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14 de marzo de 2026

Adam Smith, 250 años después entre el nacimiento de la economía política y la crítica de Marx

Esta nota es la primera que publico con respecto al aniversario de La riqueza de las naciones de Adam Smith, en futuras publicaciones analizaré sus aportes a la economía política y la crítica de Marx.

En este 2026 se cumplieron 250 años de la primera publicación de Una investigación sobre la naturaleza y las causas de La riqueza de las naciones un 9 de marzo de 1776. La obra más famosa de Adam Smith compuesto principalmente por cinco libros que contienen mas de 1000 páginas. El contexto de la obra es el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. La economía política clásica surgió como una crítica al sistema mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de los metales preciosos y el control estatal del comercio exterior. Smith cuestionó esta concepción y planteó que la riqueza de una nación depende fundamentalmente de su capacidad productiva, es decir, del desarrollo del trabajo social.Tan pocas obras han tenido una influencia comparable en la formación de la economía moderna. Con ese libro nació una tradición intelectual que intentó explicar cómo funcionaba el capitalismo emergente en la Europa del siglo XVIII.


Sin embargo, recordar a Smith dos siglos y medio después no significa repetir el mito liberal del “padre del libre mercado”. La verdadera historia de la economía política es más compleja, Smith fue un crítico del mercantilismo y un observador del capitalismo naciente, pero sus ideas fueron posteriormente reinterpretadas y simplificadas por la economía neoclásica. El aniversario invita, por lo tanto, a volver a discutir qué dijo realmente Smith, qué límites tenía su teoría y cómo fue superada por la crítica de Marx.

Smith y el nacimiento de la economía política


La obra de Smith surge en un contexto histórico particular: el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. En ese momento predominaba la doctrina mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de metales preciosos y el superávit comercial. Smith polemizó con esa visión. Argumentó que la riqueza de una sociedad no dependía del oro acumulado, sino de su capacidad productiva, es decir, del trabajo y de la organización de la producción.

Su idea central fue la división del trabajo. Según Smith, cuando el proceso productivo se divide en tareas especializadas, la productividad aumenta enormemente. El ejemplo clásico es la fábrica de alfileres, donde la fragmentación del trabajo permite multiplicar la producción. La división del trabajo se convierte así en el motor del crecimiento económico. Pero Smith también señaló un límite importante: la división del trabajo depende del tamaño del mercado. Cuanto mayor sea el mercado, mayor será la especialización y, por lo tanto, la productividad. Esta intuición anticipaba un rasgo fundamental del capitalismo moderno, su tendencia permanente a expandirse a todo el planeta.

Un pensador más complejo que el mito neoliberal


La tradición neoliberal transformó a Smith en un apóstol del “libre mercado absoluto”. Sin embargo, esta lectura simplifica su pensamiento. Smith no creía que los mercados funcionaran de manera automática en beneficio de todos los miembros de una sociedad dividida en clases sociales. Reconocía, por ejemplo: el poder de los monopolios, la tendencia de los empresarios a conspirar contra el público, la desigualdad entre los propios capitalistas y también de los trabajadores. De hecho, advertía que cuando los empresarios se reúnen, el resultado suele ser una conspiración contra los consumidores o contra los salarios. En otras palabras, Smith no era el defensor caricaturesco del mercado autorregulado que suele aparecer en los manuales de la economía convencional.

El límite histórico de la economía política clásica


A pesar de su enorme importancia, el análisis de la economía de Smith contenía límites claros. Smith identificó el papel del trabajo en la creación de riqueza, pero no logró explicar completamente el origen del beneficio capitalista, la bestia negra de la economía burguesa. Tampoco pudo desarrollar una teoría coherente de las crisis económicas. Estos problemas serían abordados posteriormente por otros economistas clásicos, especialmente por David Ricardo. Sin embargo, sería Marx quien llevaría la crítica mucho más lejos.

Marx y la crítica de la economía política


Marx partió de los trabajos intelectuales de Smith y Ricardo, pero lo sometió a una crítica radical materialista dialéctica. Mientras que Smith veía al capitalismo como un sistema esencialmente progresivo, Marx intentó revelar sus contradicciones internas. Su teoría de la plusvalía explicó el origen de la ganancia capitalista (Trabajo no pagado al obrero) el capital obtiene los beneficios porque los trabajadores producen más valor del que reciben en sus salarios. A partir de allí, Marx desarrolló una teoría de las crisis basada en: la acumulación de capital, la competencia entre los capitalistas, la tendencia decreciente de la rentabilidad y las crisis de sobreproducción entre otras crisis analizadas por Marx y Engels. De este modo, el capitalismo aparece no como un sistema armónico, sino como un sistema históricamente limitado y atravesado por las sucesivas crisis periódicas del sistema.


El capitalismo, 250 años después


Dos siglos y medio después de Smith, el capitalismo se ha transformado profundamente. La economía mundial hoy está dominada por: las grandes corporaciones multinacionales, los mercados financieros, las cadenas globales de producción, los monopolios tecnológicos. Paradójicamente, muchas de estas características contradicen el ideal de competencia que los economistas liberales enrolados en escuela neoclásica y austriacos atribuyen a Smith. Además, la economía global enfrenta problemas que Smith difícilmente hubiera imaginado cómo ser: la desigualdad extrema, las crisis financieras recurrentes, el estancamiento productivo en muchas economías, y la crisis climática. Todo esto muestra que el capitalismo no evolucionó hacia un equilibrio estable, sino hacia un sistema cada vez más contradictorio.

Conclusion 


Recordar a Smith 250 años después no debería servir para repetir dogmas liberales. La verdadera importancia de Smith es histórica: inaguró la economía política como ciencia social que intento comprender científicamente el funcionamiento del capitalismo. Pero la crítica posterior (especialmente la de Marx) mostró que ese sistema contiene contradicciones profundas que Smith no pudo explicar con su desarrollo teórico. Por eso, el aniversario de La riqueza de las naciones debería servir no para celebrar el capitalismo, sino para retomar la tradición crítica de la economía política y preguntarnos nuevamente: ¿Es el capitalismo realmente el destino final de la organización económica, o solo una etapa histórica más de la sociedad humana?.
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14 de febrero de 2026

El secreto de la acumulación capitalista: la extracción de plusvalía

En este post analizamos el concepto de plusvalía, piedra angular de la crítica de la economía política de Karl Marx, examinando su vigencia en la estructura productiva contemporánea. A través de una metodología analítica, desglosaremos la transformación del valor y la naturaleza de la explotación capitalista.




Para comprender la arquitectura del capitalismo, es imperativo distinguir entre el trabajo (la actividad productiva en sí) y la fuerza de trabajo (la capacidad física y mental de trabajar). La plusvalía no surge de un intercambio desigual en el mercado, sino del proceso mismo de producción.

La mercancía "fuerza de trabajo"

A diferencia de cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo posee la cualidad única de crear un valor superior a su propio costo de reproducción. Como señala Marx en El capital: «El valor de la fuerza de trabajo, al igual que el de toda otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción [...] de este artículo específico» (Marx, El capital, Vol. I).

Trabajo socialmente necesario vs. trabajo excedente

El proceso laboral se divide en dos magnitudes temporales:

Tiempo de trabajo socialmente necesario: El periodo en el que el obrero produce el valor equivalente a su salario (lo indispensable para su subsistencia: alimento, vivienda, vestido).

Tiempo de trabajo excedente: El periodo en que el obrero trabaja más allá de lo estrictamente necesario. El valor creado en este intervalo es la plusvalía, de la cual el capitalista se apropia sin retribución alguna.

Tomemos como ejemplo una fábrica de calzado con una jornada laboral de ocho horas en una planta moderna:

Valor del salario diario: Equivalente a cuatro horas de trabajo.

Materia prima y desgaste de maquinaria: Equivalente a un valor fijo por unidad.

Dinámica: Al llegar a la cuarta hora, el obrero ya ha generado el valor correspondiente a su salario. Sin embargo, su contrato lo obliga a trabajar cuatro horas adicionales. La riqueza producida en esas últimas cuatro horas constituye la plusvalía. Como afirmaba Friedrich Engels en el Anti-Dühring: «La plusvalía es el producto del trabajo que el obrero entrega al capitalista sin recibir por él ningún equivalente».

Plusvalía absoluta y relativa

El capital emplea dos estrategias para incrementar esta magnitud:

Plusvalía absoluta: Se obtiene mediante la prolongación de la jornada laboral (por ejemplo, trabajar diez horas en lugar de ocho).

Plusvalía relativa: Se obtiene reduciendo el tiempo de trabajo necesario mediante la mejora de la tecnología y la productividad. Si el obrero produce el valor de su salario en dos horas en lugar de cuatro, el tiempo excedente aumenta sin necesidad de alargar la jornada.

Rosa Luxemburgo, en Reforma o revolución, subraya que este proceso es el motor de las crisis: «El capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a la expansión ilimitada de la producción, mientras que el consumo de la masa obrera se mantiene limitado por las leyes de la plusvalía».

Del taller a la plataforma: La plusvalía en la era digital

En la actualidad, el concepto de plusvalía se manifiesta de forma aguda en el llamado tecnofeudalismo. En las plataformas de delivery o transporte, el capitalista ni siquiera provee las herramientas de trabajo (la bicicleta o el automóvil), pero extrae una plusvalía elevada mediante el control del algoritmo, reduciendo el «trabajo necesario» al mínimo biológico del repartidor.

Para analizar el caso de un trabajador de plataforma (como un repartidor de Rappi o Uber Eats) bajo la lupa de la teoría de la explotación de Marx, debemos notar un cambio fundamental en la composición orgánica del capital. En este modelo, el capitalista ahorra la inversión en «capital constante» (c), transfiriendo tanto el costo como el riesgo directamente al trabajador.

El cálculo en la economía de plataformas

Imaginemos la jornada de un repartidor que genera $100 de facturación total en un día:

1. Los costos transferidos

A diferencia de la fábrica tradicional, aquí el trabajador aporta sus propios medios de producción:

Mantenimiento y suministros: El costo de la bicicleta, moto o celular, más el combustible, suma un estimado de $20. (Esto representa el capital constante c, pero en este caso lo sufraga el obrero).

La comisión de la plataforma: La empresa suele retener un promedio del 30% de la facturación bruta por el uso del algoritmo.

2. Desglose de la plusvalía digital

Si la facturación es de $100, el desglose económico sería el siguiente:

Ingreso bruto del repartidor: $70 (tras la comisión de la aplicación).

Gasto operativo del repartidor: -$20.

Ingreso neto (Salario real o v): $50.

Por otro lado, la plataforma obtiene:

Plusvalía (s): $30.

Inversión de la empresa (c): Casi nula en términos de mantenimiento físico por viaje (se limita al costo marginal del servidor y el software).

3. El tiempo de trabajo en la aplicación

Si el repartidor trabaja 10 horas para alcanzar esos $100:
 
Tiempo de trabajo necesario: Para cubrir sus gastos operativos ($20) y su sustento básico ($50), el trabajador necesita generar un total de $70. A un ritmo de $10 por hora, esto le toma 7 horas.

Tiempo de trabajo excedente: Las últimas 3 horas de pedaleo o conducción son destinadas íntegramente a generar la ganancia de la plataforma.

¿Por qué hablamos de «tecnofeudalismo»?

A diferencia de la fábrica tradicional, donde el patrón provee la maquinaria y el obrero aporta su fuerza de trabajo, en el modelo de plataformas se observa lo siguiente:

Ausencia de inversión en capital constante (c)La empresa no adquiere la motocicleta, no asume el costo del seguro ni sufraga el combustible.

Extracción de una renta: La plataforma actúa como un «señor feudal», dueño del «camino» (el algoritmo). Así, cobra un peaje (comisión) por el simple hecho de permitir al trabajador operar en su territorio digital.

Plusvalía relativa extrema: El algoritmo utiliza la gamificación y sistemas de recompensas para acelerar el ritmo de trabajo. Si el repartidor logra realizar más pedidos en menos tiempo, reduce su «tiempo de trabajo necesario» y aumenta la plusvalía de la empresa sin que esta deba realizar inversión adicional alguna.

El impacto de la reforma laboral

Bajo la figura del «trabajador independiente con colaboradores», se introducen cambios estructurales que afectan la tasa de explotación:

Eliminación de la presunción de laboralidad: Al diluirse la relación de dependencia, la empresa elimina el riesgo de litigios por accidentes o despidos. Esto reduce sus costos indirectos y eleva su tasa de ganancia neta.
 
Aumento del «ejército industrial de reserva»: Al facilitar la figura del «colaborador», se incrementa la competencia entre trabajadores. Si hay cien repartidores esperando un pedido en la misma esquina, la plataforma puede permitirse reducir el pago por envío. Esto obliga al individuo a trabajar 12 o 14 horas para cubrir el mismo salario básico (v).

En cifras: Si debido a la saturación de repartidores ahora se requieren 9 horas para cubrir los costos básicos de vida, el «tiempo de trabajo excedente» se vuelve más agotador y peligroso. Sin embargo, la tasa de plusvalía para la aplicación se mantiene o incluso sube gracias al volumen total de trabajadores activos.

Conclusión final: La teoría de la plusvalía revela que el «contrato libre» entre el capital y el trabajo es una ficción jurídica que encubre una relación de subordinación económica sistémica. El beneficio no emana del ingenio del empresario, sino de aquella porción de la vida del trabajador que no es remunerada.
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22 de enero de 2026

¿Todos ganan? La falacia de la suma cero de Cachanosky frente a la realidad del capital.

Frente a la narrativa neoclásica liberal que presenta al tratado UE-Mercosur como un motor de prosperidad y eficiencia, surge la necesidad de analizar el comercio internacional no como un intercambio técnico entre iguales, sino como un escenario de competencia asimétrica entre capitales dentro de las fronteras de los países firmantes. A través de la lente de la ley del valor y la productividad diferencial, este artículo desarticula las premisas de Roberto Cachanosky para revelar cómo la apertura comercial bajo el capitalismo contemporáneo no integra naciones, sino que consolida una transferencia estructural de valor desde el trabajo obrero del continente sudaméricano hacia los centros del capital transnacional.


Imagen editada con IA

El reciente artículo de opinión del economista liberal Roberto Cachanosky publicado en Infobae (13 de enero de 2026), titulado “Acuerdo UE-Mercosur: un paso adelante hacia la integración económica”, elogia el tratado comercial entre la Unión Europea y el Mercosur como un avance hacia la eficiencia, la especialización y la prosperidad recíproca. Sin embargo, desde una perspectiva socialista —fundamentalmente desde la lógica de la teoría de la ley del valor-trabajo—, esta postura resulta profundamente polémica.

En la presente entrada buscamos analizar críticamente las premisas del enfoque neoclásico de Cachanosky tan difundidas en la prensa burguesa por estos días. Buscamos demostrar que el tratado no representa una integración equilibrada ni equitativa para los países firmantes, sino una profundización de las asimetrías en la producción y la captura de plusvalía de los países subdesarrollados en el marco del mercado mundial contemporáneo.

Bajo la óptica del liberalismo económico, Cachanosky sostiene que el acuerdo favorece la “integración” mediante la eliminación de aranceles, la promoción del comercio y la atracción de inversiones. En sus propias palabras, afirma que "el acuerdo comercial con la Unión Europea es un paso adelante hacia la integración económica, la apertura comercial y el crecimiento sostenido". Su análisis concibe el mercado como un mecanismo neutral y autorregulador. No obstante, desde nuestra perspectiva basada en el materialismo histórico, el mercado no es neutral: es la forma social específica en la que se manifiesta la producción capitalista. La ley del valor no se detiene en las fronteras nacionales; rige como una potencia social objetiva que disciplina a los productores privados a través de la competencia internacional.

La teoría de la ley del valor, formulada por Marx en El Capital, establece que el valor de una mercancía está determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario (TSN) para su producción a escala general, no deriva exclusivamente de su utilidad, sino del tiempo socialmete necesario para su producción. En el mercado mundial, esto implica que las empresas con tecnologías avanzadas (predominantes en la UE) establecen el estándar de productividad a las inferiores. El tratado de libre comercio, lejos de ser un campo de juego nivelado, es el escenario donde se valida esta jerarquía técnica bajo el velo de un intercambio formalmente equivalente. El tratado de libre comercio entre la UE y el Mercosur, lejos de superar éstas dinámicas, las intensifica y reafirma su superioridad productiva.

La ilusión de la integración regional y la transferencia de valor

Cachanosky presenta el acuerdo como una oportunidad única para que los países del Mercosur se inserten en las cadenas globales de valor y a tecnologías mas avanzadas. No obstante, Afirma sin ambigüedades que "la apertura comercial permite a los países del Mercosur insertarse en cadenas globales de valor y aprovechar economías de escala que antes les eran inaccesible", pero omite que la competencia internacional es, en esencia, una competencia entre productividades. Al abrir los mercados, las ramas de producción del hemisferio del Sur con menor composición orgánica de capital y sumida por la exportación de materias primas (soja, carne, minerales) deben enfrentarse al valor del mercado mundial dictado por la alta productividad europea que exporta mercancías con elevado contenido tecnológico y valor añadido. Está asimetría no es accidental: es funcional a la ley del valor que predomina en el sistema capitalista.

Desde la ley del valor, esta división internacional del trabajo implica una transferencia de valor. Los capitales más productivos (centro) captan una plusvalía extraordinaria al vender sus mercancías por encima de su valor individual, pero a su precio de producción social, mientras que los capitales menos productivos (periferia) entregan más trabajo real del que reciben en el intercambio. Esta asimetría no es un "robo" diplomático, sino el resultado ciego de la competencia capitalista: el trabajo más productivo cuenta como trabajo potenciado. Así, el “intercambio libre” reproduce la subordinación de las economías dependientes en la cadena global de valor.

El fetichismo y la falsa suma cero

El análisis de Cachanosky incurre en el fetichismo de la mercancía al reducir el fenómeno comercial como una interacción técnica entre objetos - mercancías o bienes en la jerga de la economía convencional-, ocultando que detrás de los precios operan relaciones de explotación. Al proponer el acuerdo como un “paso adelante”, nuestro económista pampeano naturaliza las categorías de la economía política - el mercado, la propiedad privada de los medios de producción y la competencia - eludiendo la contradicción antagónica entre el capital y el trabajo que subyace a toda expansión comercial. Su afirmación de que “los beneficios no son cero-suma; todos ganan cuando se reduce la fricción regulatoria y se facilita el intercambio” ignora que, si bien el comercio puede aumentar el volumen de mercancías, la masa de plusvalía se distribuye desigualmente en favor de los capitales que dominan la vanguardia tecnológica.

Frente a la visión liberal neoclásica, la perspectiva materialista revela que la expansión capitalista es un proceso contradictorio donde el progreso técnico se traduce en presión sobre la fuerza de trabajo que se traduce en regresión social. En el caso del Mercosur, la apertura no es un paso hacia el desarrollo armónico y virtuoso que dictan los manuales neoclásicos universitarios, sino un mecanismo que acelera la acumulación y la especialización en sectores de baja complejidad tecnológica o extractivos; esta dinámica, presentada como un incremento de la "eficiencia" productiva, ilustra la lay general de la acumulación capitalista señalado por Marx, quien advierte que "el modo de producción capitalista, pues, con la riqueza, la miseria; con la acumulación de capital, la acumulación de la miseria" (El Capital, Vol.I, Cap.25) por consiguiente se profundiza la precariedad laboral para sostener la rentabilidad frente a la competencia externa.

Imperio financiero y reproducción ampliada

Cachanozky omite deliberadamente que la arquitectura de los acuerdos jurídicos contemporáneos se sostiene sobre dispositivos de protección a la inversión —tales como los mecanismos de Solución de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS)— que erosionan la soberanía de las naciones dependientes. Estas disposiciones facultan a las corporaciones transnacionales para litigar contra los Estados ante cualquier política pública, ya sea ambiental, laboral o sanitaria, que pueda afectar su tasa de ganancia o rentabilidad.  

Lejos de ser meros instrumentos "técnicos" o administrativos, estos mecanismos expresan una relación de dominación concreta: el capital transnacional internacional se constituye como autoridad supranacional capaz de vetar decisiones democráticas en nombre de la “seguridad jurídica” del inversor. Esta dinámica no responde a una lógica neutral del derecho burgués, sino a la necesidad del capital global de garantizar condiciones estables para su reproducción ampliada, incluso a costa de socavar la capacidad de los Estados subdesarrollados de regular en función del interés público de sus intereses.

El acuerdo UE-Mercosur, bajo esta sombra, no representa una integración simétrica ni un intercambio equitativo. Por el contrario, consolida una división internacional del trabajo que reproduce históricamente la subordinación de América del Sur como proveedora de materias primas y mercados cautivos, mientras Europa mantiene el control sobre tecnología, marcas, finanzas y normas regulatorias. Las cláusulas de protección a la inversión no hacen sino institucionalizar estas desigualdades estructurales y desequilibrio de poder, transformando la soberanía nacional en una fachada tras la cual opera una disciplina económica impuesta desde el exterior.

En este contexto, la defensa del “libre comercio” como vía al desarrollo revela íntimamente su carácter ideológico: oculta que la verdadera barrera al progreso no es el proteccionismo estatal, sino la imposibilidad estructural de los países dependientes de acumular capital de forma autónoma mientras sus economías permanecen articuladas al imperativo de la valorización del capital de los naciones desarrolladas. La soberanía real —aquella que permitiría orientar la producción hacia las necesidades sociales y no hacia la rentabilidad privada internacional— choca frontalmente con los marcos jurídicos que el propio acuerdo refuerza.  

Así, lejos de ser un “paso adelante” como sostiene Cachanosky, el tratado profundiza una forma contemporánea de imperialismo: no basada únicamente en la ocupación territorial (guerra, ocupacion militar), sino en la subordinación jurídica, financiera y productiva de las economías subdesarrolladas a los intereses del capital concentrado europeo. Y mientras se siga presentando esta subordinación como "integración", cooperación o modernización, se seguirá impidiendo el debate necesario sobre qué tipo de desarrollo —y para quién— es posible dentro, o más bien fuera, del orden capitalista global.

Esta transformación jurídico-económica no es neutral ni "técnica", sino profundamente política: reconfigura las relaciones de clase en la periferia al favorecer a una burguesía asociada al capital externo —agroexportadora, financiera, logística— en desmedro de los sectores populares, los pequeños productores y los trabajadores asalariados. La apertura comercial no “desregula” el mercado, como pretende el discurso liberal, sino que re-regula la economía en función de los intereses del capital transnacional en especial europeo, desplazando formas de producción socialmente arraigadas —aunque precarias— por dinámicas de monocultivo, extractivismo intensivo y externalización de costos sociales y ecológicos.  

El “libre comercio”, en este contexto, funciona como un mecanismo de disciplinamiento: obliga a los Estados periféricos a competir entre sí en la reducción de salarios, derechos laborales y estándares ambientales para atraer inversión, generando una carrera hacia el fondo que beneficia únicamente al capital móvil. Esta competencia no es entre naciones soberanas, sino entre fracciones subordinadas del capital global, cuyas decisiones están condicionadas por la necesidad de garantizar rentabilidad a los centros financieros localizados en el núcleo imperial.  

Así, la reproducción ampliada del capital no solo exige nuevos mercados, sino también la recomposición constante de las condiciones sociales y territoriales que permitan su expansión. El tratado UE-Mercosur no es, entonces, un simple acuerdo comercial, sino un instrumento de reestructuración socioeconómica que consolida una división internacional del trabajo jerárquica, donde Mercosur sigue destinada a proveer plusvalor barato —en forma de recursos naturales, mano de obra precarizada y flexibilidad regulatoria— mientras Europa se reserva el control sobre el conocimiento, la innovación y la distribución del valor agregado.  

La separación entre el productor y los medios de producción, lejos de ser un episodio histórico concluido, se reproduce cotidianamente mediante políticas que privatizan lo común, mercantilizan la naturaleza y despojan a las comunidades rurales y urbanas de su capacidad de autogestión. En este sentido, el imperialismo contemporáneo no necesita colonias formales: basta con que los marcos legales, las instituciones burguesas y los capitales locales internalicen la lógica de la acumulación global como única vía posible. Y es precisamente contra esta naturalización —contra la idea de que “no hay alternativa”— que debe articularse una crítica materialista capaz de vincular la defensa de la soberanía popular con la transformación de las relaciones de producción que el individualismo metodológico no puede ve.

Conclusión: El marxismo no rechaza per se la cooperación comercial internacional, pero denuncia que, bajo el capitalismo, los tratados son herramientas para reorganizar la explotación global. La visión ortodoxa liberal de Cachanosky, constituye una apología procapitalista que, bajo el dogma del individualismo metodológico, oculta el conflicto capital-trabajo tras la promesa de la "eficiencia". Una verdadera integración no vendrá del libre comercio —que solo integran capitales—, sino de la unidad internacionalista de los trabajadores. Solo una transformación que supere la ley del valor y la propiedad privada de los medios de producción permitiría una cooperación fundada en las necesidades humanas. Hasta entonces, el “paso adelante” de los Cachanosky de toda la vida será, para la clase obrera del Sur Global, un eslabón más en la cadena de la dependencia dictada por la competencia capitalista mundial.
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Referencias

Cachanosky, R. (13 de enero de 2026). Acuerdo UE-Mercosur: Un paso adelante hacia la integración económica. Infobae.https://www.infobae.com/opinion/2026/01/13/acuerdo-ue-mercosur-un-paso-adelante-hacia-la-integracion-economica/

Marx, K. (2014). El Capital: Crítica de la economía política (Vol. I). Fondo de Cultura Económica.

Astarita, R (2006) Valor, mercado mundial y gloabalizacion. Kraicon

Astarita, R (2009) Monopolio, imperialismo e intercambio desigual. Maia