales el trabajo social se organiza, se mide y se impone de manera histórica y social.

La ley del valor y el mercado mundial


Un punto fundamental de la crítica marxista de la economía política es que el valor no constituye una propiedad intrínseca de las mercancías, ni una magnitud puramente técnica derivada del tiempo de trabajo individual, sino una relación social que sólo se realiza plenamente en el mercado, y en el capitalismo desarrollado, en el mercado mundial. El trabajo privado, realizado de manera dispersa e independiente, sólo se convierte en trabajo socialmente necesario (TSN) en la medida en que es reconocido como tal a través del intercambio. En consecuencia, el proceso de producción no garantiza por sí mismo la valorización del capital: esta se consuma únicamente cuando el trabajo contenido en la mercancía logra validarse socialmente.

Desde esta perspectiva, no resulta suficiente con la mera expansión cuantitativa de la producción ni con el crecimiento acelerado de una economía nacional. Tampoco basta con disponer de una abundante fuerza de trabajo, una vasta base industrial o elevados niveles de inversión. La clave reside en las condiciones sociales bajo las cuales el trabajo es reconocido como socialmente necesario, es decir, en quién determina el tiempo medio de producción, los estándares tecnológicos dominantes, los precios de mercado y las monedas en las que se expresan los valores. Estas condiciones no son neutrales ni simétricas, sino que emergen de relaciones de poder entre capitales que compiten a escala internacional.

En el capitalismo mundial, la ley del valor opera como un mecanismo disciplinador y jerarquizador que impone parámetros productivos y tecnológicos desde los capitales más avanzados hacia los menos productivos. Aquellos capitales que producen por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario ven desvalorizado su trabajo, independientemente del volumen físico de mercancías producidas o del esfuerzo laboral desplegado. De este modo, el mercado mundial funciona como el espacio en el que se establece el promedio social de productividad y se decide qué trabajos cuentan plenamente como trabajo social y cuáles son parcial o totalmente excluidos del proceso de valorización.

Así, el capitalismo global no puede entenderse como una simple agregación de economías nacionales equivalentes que intercambian en condiciones de igualdad. Por el contrario, se configura como una estructura jerárquica de valorización, en la que la competencia entre capitales se traduce en transferencias sistemáticas de valor desde las unidades productivas menos eficientes hacia aquellas que operan con mayores niveles de productividad, control tecnológico y poder monetario. La valorización del capital —esto es, el proceso por el cual el capital adelantado no sólo se recupera, sino que se incrementa mediante la apropiación de la plusvalía generada por la fuerza de trabajo— se encuentra mediada por esta jerarquía internacional, que determina tanto la creación como la realización del valor excedente.

En este marco, la creación de plusvalía en el proceso productivo es condición necesaria pero no suficiente para la acumulación de capital. La realización efectiva de esa plusvalía depende de la inserción del capital en el mercado mundial y de su capacidad para producir bajo los parámetros que definen el trabajo socialmente necesario a escala global. La ley del valor, lejos de diluirse en el mercado mundial, se reafirma como el principio disciplinador que organiza la competencia, la desigualdad y la dinámica de la acumulación en el capitalismo contemporáneo. Esto implica que:

No basta con producir mucho (abundancia de mercancías).

No basta con crecer rápido.

No basta con solo tener una gran población trabajadora o una enorme base industrial.

Lo decisivo es quién fija las condiciones bajo las cuales el trabajo se valida como trabajo social, es decir, qué capitales imponen el tiempo de trabajo socialmente necesario, los precios, los estándares tecnológicos y las monedas de referencia.

Desde este punto de vista, el capitalismo mundial no es una suma de economías nacionales “equivalentes”, sino una estructura jerárquica de valorización, este es  el proceso central del capitalismo donde el capital invertido no solo se recupera, sino que aumenta su valor original mediante la apropiación de la plusvalía generada por la fuerza de trabajo, convirtiéndose en capital valorizado. Es la creación de "valor excedente" en el proceso de producción. 

El error de medir la hegemonía por el PBI


Una parte significativa de los diagnósticos que sostienen que China habría “superado” a Estados Unidos se apoya en indicadores agregados como el Producto Bruto Interno (PBI) medido en paridad de poder adquisitivo (PBI-PPA) o en el volumen físico de la producción industrial. Sin embargo, estos indicadores —útiles para ciertas comparaciones macroeconómicas— resultan conceptualmente insuficientes desde una perspectiva marxista, ya que no expresan relaciones de valor, sino construcciones estadísticas que homogeneizan realidades productivas heterogéneas bajo supuestos convencionales de precios y canastas de consumo.

Desde la posición defendida por Marx, el problema no radica en quién produce más mercancías en términos físicos, sino en cómo se estructura la valorización del capital a escala mundial. La magnitud del PBI, incluso cuando se expresa en PPA, no informa sobre los mecanismos de realización del valor ni sobre la distribución efectiva de la plusvalía entre capitales en competencia. En este sentido, el énfasis en el volumen productivo tiende a ocultar las mediaciones fundamentales que determinan la hegemonía en el capitalismo contemporáneo.

La pregunta central, desde Marx, no es cuántas toneladas de acero, automóviles o bienes manufacturados produce una economía nacional, sino:

  • ¿Dónde se realiza el valor producido?

  • ¿Qué capitales capturan los mayores márgenes de ganancia?

  • ¿Quién controla los nodos estratégicos de la acumulación —finanzas, tecnología, logística, propiedad intelectual—?

  • ¿Qué moneda opera como equivalente general mundial y medio privilegiado de reserva, pago y valorización?

Estas dimensiones remiten a relaciones sociales de poder y no a magnitudes físicas de producción. Bajo estos criterios, esta preeminencia no se define por la escala productiva en abstracto, sino por la capacidad de un conjunto de capitales para imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema. En todos estos planos —financiero, monetario, tecnológico y geopolítico— Estados Unidos conserva, al menos por el momento, una posición dominante, tal como lo reflejan diversos informes económicos y financieros internacionales.

Producción de valor versus apropiación de valor


La trayectoria reciente de China muestra, sin lugar a dudas, una extraordinaria capacidad para producir valor y plusvalía. La incorporación masiva de fuerza de trabajo al circuito capitalista, el aumento sostenido de la productividad y la expansión industrial a gran escala constituyen un proceso histórico de enorme magnitud. No obstante, desde el punto de vista de la ley del valor, la producción de plusvalía no se traduce automáticamente en su apropiación por parte del capital que la genera.

Durante un prolongado período (y en buena medida todavía en la actualidad) una porción significativa del valor producido por el trabajo chino se realizó bajo condiciones estructuras desfavorables. Estas condiciones incluyen márgenes de ganancia relativamente bajos en los eslabones productivos, dependencia tecnológica respecto de capitales extranjeros y una inserción subordinada en cadenas globales de valor dominadas por grandes corporaciones estadounidenses y europeas. En este esquema, China funcionó principalmente como espacio de producción intensiva de trabajo, mientras que la captura de rentas extraordinarias se concentró en los segmentos de diseño, financiamiento, comercialización y control de marcas.

De este modo, la diferencia entre producción de valor y apropiación de valor resulta clave para comprender los límites de una lectura que equipara crecimiento económico o expansión industrial con hegemonía. La estructura jerárquica del capitalismo mundial permite que grandes masas de plusvalía sean generadas en determinadas regiones, pero realizadas y apropiadas en otras, allí donde se concentran los capitales con mayor poder financiero, tecnológico y monetario. La hegemonía, por tanto, no se define únicamente en la fábrica, sino en el control de los mecanismos que transforman el trabajo social en valor realizado y capital valorizado.

Precios y estándares fijados fuera de China

Expresado en términos marxistas, China se constituyó —y en parte continúa siéndolo— como una gran productora de valor que no controla plenamente las condiciones de su realización. La ley del valor no opera únicamente en el interior de las unidades productivas, sino en el espacio social en el que se fijan los precios de producción, los estándares tecnológicos y las normas de competencia. En este plano, la apropiación diferencial del plusvalor tiende a concentrarse en aquellos capitales que dominan los eslabones estratégicos del proceso de acumulación: finanzas, tecnología de punta, propiedad intelectual, marcas globales y control monetario.

La fijación de precios internacionales, los estándares técnicos y las normas de calidad no son simples convenciones neutrales, sino formas institucionalizadas de poder económico. Estos mecanismos definen qué trabajos cuentan como plenamente productivos de valor y cuáles quedan subordinados a lógicas de bajo margen. En este sentido, aun cuando una economía concentre grandes volúmenes de producción material, su capacidad de apropiarse del valor generado depende de su posición relativa en la jerarquía global de capitales. Durante un largo período, China se insertó en esta estructura como proveedora de trabajo productivo intensivo, mientras la valorización ampliada se realizaba mayormente fuera de su territorio.

La dependencia de estándares fijados externamente implica que los aumentos de productividad logrados en la esfera productiva no se traducen automáticamente en mayores márgenes de ganancia. Por el contrario, la competencia internacional tiende a trasladar estas mejoras hacia la reducción de precios, beneficiando a los capitales que controlan la comercialización, el financiamiento y las tecnologías clave. De este modo, la subordinación no adopta la forma clásica del “atraso”, sino la de una integración funcional al mercado mundial bajo condiciones asimétricas de valorización.

El papel del dólar y la jerarquía monetaria

Un elemento sistemáticamente subestimado por las interpretaciones que anuncian un declive inminente de la hegemonía estadounidense es el papel del dólar como equivalente general mundial. Mientras el comercio internacional, las finanzas globales y los precios de las mercancías estratégicas continúen denominándose predominantemente en dólares, Estados Unidos conserva una palanca decisiva en el proceso de apropiación de valor a escala mundial.

Este predominio monetario no debe interpretarse como un simple “truco” financiero ni como una anomalía institucional desligada de la producción real. Se trata, por el contrario, de una relación social material, anclada en la estructura del capitalismo global. La centralidad del dólar permite a Estados Unidos financiar déficits estructurales sin enfrentar las restricciones que pesan sobre otras economías, atraer capitales en contextos de inestabilidad global y canalizar flujos de valor hacia su sistema financiero. Asimismo, condiciona las políticas económicas de otros Estados, que deben gestionar sus balanzas externas, niveles de endeudamiento y estrategias de acumulación en función de una moneda que no controlan.

En este marco, la jerarquía monetaria actúa como un mecanismo de redistribución internacional del valor, reforzando la posición dominante de los capitales asentados en el centro del sistema. La capacidad de emitir la moneda mundial no elimina las contradicciones del capitalismo estadounidense, pero le otorga márgenes de maniobra significativamente superiores a los de sus competidores. Nada de esto se desmorona automáticamente porque China alcance o supere a Estados Unidos en algún indicador agregado de producto o producción física.

Desde esta perspectiva, la hegemonía no puede evaluarse mediante comparaciones estáticas de PBI, sino a partir del análisis de las relaciones estructurales de valorización, en las que la moneda, las finanzas y el control de los estándares globales desempeñan un papel decisivo. El mercado mundial sigue siendo, en este sentido, el espacio privilegiado en el que se dirime la lucha por la apropiación del valor, y no un simple escenario de intercambio entre economías nacionales formalmente equivalentes.

¿Manotazos de ahogado o defensa consciente de la hegemonía?

Caracterizar la política económica y geopolítica de Estados Unidos como una sucesión de “manotazos de ahogado” introduce una concepción de la hegemonía como un fenómeno de decadencia pasiva, casi biológica, ajena a la dinámica concreta de la acumulación capitalista. Desde una perspectiva marxista, esta lectura resulta insostenible. El capital no “declina” de manera automática: lucha por preservar sus condiciones de valorización.

Lo que se observa en la actualidad no es un colapso espontáneo del poder estadounidense, sino una estrategia activa y consciente de defensa de sus posiciones dominantes en la jerarquía del valor a escala mundial. Esta estrategia se expresa en múltiples dimensiones interrelacionadas: la intensificación de la guerra comercial, la imposición de restricciones tecnológicas, el control de sectores estratégicos como los semiconductores avanzados, la presión financiera y monetaria ejercida a través del sistema dólar, y la reorganización selectiva de las cadenas globales de valor.

Estas políticas no deben interpretarse como reacciones desesperadas, sino como formas concretas de la competencia intercapitalista en su fase contemporánea. El Estado estadounidense actúa como garante colectivo de los intereses de sus capitales más concentrados, interviniendo para sostener su posición en los segmentos de mayor rentabilidad y control estratégico. En este sentido, la geopolítica no se superpone mecánicamente a la economía, sino que constituye una mediación central en la lucha por la apropiación del valor en el mercado mundial.

¿Es inevitable que China “supere” a Estados Unidos?

La historia del capitalismo no se rige por inevitabilidades lineales ni por simples extrapolaciones estadísticas. La ley del valor no garantiza transiciones suaves, pacíficas ni automáticas entre potencias dominantes. Los cambios en la jerarquía mundial del capital, cuando ocurren, se producen a través de crisis, rupturas, reestructuraciones violentas y conflictos, y no mediante un ordenado reemplazo de posiciones en los rankings de producto o producción industrial.

China enfrenta, además, contradicciones internas de gran envergadura que condicionan su capacidad para transformar su peso productivo en hegemonía plena de valorización. Entre ellas destaca la profunda corrección del sector inmobiliario, que durante años representó cerca del 35 % de su PBI. Desde 2021, este sector atraviesa una crisis severa, marcada por la quiebra de grandes conglomerados como Evergrande, la caída acumulada de los precios inmobiliarios —estimada entre un 20 y un 30 % en diversas regiones— y el consiguiente deterioro de la riqueza de los hogares y del consumo interno.

A estas tensiones se suman problemas estructurales como la sobreacumulación de capital, la presión a la baja sobre la rentabilidad, crecientes fragilidades financieras, el envejecimiento acelerado de la población y una elevada dependencia de los mercados externos para la realización del valor. Estas contradicciones no anulan el dinamismo del capitalismo chino, pero sí cuestionan cualquier lectura que asuma una transición hegemónica inevitable y lineal.

Desde esta perspectiva, el ascenso de China no puede entenderse como un simple “relevo” dentro de un sistema estable, sino como un proceso conflictivo y abierto, atravesado por la lucha entre capitales y por los límites internos de la acumulación. Nada garantiza que la expansión productiva se traduzca automáticamente en control de la moneda mundial, de las finanzas globales o de los estándares tecnológicos que definen la valorización dominante. La hegemonía, en el capitalismo, no se hereda ni se contabiliza: se disputa.

Conclusión: Desde una perspectiva marxista, el comentario del lector incurre en un error teórico central: confundir el crecimiento material con la hegemonía en el marco de la ley del valor. El aumento del producto, la expansión industrial o incluso el liderazgo en determinados volúmenes físicos de producción no constituyen, por sí mismos, criterios suficientes para determinar la posición hegemónica de una formación social en el capitalismo mundial. En Marx, la cuestión decisiva no es cuánto se produce, sino cómo, dónde y bajo qué condiciones sociales se valida, se realiza y se apropia el valor.

China es, sin duda, una potencia productiva de primer orden. Su capacidad para movilizar fuerza de trabajo, elevar la productividad y expandir su base industrial la sitúa en el centro de la dinámica contemporánea de la acumulación. Sin embargo, esta fortaleza productiva no se traduce automáticamente en hegemonía en la ley del valor. Estados Unidos continúa ocupando una posición decisiva como centro de realización, redistribución y apropiación del valor a escala mundial, apoyado en el control de la moneda dominante, del sistema financiero global, de los estándares tecnológicos y de los principales nodos estratégicos de la acumulación.

Reducir esta problemática a una competencia de PBI —sea en términos nominales o de paridad de poder adquisitivo— implica abandonar el terreno de la crítica marxista de la economía política y deslizarse hacia un economicismo superficial, incapaz de captar las mediaciones fundamentales que estructuran el capitalismo global. La hegemonía no se define por agregados estadísticos, sino por la capacidad de imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema.

La disputa entre Estados Unidos y China, lejos de estar resuelta, permanece abierta y atravesada por profundas contradicciones. No se dirime por simple inercia histórica ni por la acumulación mecánica de indicadores cuantitativos, sino en el terreno conflictivo de la acumulación capitalista mundial, donde la lucha entre capitales, Estados y bloques económicos redefine permanentemente las jerarquías del valor. En ese terreno, la clase obrera no tiene nada que ganar. 

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26 de enero de 2026

Trump, Groenlandia y el nuevo reparto del Ártico: ¿Geopolítica o leyes del capital?

Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, el martes pasado en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, no es simplemente un exabrupto de un líder populista nacionalista, insistiendo en la necesidad de que Estados Unidos tome la "propiedad" de Groenlandia para resguardar su defensa y seguridad, éstos dichos han sido recibidos con horror por la toda la dirigencia diplomática europea, incluso indujo un coro de lamentos. Para el conjunto de los analistas liberales de la prensa burguesa, estamos ante un brote de neocolonialismo psicótico, en ciertos sectores de la izquierda nacionalista comparten esta caracterización, y ante los ojos de un socialiberal institucionalista estamos en una violación sagrada, nunca visto de la soberanía danesa. Sin embargo, ambos enfoques dificultan su análisis de las causas subyacentes al no comprender que el Estado no es solo un ente moral, sino el comité de administración de los negocios comunes de la burguesía (Marx y Engels). La pretensión de Trump de ocupación sobre el Ártico no es un mero capricho individual de un dirigente ni muchos menos una excentricidad inmobiliaria, sino es, la expresión política de la urgencia del capital estadounidense por asegurar el control de las materias primas estratégicas (tierras raras) en un contexto de agotamiento de recursos para alimentar el desarrollo de los microprocesadores, y la posibilidad de nuevas rutas comerciales que el deshielo está abriendo, a esto factores se añade la dura competencia con Europa, Rusia y especialmente con China por el control comercial de los microchips. Detrás de la fanfarronada de que Groenlandia "pertenece a nuestro territorio" se expresa la forma grotesca de la tendencia del capital por expandir su territorio para asegurar nuevas condiciones de producción (recursos naturales) y posicionarse en el mercado mundial, aquí subyace la lógica objetiva de la extensión de las relaciones sociales de producción capitalistas y la competencia feroz por la renta de la tierra a escala planetaria.

Para despojar al discurso de Trump de su envoltura demagógica y nacionalista, es preciso analizar a Groenlandia no solo como una nación, sino como una reserva de valor de uso estratégico. La isla blanca alberga importantes yacimientos de las llamadas "tierra raras" (neodimio, praseodomio, etc.) elementos que hoy son imprescindibles para el capital constante de la producción de procesadores, fundamentalmente, para la producción de alta tecnología, desde los  semiconductores hasta armamentos sofisticados.

La teoría de la renta de Marx puede explicar esta sed de  búsqueda de nuevos recursos, el control de estos yacimientos permite al capital que los explota obtener una ganancia extraordinaria (o renta minera), ya que puede vender estas mercancías por encima de su precio de producción, debido al monopolio del suelo. Trump como agente del capital, al proponer la anexión o la "compra", lo que le interesa a los EE.UU es institucionalizar este monopolio en favor de las empresas capitalistas y sus conglomerados locales, no solo se trata de hacer buenos negocios, sino evitar en lo posible que el capital competidor (principalmente el chino, que hoy domina el mercado de tierras raras) acceda a estas fuentes de valor.

Lo que los ideólogos del "American First" denominan "seguridad nacional" es, en los términos de la economía política, la creación de condiciones institucionales y políticas que asegure las tasas de ganancia de las tecnológicas de EE.UU frente sus principales competidores. En este contexto, la soberanía danesa es vista por el conjunto de la burguesía de Whashinton como un obstáculo molesto y costosa. Al reclamar Trump la anexión, esta expresando que el costo de la producción de las mercancías estadounidenses debe abaratarse a como dé lugar, mediante el acceso directo o de forma militar de ser posible, que garantice el acceso a menor costo de las materias primas para ganar competitividad ante sus adversarios. Y así, eliminar cualquier tipo de intermediación o renta que deba pagarse a una nación europea menor. En ultima instancia, es la ley del valor la que empuja al Estado norteamericano a romper los marcos del derecho internacional burgués formal, como todo derecho en el capitalismo, para expandir su base de recursos y continuar en la competencia con los demás competidores.

El mito de la soberanía nacional y la autodeterminación dentro del capital


Frente a la reaccionaria bravuconada de Trump, gran parte de los elementos del socialiberalismo bien pensante, y el progresismo estatista internacional han salido a coro en defensa de la soberanía danesa y el reclamo del "derecho a la autodeterminación" de los groenlandeses. Sin embargo, desde una perspectiva socialista, es necesario y urgente denunciar la vacuidad de este nacionalismo abstracto. La "soberanía" en el capitalismo no está bajo el poder del pueblo, sino en la forma jurídica que adopta la dominación de la burguesía sobre un determinado territorio para garantizar la propiedad de los recursos (minerales) y la explotación de la fuerza de trabajo puertas adentro de sus fronteras.

Dinamarca en esta disputa no defiende a Groenlandia por una cuestión de "principios democráticos" y o defensa del derecho internacional, sino que fundamentalmente, porque el control de estos recursos le permite participar en el reparto de una porción de la renta minera y sostener su estatus de potencia secundaria como miembro de la OTAN. Por otro lado, la idea de una Groenlandia "independiente" bajo las actuales estructuras de producción es una ilusión. Un territorio con muy escasa población y casi nulo desarrollo industrial, pero a la vez sentado sobre recursos estratégicos, esta condenado a mediano o largo plazo - bajo la lógica del mercado mundial - a sucumbir bajo ella o ser un protectorado de facto de los grandes capitales mineros, ya sean éstos estadounidenses, europeos o chinos.

Por lo tanto, la disputa entre Copenhague y Whashinton no es una lucha entre la "libertad" y contra el "colonialismo imperialista", sino una pugna interburguesa entre las distintas fracciones de la burguesía internacional por el control de la potencial plusvalía que encierra el Ártico. Defender la soberanía danesa frente a Trump es, para un marxista, elegir a un explotador por sobre otro. La verdadera "autodeterminación" no se logra cambiando una bandera por otra, sino sólo mediante la superación del sistema de Estados nacionales que no hacen más que colocar bajo un velo a la dictadura del capital. El escándalo por la "anexión" solo sirve para ocultar debajo de una alfombra de nacionalismo e intervencionismo imperialista que bajo el sistema capitalista, la tierra y sus recursos - en tanto subsista la lógica del capital - siempre estarán sujetos al derecho del más fuerte, es decir, bajo el capital más concentrado y con mayor poder de fuego. 

La agonía del derecho internacional y la lógica del capital


La pretensión de Trump sobre el territorio de Groenlandia no debe explicarse como un hecho aislado o una excentricidad de la extramaderecha internacional reunida en los Alpes suizos redeadas de sus praderas montañosas tiñidas de blanco, sino como un síntoma de una fase del capitalismo donde la acumulación por vías pacificas y comerciales encuentra limites cada vez más estrechos. Cuando la tasa de ganancia en los principales centros industriales se estanca, el capital redobla su presión por apropiarse de nuevos recursos de la naturaleza para asegurarse una mayor tajada de la renta y asegurar sus monopolios territoriales. En este sentido, el Ártico se encamina a ser el escenario de una nueva expansión del capital y su lógica expansiva, similar a lo que Marx y Engels describieron con un preciso detalle en el Manifiesto Comunista en 1848: "La necesidad de un mercado en constante expansión [...] persigue a la burguesía en toda la superficie del globo. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas [..]." Esta dinámica obliga a todo el capital de conjunto a forzar a todas las naciones a adoptar la lógica de la expansión del capital so pena de extinguirse.

La moraleja de este episodio es clara: el "derecho internacional" y los tratados de soberanía nacional son papel mojado cuando chocan con las necesidades de la expansión del capital, cada nación representa a una fracción de estos. Ni el liberalismo de Davos ni el nacionalismo de Trump ofrecen una salida progresista para el conjunto de las masas trabajadoras. El primero busca una explotación consensuada por medio de "reglas" y de manera global bajo el mando de las multinacionales; el segundo, una explotación más directa basada en la fuerza bruta del Estado-nación más "poderoso".

Conclusión: Para los socialistas, la tarea no es defender las fronteras trazadas por las burguesías europeas ni muchos menos aplaudir el expansionismo de EE.UU, sino denunciar que el sistema capitalista, en su búsqueda constante de valorización, conduce inevitablemente a la militarización y al choque entre potencias con sus capitales internos representado por los Estados-nación. La única salida real para la soberanía de los pueblos será solo aquélla que emane de la propiedad social de los medios de producción y los recursos naturales, despojándolos de la lógica del beneficio privado. Mientras tanto, el espectáculo de Davos y las amenazas de anexión no son más que el preámbulo de nuevos y más profundos conflictos por el control de los recursos del planeta. 


22 de enero de 2026

¿Todos ganan? La falacia de la suma cero de Cachanosky frente a la realidad del capital.

Frente a la narrativa neoclásica liberal que presenta al tratado UE-Mercosur como un motor de prosperidad y eficiencia, surge la necesidad de analizar el comercio internacional no como un intercambio técnico entre iguales, sino como un escenario de competencia asimétrica entre capitales dentro de las fronteras de los países firmantes. A través de la lente de la ley del valor y la productividad diferencial, este artículo desarticula las premisas de Roberto Cachanosky para revelar cómo la apertura comercial bajo el capitalismo contemporáneo no integra naciones, sino que consolida una transferencia estructural de valor desde el trabajo obrero del continente sudaméricano hacia los centros del capital transnacional.


Imagen editada con IA

El reciente artículo de opinión del economista liberal Roberto Cachanosky publicado en Infobae (13 de enero de 2026), titulado “Acuerdo UE-Mercosur: un paso adelante hacia la integración económica”, elogia el tratado comercial entre la Unión Europea y el Mercosur como un avance hacia la eficiencia, la especialización y la prosperidad recíproca. Sin embargo, desde una perspectiva socialista —fundamentalmente desde la lógica de la teoría de la ley del valor-trabajo—, esta postura resulta profundamente polémica.

En la presente entrada buscamos analizar críticamente las premisas del enfoque neoclásico de Cachanosky tan difundidas en la prensa burguesa por estos días. Buscamos demostrar que el tratado no representa una integración equilibrada ni equitativa para los países firmantes, sino una profundización de las asimetrías en la producción y la captura de plusvalía de los países subdesarrollados en el marco del mercado mundial contemporáneo.

Bajo la óptica del liberalismo económico, Cachanosky sostiene que el acuerdo favorece la “integración” mediante la eliminación de aranceles, la promoción del comercio y la atracción de inversiones. En sus propias palabras, afirma que "el acuerdo comercial con la Unión Europea es un paso adelante hacia la integración económica, la apertura comercial y el crecimiento sostenido". Su análisis concibe el mercado como un mecanismo neutral y autorregulador. No obstante, desde nuestra perspectiva basada en el materialismo histórico, el mercado no es neutral: es la forma social específica en la que se manifiesta la producción capitalista. La ley del valor no se detiene en las fronteras nacionales; rige como una potencia social objetiva que disciplina a los productores privados a través de la competencia internacional.

La teoría de la ley del valor, formulada por Marx en El Capital, establece que el valor de una mercancía está determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario (TSN) para su producción a escala general, no deriva exclusivamente de su utilidad, sino del tiempo socialmete necesario para su producción. En el mercado mundial, esto implica que las empresas con tecnologías avanzadas (predominantes en la UE) establecen el estándar de productividad a las inferiores. El tratado de libre comercio, lejos de ser un campo de juego nivelado, es el escenario donde se valida esta jerarquía técnica bajo el velo de un intercambio formalmente equivalente. El tratado de libre comercio entre la UE y el Mercosur, lejos de superar éstas dinámicas, las intensifica y reafirma su superioridad productiva.

La ilusión de la integración regional y la transferencia de valor

Cachanosky presenta el acuerdo como una oportunidad única para que los países del Mercosur se inserten en las cadenas globales de valor y a tecnologías mas avanzadas. No obstante, Afirma sin ambigüedades que "la apertura comercial permite a los países del Mercosur insertarse en cadenas globales de valor y aprovechar economías de escala que antes les eran inaccesible", pero omite que la competencia internacional es, en esencia, una competencia entre productividades. Al abrir los mercados, las ramas de producción del hemisferio del Sur con menor composición orgánica de capital y sumida por la exportación de materias primas (soja, carne, minerales) deben enfrentarse al valor del mercado mundial dictado por la alta productividad europea que exporta mercancías con elevado contenido tecnológico y valor añadido. Está asimetría no es accidental: es funcional a la ley del valor que predomina en el sistema capitalista.

Desde la ley del valor, esta división internacional del trabajo implica una transferencia de valor. Los capitales más productivos (centro) captan una plusvalía extraordinaria al vender sus mercancías por encima de su valor individual, pero a su precio de producción social, mientras que los capitales menos productivos (periferia) entregan más trabajo real del que reciben en el intercambio. Esta asimetría no es un "robo" diplomático, sino el resultado ciego de la competencia capitalista: el trabajo más productivo cuenta como trabajo potenciado. Así, el “intercambio libre” reproduce la subordinación de las economías dependientes en la cadena global de valor.

El fetichismo y la falsa suma cero

El análisis de Cachanosky incurre en el fetichismo de la mercancía al reducir el fenómeno comercial como una interacción técnica entre objetos - mercancías o bienes en la jerga de la economía convencional-, ocultando que detrás de los precios operan relaciones de explotación. Al proponer el acuerdo como un “paso adelante”, nuestro económista pampeano naturaliza las categorías de la economía política - el mercado, la propiedad privada de los medios de producción y la competencia - eludiendo la contradicción antagónica entre el capital y el trabajo que subyace a toda expansión comercial. Su afirmación de que “los beneficios no son cero-suma; todos ganan cuando se reduce la fricción regulatoria y se facilita el intercambio” ignora que, si bien el comercio puede aumentar el volumen de mercancías, la masa de plusvalía se distribuye desigualmente en favor de los capitales que dominan la vanguardia tecnológica.

Frente a la visión liberal neoclásica, la perspectiva materialista revela que la expansión capitalista es un proceso contradictorio donde el progreso técnico se traduce en presión sobre la fuerza de trabajo que se traduce en regresión social. En el caso del Mercosur, la apertura no es un paso hacia el desarrollo armónico y virtuoso que dictan los manuales neoclásicos universitarios, sino un mecanismo que acelera la acumulación y la especialización en sectores de baja complejidad tecnológica o extractivos; esta dinámica, presentada como un incremento de la "eficiencia" productiva, ilustra la lay general de la acumulación capitalista señalado por Marx, quien advierte que "el modo de producción capitalista, pues, con la riqueza, la miseria; con la acumulación de capital, la acumulación de la miseria" (El Capital, Vol.I, Cap.25) por consiguiente se profundiza la precariedad laboral para sostener la rentabilidad frente a la competencia externa.

Imperio financiero y reproducción ampliada

Cachanozky omite deliberadamente que la arquitectura de los acuerdos jurídicos contemporáneos se sostiene sobre dispositivos de protección a la inversión —tales como los mecanismos de Solución de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS)— que erosionan la soberanía de las naciones dependientes. Estas disposiciones facultan a las corporaciones transnacionales para litigar contra los Estados ante cualquier política pública, ya sea ambiental, laboral o sanitaria, que pueda afectar su tasa de ganancia o rentabilidad.  

Lejos de ser meros instrumentos "técnicos" o administrativos, estos mecanismos expresan una relación de dominación concreta: el capital transnacional internacional se constituye como autoridad supranacional capaz de vetar decisiones democráticas en nombre de la “seguridad jurídica” del inversor. Esta dinámica no responde a una lógica neutral del derecho burgués, sino a la necesidad del capital global de garantizar condiciones estables para su reproducción ampliada, incluso a costa de socavar la capacidad de los Estados subdesarrollados de regular en función del interés público de sus intereses.

El acuerdo UE-Mercosur, bajo esta sombra, no representa una integración simétrica ni un intercambio equitativo. Por el contrario, consolida una división internacional del trabajo que reproduce históricamente la subordinación de América del Sur como proveedora de materias primas y mercados cautivos, mientras Europa mantiene el control sobre tecnología, marcas, finanzas y normas regulatorias. Las cláusulas de protección a la inversión no hacen sino institucionalizar estas desigualdades estructurales y desequilibrio de poder, transformando la soberanía nacional en una fachada tras la cual opera una disciplina económica impuesta desde el exterior.

En este contexto, la defensa del “libre comercio” como vía al desarrollo revela íntimamente su carácter ideológico: oculta que la verdadera barrera al progreso no es el proteccionismo estatal, sino la imposibilidad estructural de los países dependientes de acumular capital de forma autónoma mientras sus economías permanecen articuladas al imperativo de la valorización del capital de los naciones desarrolladas. La soberanía real —aquella que permitiría orientar la producción hacia las necesidades sociales y no hacia la rentabilidad privada internacional— choca frontalmente con los marcos jurídicos que el propio acuerdo refuerza.  

Así, lejos de ser un “paso adelante” como sostiene Cachanosky, el tratado profundiza una forma contemporánea de imperialismo: no basada únicamente en la ocupación territorial (guerra, ocupacion militar), sino en la subordinación jurídica, financiera y productiva de las economías subdesarrolladas a los intereses del capital concentrado europeo. Y mientras se siga presentando esta subordinación como "integración", cooperación o modernización, se seguirá impidiendo el debate necesario sobre qué tipo de desarrollo —y para quién— es posible dentro, o más bien fuera, del orden capitalista global.

Esta transformación jurídico-económica no es neutral ni "técnica", sino profundamente política: reconfigura las relaciones de clase en la periferia al favorecer a una burguesía asociada al capital externo —agroexportadora, financiera, logística— en desmedro de los sectores populares, los pequeños productores y los trabajadores asalariados. La apertura comercial no “desregula” el mercado, como pretende el discurso liberal, sino que re-regula la economía en función de los intereses del capital transnacional en especial europeo, desplazando formas de producción socialmente arraigadas —aunque precarias— por dinámicas de monocultivo, extractivismo intensivo y externalización de costos sociales y ecológicos.  

El “libre comercio”, en este contexto, funciona como un mecanismo de disciplinamiento: obliga a los Estados periféricos a competir entre sí en la reducción de salarios, derechos laborales y estándares ambientales para atraer inversión, generando una carrera hacia el fondo que beneficia únicamente al capital móvil. Esta competencia no es entre naciones soberanas, sino entre fracciones subordinadas del capital global, cuyas decisiones están condicionadas por la necesidad de garantizar rentabilidad a los centros financieros localizados en el núcleo imperial.  

Así, la reproducción ampliada del capital no solo exige nuevos mercados, sino también la recomposición constante de las condiciones sociales y territoriales que permitan su expansión. El tratado UE-Mercosur no es, entonces, un simple acuerdo comercial, sino un instrumento de reestructuración socioeconómica que consolida una división internacional del trabajo jerárquica, donde Mercosur sigue destinada a proveer plusvalor barato —en forma de recursos naturales, mano de obra precarizada y flexibilidad regulatoria— mientras Europa se reserva el control sobre el conocimiento, la innovación y la distribución del valor agregado.  

La separación entre el productor y los medios de producción, lejos de ser un episodio histórico concluido, se reproduce cotidianamente mediante políticas que privatizan lo común, mercantilizan la naturaleza y despojan a las comunidades rurales y urbanas de su capacidad de autogestión. En este sentido, el imperialismo contemporáneo no necesita colonias formales: basta con que los marcos legales, las instituciones burguesas y los capitales locales internalicen la lógica de la acumulación global como única vía posible. Y es precisamente contra esta naturalización —contra la idea de que “no hay alternativa”— que debe articularse una crítica materialista capaz de vincular la defensa de la soberanía popular con la transformación de las relaciones de producción que el individualismo metodológico no puede ve.

Conclusión: El marxismo no rechaza per se la cooperación comercial internacional, pero denuncia que, bajo el capitalismo, los tratados son herramientas para reorganizar la explotación global. La visión ortodoxa liberal de Cachanosky, constituye una apología procapitalista que, bajo el dogma del individualismo metodológico, oculta el conflicto capital-trabajo tras la promesa de la "eficiencia". Una verdadera integración no vendrá del libre comercio —que solo integran capitales—, sino de la unidad internacionalista de los trabajadores. Solo una transformación que supere la ley del valor y la propiedad privada de los medios de producción permitiría una cooperación fundada en las necesidades humanas. Hasta entonces, el “paso adelante” de los Cachanosky de toda la vida será, para la clase obrera del Sur Global, un eslabón más en la cadena de la dependencia dictada por la competencia capitalista mundial.
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Referencias

Cachanosky, R. (13 de enero de 2026). Acuerdo UE-Mercosur: Un paso adelante hacia la integración económica. Infobae.https://www.infobae.com/opinion/2026/01/13/acuerdo-ue-mercosur-un-paso-adelante-hacia-la-integracion-economica/

Marx, K. (2014). El Capital: Crítica de la economía política (Vol. I). Fondo de Cultura Económica.

Astarita, R (2006) Valor, mercado mundial y gloabalizacion. Kraicon

Astarita, R (2009) Monopolio, imperialismo e intercambio desigual. Maia