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21 de febrero de 2026

Contra la precarización del trabajo

No hay un capitalismo mejor

La lógica del capital es fácil de entender: el capital que no se reproduce, que no da ganancias, se muere. Y si da ganancias, se convierten en capital y tienen que amortizarse también al siguiente ciclo. El capital engrosado con cada ciclo de beneficios necesita a su vez producir nuevos beneficios y a falta de nuevos mercados -reales o ficticios, es decir, creados a base de crédito- eso solo puede conseguirlo aumentando la explotación. Hay dos formas de hacerlo.

  1. La «ideal» según la propia burguesía es incorporar tecnologías que permitan producir más con menos horas de trabajo, es decir, aumentar la explotación relativa. En teoría eso permitiría aumentar salarios y aumentar los beneficios al mismo tiempo, pero solo a condición de que el mercado aumente también. Ese fue el motor de la expansión del capitalismo por todo el mundo durante el siglo XIX. Pero desde hace un siglo ya no quedan mercados «vírgenes». De hecho, el capital español cada vez tiene acceso a menos mercados. La consecuencia inevitable es que la mejora tecnológica no produce subidas de la masa salarial pagada en total, sino desempleo.
  2. La otra forma es simplemente pagar menos por hora trabajada, bajando salarios, firmando contratos por 4 horas que luego son de jornada completa, haciendo horas extras no remuneradas, etc.

El primer camino es el de la robotización, la digitalización, etc. El segundo el de la precarización. Desde hace décadas, por todos lados reorganizan y reestructuran la organización del trabajo, desvinculando al trabajador de lugares y equipos de trabajo, servicios básicos, expectativas de contratación e ingresos estables. Nos quiebran y atomizan para, al final, explotarnos más.

La precarización no es una política sino una necesidad del capital. Sus leyes no nos defenderán.

En España, hoy, uno de cada dos euros de crecimiento se va a remunerar el capital. Así es como el capital ha salido de la crisis… a base de empobrecernos y precarizarnos.

Por eso su legislación no va a protegernos. No subirían el salario mínimo si al mismo tiempo no bajaran los salarios de los trabajos cualificados. Nos pagan un poco más de mínimo, pero nos igualan a todos por abajo de modo que en conjunto el capital paga menos. Con la crisis se han perdido 30.000 millones en salarios, pero los beneficios han aumentado en 14.000 millones.

Los trabajadores no tenemos patria... ni sector

En todo el mundo nos llaman a cerrar filas con las necesidades de tal o cual facción del capital: Salvar la industria nacional, apoyar al pequeño comerciodescubrir unos supuestos intereses comunes con el capital catalán, andaluz o venezolano. Pero la verdad es que cuanto menos capitalizado está un sector, un país o una región, más urgente es esa necesidad de incrementar la explotación en términos absolutos para el capital.

Por eso el látigo de la juventud trabajadora, desde Berlín a Buenos Aires pasando por la puerta de nuestra casa, es el sector servicios, el menos capitalizado de los grandes sectores. Por eso los países y regiones con capitales nacionales más débiles precarizan más y más rápido. Envolvernos en la bandera regional o defender el sector sería ponernos la soga al cuello.

Los sindicatos organizan la precarización

Por eso los sindicatos han sido y son los primeros agentes de la precarización. En Navantia (astilleros) nos dicen que, sin contratos, sin ventas, no tiene sentido luchar, que tenemos que supeditar nuestras necesidades a la existencia de beneficios y aceptar trabajar -y cobrar- solo cuando la empresa tenga pedidos. En el automóvil (Opel, Seat, PSA, Ford) organizan la subasta de las condiciones de trabajo de las plantas. Nos venden que solo si aceptamos turnos demenciales, salarios más bajos y contratos sin protección, podremos ser competitivos con otras plantas de otros países… donde los sindicatos les dicen exactamente lo mismo.

¿Que hacer?

Una de las ventajas de la precarización para el capital es que nos atomiza y dificulta la lucha colectiva. Hoy nos contratan una semana limpiando, dentro de un mes hacemos un turno cargando en una almazara, un fin de semana lo salvamos sirviendo en bodas y si hay suerte, nos contratan para una campaña de teleoperadores tres meses. Somos intercambiables, flexibles… y si por ellos fuera, estaríamos completamente aislados, esperando sin ver a nadie a que se dignen a explotarnos.

Por eso lo primero que tenemos que hacer en todos lados, es romper la divisoria entre fijos y temporales, entre contratados por la empresa y subcontratados, entre un sector y otro, entre una empresa y otra. Todos somos trabajadores, todos somos más o menos precarios y si nos ponemos a ver quién está peor, acabaremos todos por debajo del mínimo de supervivencia para mayor gloria del capital nacional y su competitividad. Tenemos que movilizarnos todos juntos, como clase, y colectivamente controlar cada conquista que hagamos.

Por una movilización de todos los trabajadores juntos contra la precarización y el paro

Asambleas sin divisiones de contrato o empleador en las empresas de cierto tamaño, asambleas de trabajadores de barrio en la hostelería y el pequeño comercio.

Fin del destajo, el trabajo sin contrato y las horas extras.

Reducción de la jornada máxima a 30 horas semanales con el mismo neto mensual.

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14 de febrero de 2026

El secreto de la acumulación capitalista: la extracción de plusvalía

En este post analizamos el concepto de plusvalía, piedra angular de la crítica de la economía política de Karl Marx, examinando su vigencia en la estructura productiva contemporánea. A través de una metodología analítica, desglosaremos la transformación del valor y la naturaleza de la explotación capitalista.




Para comprender la arquitectura del capitalismo, es imperativo distinguir entre el trabajo (la actividad productiva en sí) y la fuerza de trabajo (la capacidad física y mental de trabajar). La plusvalía no surge de un intercambio desigual en el mercado, sino del proceso mismo de producción.

La mercancía "fuerza de trabajo"

A diferencia de cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo posee la cualidad única de crear un valor superior a su propio costo de reproducción. Como señala Marx en El capital: «El valor de la fuerza de trabajo, al igual que el de toda otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción [...] de este artículo específico» (Marx, El capital, Vol. I).

Trabajo socialmente necesario vs. trabajo excedente

El proceso laboral se divide en dos magnitudes temporales:

Tiempo de trabajo socialmente necesario: El periodo en el que el obrero produce el valor equivalente a su salario (lo indispensable para su subsistencia: alimento, vivienda, vestido).

Tiempo de trabajo excedente: El periodo en que el obrero trabaja más allá de lo estrictamente necesario. El valor creado en este intervalo es la plusvalía, de la cual el capitalista se apropia sin retribución alguna.

Tomemos como ejemplo una fábrica de calzado con una jornada laboral de ocho horas en una planta moderna:

Valor del salario diario: Equivalente a cuatro horas de trabajo.

Materia prima y desgaste de maquinaria: Equivalente a un valor fijo por unidad.

Dinámica: Al llegar a la cuarta hora, el obrero ya ha generado el valor correspondiente a su salario. Sin embargo, su contrato lo obliga a trabajar cuatro horas adicionales. La riqueza producida en esas últimas cuatro horas constituye la plusvalía. Como afirmaba Friedrich Engels en el Anti-Dühring: «La plusvalía es el producto del trabajo que el obrero entrega al capitalista sin recibir por él ningún equivalente».

Plusvalía absoluta y relativa

El capital emplea dos estrategias para incrementar esta magnitud:

Plusvalía absoluta: Se obtiene mediante la prolongación de la jornada laboral (por ejemplo, trabajar diez horas en lugar de ocho).

Plusvalía relativa: Se obtiene reduciendo el tiempo de trabajo necesario mediante la mejora de la tecnología y la productividad. Si el obrero produce el valor de su salario en dos horas en lugar de cuatro, el tiempo excedente aumenta sin necesidad de alargar la jornada.

Rosa Luxemburgo, en Reforma o revolución, subraya que este proceso es el motor de las crisis: «El capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a la expansión ilimitada de la producción, mientras que el consumo de la masa obrera se mantiene limitado por las leyes de la plusvalía».

Del taller a la plataforma: La plusvalía en la era digital

En la actualidad, el concepto de plusvalía se manifiesta de forma aguda en el llamado tecnofeudalismo. En las plataformas de delivery o transporte, el capitalista ni siquiera provee las herramientas de trabajo (la bicicleta o el automóvil), pero extrae una plusvalía elevada mediante el control del algoritmo, reduciendo el «trabajo necesario» al mínimo biológico del repartidor.

Para analizar el caso de un trabajador de plataforma (como un repartidor de Rappi o Uber Eats) bajo la lupa de la teoría de la explotación de Marx, debemos notar un cambio fundamental en la composición orgánica del capital. En este modelo, el capitalista ahorra la inversión en «capital constante» (c), transfiriendo tanto el costo como el riesgo directamente al trabajador.

El cálculo en la economía de plataformas

Imaginemos la jornada de un repartidor que genera $100 de facturación total en un día:

1. Los costos transferidos

A diferencia de la fábrica tradicional, aquí el trabajador aporta sus propios medios de producción:

Mantenimiento y suministros: El costo de la bicicleta, moto o celular, más el combustible, suma un estimado de $20. (Esto representa el capital constante c, pero en este caso lo sufraga el obrero).

La comisión de la plataforma: La empresa suele retener un promedio del 30% de la facturación bruta por el uso del algoritmo.

2. Desglose de la plusvalía digital

Si la facturación es de $100, el desglose económico sería el siguiente:

Ingreso bruto del repartidor: $70 (tras la comisión de la aplicación).

Gasto operativo del repartidor: -$20.

Ingreso neto (Salario real o v): $50.

Por otro lado, la plataforma obtiene:

Plusvalía (s): $30.

Inversión de la empresa (c): Casi nula en términos de mantenimiento físico por viaje (se limita al costo marginal del servidor y el software).

3. El tiempo de trabajo en la aplicación

Si el repartidor trabaja 10 horas para alcanzar esos $100:
 
Tiempo de trabajo necesario: Para cubrir sus gastos operativos ($20) y su sustento básico ($50), el trabajador necesita generar un total de $70. A un ritmo de $10 por hora, esto le toma 7 horas.

Tiempo de trabajo excedente: Las últimas 3 horas de pedaleo o conducción son destinadas íntegramente a generar la ganancia de la plataforma.

¿Por qué hablamos de «tecnofeudalismo»?

A diferencia de la fábrica tradicional, donde el patrón provee la maquinaria y el obrero aporta su fuerza de trabajo, en el modelo de plataformas se observa lo siguiente:

Ausencia de inversión en capital constante (c)La empresa no adquiere la motocicleta, no asume el costo del seguro ni sufraga el combustible.

Extracción de una renta: La plataforma actúa como un «señor feudal», dueño del «camino» (el algoritmo). Así, cobra un peaje (comisión) por el simple hecho de permitir al trabajador operar en su territorio digital.

Plusvalía relativa extrema: El algoritmo utiliza la gamificación y sistemas de recompensas para acelerar el ritmo de trabajo. Si el repartidor logra realizar más pedidos en menos tiempo, reduce su «tiempo de trabajo necesario» y aumenta la plusvalía de la empresa sin que esta deba realizar inversión adicional alguna.

El impacto de la reforma laboral

Bajo la figura del «trabajador independiente con colaboradores», se introducen cambios estructurales que afectan la tasa de explotación:

Eliminación de la presunción de laboralidad: Al diluirse la relación de dependencia, la empresa elimina el riesgo de litigios por accidentes o despidos. Esto reduce sus costos indirectos y eleva su tasa de ganancia neta.
 
Aumento del «ejército industrial de reserva»: Al facilitar la figura del «colaborador», se incrementa la competencia entre trabajadores. Si hay cien repartidores esperando un pedido en la misma esquina, la plataforma puede permitirse reducir el pago por envío. Esto obliga al individuo a trabajar 12 o 14 horas para cubrir el mismo salario básico (v).

En cifras: Si debido a la saturación de repartidores ahora se requieren 9 horas para cubrir los costos básicos de vida, el «tiempo de trabajo excedente» se vuelve más agotador y peligroso. Sin embargo, la tasa de plusvalía para la aplicación se mantiene o incluso sube gracias al volumen total de trabajadores activos.

Conclusión final: La teoría de la plusvalía revela que el «contrato libre» entre el capital y el trabajo es una ficción jurídica que encubre una relación de subordinación económica sistémica. El beneficio no emana del ingenio del empresario, sino de aquella porción de la vida del trabajador que no es remunerada.
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15 de enero de 2026

El Legado de Rosa Luxemburgo: capitalismo, imperialismo y deuda

Un día como hoy, 15 de enero, pero de 1919, fue brutalmente asesinada una de las más grandes teóricas del movimiento obrero internacional, Rosa Luxemburgo, tras encabezar el levantamiento obrero en Berlín, Alemania.
 
Al día siguiente, el gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert difundió, a través de los medios oficiales, lo que hoy calificaríamos como una fake news —aunque tal término no existiera en ese entonces—. El comunicado sostenía que Rosa Luxemburgo había escapado del hotel donde permanecía bajo custodia y que, en un parque cercano, una turba paramilitar ultraderechista de los Freikorps, durante la Revolución Espartaquista en Alemania la había interceptado y asesinado.

En realidad, esta versión pretendía encubrir un crimen de Estado orquestado desde las más altas esferas del poder. Tendrían que transcurrir más de cuarenta años para que, finalmente, se admitiera y relatara con detalle lo que fue una ejecución tan sumaria como ilegal. O, mejor dicho, dos ejecuciones, ya que ese mismo día y bajo el mismo modus operandi fue asesinado Karl Liebknecht, el otro líder de la Liga Espartaquista. Su muerte física pretendía silenciar un pensamiento que ya se había vuelto universal.

Hoy la recordamos como una de las más importantes referentes teóricas del marxismo, no solo por su rigor intelectual, sino por su inquebrantable fe en la capacidad de las mayorías para transformar su propia historia. En un mundo donde el imperialismo muta bajo nuevas formas financieras y digitales, la voz de Rosa nos sigue advirtiendo que la pasividad no es una opción.

En el panorama actual de crisis económicas recurrentes, guerras por recursos y una desigualdad abismal, las teorías de Rosa Luxemburgo sobre el imperialismo resuenan con una fuerza renovada. Lejos de ser piezas de museo del siglo XX, sus reflexiones en La acumulación del capital (1913) ofrecen una brújula indispensable para comprender la fase actual del capitalismo global.

¿Quién fue la "Rosa Roja"?

Para entender su obra, es necesario conocer a la mujer detrás de la teoría. Rosa Luxemburgo (1871–1919) fue una de las figuras más valientes del movimiento socialista. Nacida en la Polonia ocupada por Rusia, enfrentó la opresión por su origen judío, su género y una discapacidad física. Se doctoró en economía en una época donde las mujeres apenas llegaban a la universidad y se convirtió en la voz más crítica contra el reformismo, el feminismo burgués y pequeño- burgués, el nacionalismo y el militarismo en Europa.

Su vida fue una amalgama de intelecto y acción: defendió que "la libertad es siempre la libertad de quien piensa distinto" y pagó con su vida su coherencia revolucionaria, siendo asesinada en 1919 por milicias paramilitares. Sin embargo, su análisis del capital sigue más vivo que nunca.

La necesidad de lo "no-capitalista"

La tesis central de Luxemburgo sostenía que el capitalismo es incapaz de sobrevivir en un sistema cerrado. Para continuar la acumulación, el capital necesita expandirse constantemente hacia sectores o regiones "no capitalistas".

Si en 1913 esto significaba el colonialismo directo, hoy lo vemos en la mercantilización de la vida cotidiana. El capital ha "colonizado" espacios que antes eran ajenos al mercado: desde nuestros datos personales en la economía digital, hasta la privatización de servicios básicos como el agua y la salud. El imperialismo actual ya no solo busca tierras lejanas, sino convertir cada rincón del tejido social en una fuente de lucro.

Rosa sostenía que bajo el capitalismo estamos ante un “sobre la base de la Tierra entera como almacén de fuerzas productivas”, por lo tanto, el capital se ve obligado a recorrer el mundo en busca de medios de producción —materias primas y recursos naturales— indispensables para su reproducción.

En este sentido, Luxemburgo afirma: "Para utilizar productivamente la plusvalía realizada, es menester que el capital progresivo disponga cada vez en mayor grado de la Tierra entera para poder hacer una selección cuantitativa y cualitativamente ilimitada de sus medios de producción".

Así, el capital —señala Luxemburgo— requiere tanto de los “tesoros naturales” que existen en todo el planeta como de las fuerzas de trabajo de escala global, extraídas de formaciones precapitalistas, para producir más plusvalía y ganancia. De este modo, el límite último de la acumulación capitalista no es interno, sino la propia Tierra y la misma sociedad humana: El capital no puede desarrollarse sin los medios de producción y fuerzas de trabajo del planeta entero. Para desplegar, sin obstáculos, el movimiento de acumulación, necesita los tesoros naturales y las fuerzas de trabajo de toda la Tierra.” Luxemburgo,R. (2009) La acumulación del capital.

El imperialismo de la deuda

Uno de los puntos más lúcidos de Rosa fue su análisis sobre los préstamos internacionales. Identificó la deuda externa como un mecanismo para que las potencias dominaran a las naciones jóvenes.

En 2026, esta dinámica se ha sofisticado. El capital financiero utiliza el endeudamiento soberano como una herramienta de disciplina política, obligando a los países del sur global a implementar medidas de austeridad y entregar sus recursos naturales para pagar intereses perpetuos. La deuda no es solo un problema contable; es la cadena del imperialismo moderno.

En su máxima expansión, el capital recurre una lucha permanente contra la economía natural, es decir, contra formas económicas no capitalistas de producción; destruye economías de mercancías simples y establece una competencia descarnada por la conquista de los elementos necesarios para la acumulación.

"El capital no tiene, para la cuestión, más solución que la violencia, que constituye un método constante de acumulación de capital en el proceso histórico, no sólo en su génesis, sino en todo tiempo, hasta el día de hoy.”

El militarismo, el motor de la economía

Para Luxemburgo, el militarismo era una "necesidad técnica" del capital para abrir mercados. Hoy, el complejo militar-industrial sigue siendo un pilar global. Las intervenciones actuales responden a esta lógica de control de rutas comerciales y materias primas críticas (como el litio), confirmando su advertencia: la paz es incompatible con la acumulación desenfrenada.

Al plantear la Tierra como el límite geográfico de su expansión, Luxemburgo define al capitalismo como una "contradicción histórica viva". En este sentido, el proceso de acumulación constituye la expresión, la resolución transitoria y, simultáneamente, el agravamiento de su propia contradicción interna.

Bajo la óptica de Luxemburgo, fenómenos como el genocidio en Palestina, las crisis en Siria y Sudán, o las tensiones en Venezuela no deben leerse bajo las dicotomías simplistas de "democracia vs. dictadura" o la lucha contra el "terrorismo". Son, en esencia, manifestaciones de la contradicción inherente al capitalismo: una necesidad sistémica de expansión y apropiación global como única vía para postergar su propio colapso.

Hacia una salida revolucionaria

La lección de Rosa es que el imperialismo no es una "mala decisión" política, sino una fase orgánica del desarrollo capitalista. Ante un sistema que para sobrevivir debe destruir el medio ambiente y erosionar la soberanía de los pueblos, la alternativa sigue siendo la misma que ella planteó: "Socialismo o Barbarie". Releer a Luxemburgo hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino una urgencia. Su legado nos recuerda que la lucha contra el capital es, esencialmente, una lucha por la vida y la libertad democrática de las mayorías de la clase obrera.
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Bibliografía: