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8 de marzo de 2026

8M, feminismo y la adaptación de la izquierda trotskista a la ideología

Las movilizaciones del Día Internacional de la Mujer volveran a llenar las calles de Buenos Aires y de otras ciudades de Argentina el lunes 9/3. Como ocurre desde hace años, las organizaciones de izquierda —en particular las trotskistas— participaran activamente de la marcha, levantando las consignas feministas y presentando el movimiento como uno de los ejes centrales de la lucha social contemporánea.


Sin embargo, detrás de esa participación se esconde un problema político de fondo: la adaptación de amplios sectores de la izquierda al marco ideológico del feminismo dominante o burgués. Es decir, la aceptación —muchas veces acrítica— de una explicación de la opresión que desplaza el análisis marxista de la explotación capitalista hacia una lectura basada en el antagonismo entre los sexos.
El resultado es una paradoja: las organizaciones que se reivindican socialistas terminan reproduciendo categorías teóricas ajenas al marxismo.

El patriarcado como sustituto del capital

El núcleo del problema radica en la categoría de “patriarcado”. En el discurso feminista burgués o pequeñoburgués—y hoy también en gran parte de la izquierda trotskista— el patriarcado aparece como un sistema de dominación autónomo, paralelo al capitalismo. Bajo esta lógica, la sociedad estaría estructurada por dos grandes sistemas de poder: el capital y el patriarcado. Pero esta formulación introduce un desplazamiento decisivo y contradictorio. Si el patriarcado es un sistema independiente, entonces el antagonismo fundamental deja de ser exclusivamente entre capital y trabajo. La lucha social pasa a definirse también —y a veces principalmente— como un conflicto entre hombres y mujeres.

Este planteo choca frontalmente con un enfoque materialista histórico. Para la izquierda anclada en la tradición del socialismo de Marx y Engels, las formas de opresión deben analizarse en relación con la estructura del modo de producción capitalista. La subordinación de las mujeres no es un sistema autónomo que atraviesa la historia de manera inmutable; está ligada a formas históricas concretas de la organización de la producción y la reproducción social.

Esto ya había sido señalado magníficamente por Federico Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde la opresión de las mujeres se vincula con el desarrollo de la propiedad privada y la familia monogámica. La teoría del patriarcado, en cambio, tiende a deshistorizar el problema y a convertir la relación entre los sexos en el eje central de la dominación social.

La izquierda siguiendo a la ideología dominante

Lo llamativo es que esta perspectiva no surge del marxismo sino del desarrollo del feminismo académico y de sus corrientes políticas pequeñoburguesas. Sin embargo, gran parte de la izquierda trotskista la ha incorporado sin demasiadas mediaciones y críticas. En lugar de someter estas teorías a una crítica materialista profunda, se las adopta como si fueran una extensión natural del marxismo.

La razón de esta adaptación no es difícil de entender. El feminismo se convirtió en una de las ideologías progresistas más dominantes en amplios sectores de la pequeñaburguesía y en sus nichos ideológicos. En ese contexto, muchas organizaciones de izquierda han optado por acompañar esa corriente en lugar de confrontarla de manera crítica. En otras palabras, el feminismo funciona como una puerta de entrada a nuevos espacios de militancia, particularmente en las universidades y en los sectores juveniles.

El problema es que, al hacerlo, la izquierda termina incorporando categorías políticas que diluyen la centralidad de la lucha de clases por una que se diluye en el sexo.

El sujeto político de la clase a la identidad

Esta adaptación se refleja con claridad en la definición del sujeto político. Para el marxismo, el sujeto potencial de transformación social es la clase trabajadora. No porque sea moralmente superior, sino porque su posición en la producción social la coloca en antagonismo directo con el capital. El feminismo dominante, en cambio, construye su sujeto político a partir de una identidad: las mujeres.

Aquí aparece una dificultad evidente. “Las mujeres” no constituyen una clase social. Dentro de esa categoría conviven trabajadoras precarizadas, desocupadas, profesionales de la pequeñaburguesía, empresarias y funcionarias del Estado. Sus intereses materiales pueden ser —y de hecho son— profundamente distintos. Sin embargo, el discurso feminista tiende a borrar esas diferencias de clases y a presentar a todas ellas como parte de un mismo bloque oprimido.

La consecuencia es una política interclasista, en la que el antagonismo entre capital y trabajo queda desplazado por una identidad común de género.

El feminismo es compatible con el capitalismo

Este desplazamiento también explica por qué muchas de las reivindicaciones centrales del feminismo contemporáneo son perfectamente compatibles con el modo de producción capitalista. La igualdad de género puede expresarse en los directorios de las empresas con paridad de género, mayor presencia femenina en el Estado, acceso de mujeres a cargos de poder, como en ONU, Unión Europea, FMI, Poder Ejecutivo... etc.

Nada de esto cuestiona necesariamente la explotación capitalista. Una multinacional puede tener un directorio con paridad de género y, al mismo tiempo, sostener salarios de miseria o condiciones laborales precarias a muchas mujeres y hombres. Por eso el capitalismo ha demostrado una notable capacidad para absorber y resignificar muchas demandas feministas. La igualdad dentro del sistema no implica la superación del sistema de apropiación de trabajo no pago.

El 8M y la pérdida de su contenido de clase

Hay además una ironía histórica que rara vez se menciona. El Día Internacional de la Mujer fue impulsado originalmente por el movimiento socialista internacional. Su promoción estuvo ligada a figuras socialistas como Clara Zetkin y Alexandra Kollontai, que concebían esta jornada como una instancia de lucha de las mujeres trabajadoras. El eje no era la identidad de género sino la relación entre explotación capitalista y opresión femenina. Hoy, en cambio, el 8M aparece cada vez más como una movilización basada en una identidad amplia de “mujeres y disidencias”, donde el contenido de clase queda en segundo plano. Paradójicamente, buena parte de la izquierda que participa en estas marchas contribuye a consolidar ese desplazamiento.

Una crítica necesaria

Plantear estos problemas suele generar acusaciones automáticas como: “economicismo”, “reduccionismo de clase” o incluso “machismo”. Sin embargo, la crítica marxista al feminismo dominante no implica negar la opresión de las mujeres ni minimizar las luchas contra la violencia o la discriminación. Sino implica una concepción distinta, rechazar una interpretación que sustituye la lucha de clases por conflictos identitarios.

La izquierda no debería limitarse a reproducir la ideología progresista de la burguesía. Su tarea es someterla a una crítica desde una perspectiva materialista.

Conclusión: Las movilizaciones del 8M expresan malestares reales y demandas legítimas. Pero el marco ideológico que las organiza —y que gran parte de la izquierda trotskista la ha adoptado— tiende a desplazar el análisis de la explotación capitalista hacia un conflicto entre identidades. El resultado es una política que puede movilizar de manera masiva, pero que muchas veces desarma la comprensión materialista de la sociedad. Si la izquierda pretende mantener una perspectiva marxista, el desafío no es adaptarse al feminismo dominante o hegemónico, sino reintegrar la cuestión de la opresión de las mujeres en el análisis de la lucha de clases. No hacerlo implica, en última instancia, reemplazar la crítica del capitalismo por una política de identidades que el propio sistema ha demostrado ser capaz de absorber.
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