Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

13 de enero de 2026

La tragedia venezolana: soberanía sin ruptura con el capital

El domingo 11 de enero de 2026, La Izquierda Diario, en su habitual semanario Ideas de izquierda, publicó un artículo donde se aborda el ataque de Trump a Venezuela, secuestrando a su presidente y la primera dama. El artículo analiza la crisis multidimensional en Venezuela, caracterizándola como el resultado de la convergencia entre la agresiva ofensiva imperial reaccionaria liderada por Estados Unidos y el agotamiento del modelo chavista. El articulo sostiene que, ante el autoritarismo del gobierno de Maduro y la injerencia extranjera que busca el control de los recursos, la única salida efectiva reside en una lucha antiimperialista e independiente de la clase obrera a nivel continental, que rechace tanto el tutelaje externo como la gestión de la actual burocracia estatal.  Cómo hemos planteado en entradas anteriores, la defensa de la independencia de clases es indispensable frente al fracaso del 'socialismo del siglo XXI' y la intervención de los Estados Unidos. En este texto, abordaremos las posiciones del artículo desde la concepción materialista de Marx y su teoría del valor.

En este artículo dominical, La Izquierda Diario incurre en una desviación recurrente dentro de ciertos enfoques de la izquierda denominados 'movimentistas': la personalización del capital. Al sostener que el imperialismo persigue un 'control directo', el texto desplaza el eje explicativo desde las determinaciones objetivas de la ley del valor hacia el plano de la voluntad política de los Estados y sus aparatos de poder. Este enfoque —marcadamente subjetivista o voluntarista— trata al capital como si fuera un sujeto con deseos propios, en lugar de una relación social regida por leyes impersonales como la búsqueda de plusvalía. En última instancia, este desplazamiento implica una lectura que tiende a autonomizar la esfera política respecto de las relaciones sociales de producción que la fundamentan.

Desde la perspectiva desarrollada por Marx en El Capital, el valor de las mercancías —incluido el petróleo venezolano— no se determina ni en el Palacio de Miraflores ni en la Casa Blanca, sino por el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) requerido para su producción bajo las condiciones técnicas medias vigentes a escala mundial (Marx, 1867/2008, t. I, cap. I). El mercado mundial no constituye un espacio externo o posterior a la producción nacional, sino la instancia en la cual el trabajo privado se valida socialmente como parte del trabajo social total. En palabras de Marx, «solo en el mercado mundial adquiere el trabajo privado el carácter de trabajo socia»(Marx, 1867/2008, t. I, cap. III).

En este marco, la competencia no opera como una simple relación entre capitales individuales, sino como el mecanismo mediante el cual las leyes inmanentes del modo de producción capitalista se imponen "como leyes coercitivas externas" sobre los productores y los Estados nacionales (Marx, 1867/2008, t. I, cap. X). La competencia generalizada tiende a igualar las condiciones de valorización, sancionando a aquellas formaciones sociales cuya productividad del trabajo se sitúa por debajo de la media internacional mediante la transferencia de valor, la desvalorización del capital y la subordinación creciente a los capitales más productivos (Marx, 1894/2009, t. III, cap. X).

Asimismo, Marx subraya que el desarrollo del mercado mundial es inseparable de la expansión del capital como relación social dominante, afirmando que «la tendencia a crear el mercado mundial está directamente dada en el concepto mismo de capital» (Marx, 1857-1858/2007, Grundrisse). En este sentido, las presiones externas que suelen describirse como "agresiones imperialistas" deben ser comprendidas como manifestaciones concretas de la dinámica objetiva de la acumulación capitalista a escala mundial, y no como desviaciones voluntaristas atribuibles a decisiones políticas aisladas.

El artículo incurre asimismo en una omisión significativa al no señalar que el Estado chavista, incluso durante su etapa de mayor retórica de "rebeldía", operó fundamentalmente como un comité de administración de los negocios comunes de la burguesía —incluida una nueva fracción burocrática estatal, la denominada boliburguesia—, cuya función central fue garantizar las condiciones generales para la extracción de plusvalía y su realización en el mercado mundial. Tal como plantea Marx, el Estado moderno no se sitúa por encima de las clases sociales, sino que expresa, bajo formas específicas, las relaciones de dominación propias del modo de producción capitalista (Marx & Engels, 1848/2004). En este sentido, la apelación a la "soberanía" presente en el texto remite a una categoría jurídico-moral que tiende a ocultar la subordinación efectiva del trabajo al capital y la inserción dependiente de la economía venezolana en la división internacional del trabajo.

Cuando el artículo afirma que "la catástrofe social es producto de la combinación de las sanciones y la gestión burocrática del gobierno", introduce una separación analítica problemática entre la "gestión" estatal y las condiciones estructurales de producción y valorización del capital. Este enfoque disocia los resultados sociales de la dinámica objetiva de la acumulación capitalista, reduciendo la crisis a un conjunto de decisiones administrativas contingentes. Desde una perspectiva materialista rigurosa, la "catástrofe" no puede ser interpretada como un simple error de gestión, sino como el resultado necesario de intentar reproducir una economía capitalista dependiente sin una base suficiente de valorización interna del capital.

Como señala Marx, allí donde el proceso de acumulación se ve obstaculizado por límites estructurales —baja productividad del trabajo, dependencia tecnológica y subordinación al mercado mundial—, el Estado no puede revertir dichas determinaciones mediante la voluntad política o la administración burocrática, sino que se limita a gestionar sus consecuencias sociales (Marx, 1867/2008, t. I; Marx, 1894/2009, t. III). En este marco, las sanciones externas operan como factores que agravan contradicciones preexistentes, pero no constituyen la causa última de la descomposición social, la cual se inscribe en las leyes internas del modo de producción capitalista dependiente.

Cuando el valor de la fuerza de trabajo en Venezuela se desploma, ello no puede explicarse únicamente por la acción de la "burocracia"sino por la necesidad objetiva del capital de imponer una desvalorización masiva con el fin de restaurar la tasa de ganancia. Al omitir el análisis de las mediaciones económicas mediante las cuales el chavismo preservó las formas fundamentales de la producción mercantil —la mercancía, el dinero y el salario—, La Izquierda Diario termina formulando una crítica que se aproxima más a una propuesta de "gestión obrera del capitalismo" que a una perspectiva orientada a la abolición del sistema de trabajo asalariado.

La ilusión de la "soberanía" frente a la dictadura del mercado mundial, resulta necesario profundizar en el modo en que la teoría del valor de Marx despoja al concepto de "soberanía nacional" de su aura romántica, revelándolo como una categoría jurídico-política que entra en contradicción sistemática con la realidad económica del capital global. Lejos de constituir un espacio autónomo de autodeterminación popular, la soberanía aparece, desde este enfoque, como una forma específica de mediación estatal de las leyes del capital.

La ilusión de la "soberanía" frente a la dictadura del mercado mundial.

La soberanía como forma jurídica del capital nacional

El artículo de La Izquierda Diario sostiene que el núcleo del conflicto reside en un supuesto "ataque imperialista a la soberanía de Venezuela". Sin embargo, desde una perspectiva marxista fundada en la teoría del valor, la "soberanía" no constituye un ámbito de libertad para la clase trabajadora, sino el marco jurídico-político dentro del cual el Estado burgués garantiza las condiciones generales para la acumulación de capital.

Marx explica en El capital que el intercambio de mercancías presupone que sus poseedores se reconozcan recíprocamente como propietarios privados, dotados de voluntad jurídica (Marx, 1867/2008, t. I, cap. II). El Estado nacional emerge así como el garante de este orden jurídico, asegurando la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. En consecuencia, cuando el artículo defiende la "soberanía" frente al imperialismo, termina defendiendo —frecuentemente de manera involuntaria— la envoltura jurídica burguesa que hace posible la explotación de la fuerza de trabajo venezolana por capitales tanto estatales como privados.

Desde este punto de vista, la soberanía no se opone al capital, sino que constituye una de sus formas políticas necesarias en el marco del sistema de Estados nacionales que organiza el mercado mundial.

El mercado mundial y la determinación del valor

El error analítico central del enfoque del artículo radica en ignorar que el valor es una categoría social determinada por el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) a escala internacional, y no por decisiones políticas nacionales.

La ilusión de la autonomía: El chavismo intentó establecer precios internos administrados y regímenes de tipo de cambio fijo bajo la premisa de que la voluntad política —invocada como "soberanía" — podía determinar el valor de las mercancías y del dinero al margen del mercado mundial.

La realidad de la ley del valor: Marx demuestra que el valor se impone "a espaldas de los productores" y con independencia de su conciencia o de los objetivos declarados del Estado (Marx, 1867/2008, t. I, cap. I). Cuando la productividad del trabajo en una formación social es inferior a la media mundial, dicha economía se ve obligada a intercambiar una mayor cantidad de trabajo nacional por una menor cantidad de trabajo extranjero, lo que se traduce en transferencia de valor, presión sobre los salarios y desvalorización de la fuerza de trabajo.

En este sentido, el mercado mundial actúa como la instancia efectiva de validación social del trabajo, subordinando las economías nacionales a una lógica que no reconoce fronteras jurídicas ni discursos soberanistas. La denominada "dictadura del mercado mundial" no es una metáfora política, sino la expresión concreta del dominio del capital social global sobre los capitales particulares y los Estados que los representan.

El Estado, la burocracia y la ilusion del "capitalismo con rostro popular"

El Estado como forma politica de dominacion de clase, una de las principales limitaciones del enfoque desarrollado por La izquierda Diario reside en su comprension del Estado como un instrumento potencialmente neutral, susceptible de ser reorientado mediante una "mejor gestion" o una correlacion de fuerzas favorable a la clase obrera. Desde nuestra perspectiva materialista basada en la ley del valor consideramos, el Estado no constituye un simple aparato tecnico-administrativo ni un terreno vacio de disputa, sino una forma historica especifica de organizacion del poder politico correspondiente al modo de produccion capitalista. 

Marx subraya que el Estado moderno surge como condensación de las relaciones sociales de producción dominantes y actúa como garante de las condiciones generales de la acumulación de capital (Marx, 1867/2008; Marx, 1894/2009). Su función esencial no es la satisfacción de las necesidades sociales, sino la reproducción del trabajo asalariado, la propiedad privada de los medios de producción y el orden jurídico que permite la valorización del capital. En este marco, las políticas estatales, incluso aquellas revestidas de un lenguaje "popular" o "antiimperialista"se encuentran estructuralmente condicionadas por las exigencias del proceso de acumulación.

La burocracia como fracción funcional del capital

El artículo tiende a presentar a la burocracia como una desviación contingente o una deformación moral del proyecto chavista. Sin embargo, esta caracterización oscurece el carácter estructural de la burocracia estatal como una fracción específica vinculada a la gestión del capital social nacional. Lejos de constituir un cuerpo parasitario externo al sistema, la burocracia cumple un papel activo en la administración de las contradicciones del capital, mediando entre las exigencias del mercado mundial y la reproducción de la fuerza de trabajo en el plano interno.

Como señala Marx en su análisis del Estado y de la administración pública, la expansión de la burocracia no es el resultado de una patología política - izquierdista o derechista -, sino una consecuencia del desarrollo de las funciones del Estado en una sociedad atravesada por antagonismos de clase irreconciliables. En contextos de crisis, la burocracia no elimina dichas contradicciones, sino que las gestiona, frecuentemente mediante mecanismos de coerción económica, disciplinamiento salarial y control social.

En el caso venezolano, la emergencia de una nueva burocracia estatal —frecuentemente presentada como "revolucionaria" — no alteró las relaciones sociales fundamentales, sino que se integró como una fracción que participa de la apropiación de plusvalía y de la redistribución del excedente en el marco de una economía rentística y dependiente.

La ilusión del "capitalismo con rostro popular"

La noción implícita de un "capitalismo con rostro popular", presente tanto en el discurso chavista como en ciertas lecturas críticas progresistas o  nacionalistas- estatistas que lo reducen a un problema de gestión, expresa una incomprensión profunda de las leyes del modo de producción capitalista. Esta ilusión se basa en la creencia de que es posible conservar las formas fundamentales del capital —mercancía, dinero, salario y Estado— y, al mismo tiempo, neutralizar sus efectos sociales mediante políticas redistributivas, controles administrativos o apelaciones a la soberanía nacional.

Sin embargo, como demuestra Marx, la explotación no es un resultado accidental de una mala administración, sino una relación social inscrita en la forma misma del trabajo asalariado (Marx, 1867/2008, t. I, cap. VI). Mientras la fuerza de trabajo se presente como mercancía y el proceso productivo esté orientado a la valorización del valor, cualquier intento de humanizar el capitalismo se verá obligado a reproducir, bajo nuevas formas y circunstancias, la misma lógica de explotación y dominación.

En este sentido, el fracaso del proyecto chavista no puede explicarse únicamente por la presión externa o por los errores de una burocracia corrupta, sino por el intento de conciliar intereses antagónicos: la acumulación de capital y la emancipación del trabajo. La pretensión de un capitalismo regulado, soberano y socialmente justo choca inevitablemente con las determinaciones objetivas del mercado mundial y la competencia capitalista.

Estado fuerte, trabajo débil

Lejos de fortalecer a la clase trabajadora, la expansión del aparato estatal en el marco de una economía capitalista dependiente o atrasada tiende a reforzar los mecanismos de subordinación del trabajo. El Estado "fuerte" se convierte, en estas condiciones, en el instrumento mediante el cual se impone la disciplina del capital allí donde el mercado no logra hacerlo de manera espontánea. Congelamiento salarial, flexibilización encubierta, monetización regresiva y control de la protesta social aparecen así como expresiones necesarias de la función estatal en contextos de crisis de valorización.

Desde esta perspectiva, la oposición entre "Estado fuerte"  y "neoliberalismo" resulta engañosa. Ambos representan formas distintas —pero complementarias— de la dominación capitalista, adaptadas a diferentes fases del ciclo de acumulación. La crítica marxista no puede, por lo tanto, limitarse a elegir entre modelos de gestión estatal, sino que debe apuntar a la superación de las relaciones sociales que hacen necesario al Estado como garante de la explotación.

La desvalorización de la fuerza de trabajo: el salario por debajo de su valor

En la teoría de Marx, el salario constituye la forma transfigurada del valor de la fuerza de trabajo. Dicho valor está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir los medios de subsistencia indispensables para la reproducción del obrero como trabajador asalariado, es decir, para la reposición de su capacidad de trabajo (Marx, 1867/2008, t. I, cap. VI). Este componente del capital se expresa en la categoría de capital variable (v).

La pulverización del capital variable (v)

El artículo de La Izquierda Diario señala que el gobierno ha "pulverizado el salario", pero omite explicar la mecánica económica subyacente a este proceso. En el caso venezolano, el capital ha logrado imponer una situación que Marx describe como excepcional, aunque plenamente compatible con las leyes del capitalismo: la reducción sistemática del precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor.

Si el valor de la fuerza de trabajo está dado por el conjunto de bienes necesarios para la recuperación física y social del obrero —alimentación, vivienda, salud, transporte—, y si el salario mínimo efectivo llegó a situarse por debajo de los 5 dólares mensuales, nos encontramos ante un proceso de extracción de plusvalía que se apoya directamente en la degradación material del proletariado. En estas condiciones, la reproducción normal de la fuerza de trabajo queda comprometida, y el salario deja incluso de cumplir su función mínima dentro del sistema capitalista.

Mientras el artículo atribuye este fenómeno principalmente a la "gestión burocrática", una crítica fundada en la teoría del valor permite comprender que dicha burocracia ha operado como un capitalista colectivo. Ante la imposibilidad estructural de elevar la productividad del trabajo —y, por lo tanto, de incrementar la plusvalía relativa—, el Estado recurrió crecientemente a mecanismos de plusvalía absoluta y de superexplotación, prolongando y profundizando la extracción de trabajo excedente.

El aumento de la tasa de plusvalía (s’)

La tasa de plusvalía se expresa como la relación entre la plusvalía (s) y el capital variable (v):

En el caso venezolano, la tendencia a la reducción extrema de v implica que la tasa de explotación (s') tiende, teóricamente, al infinito. Incluso en un contexto de caída de la producción total —es decir, de crisis de valorización—, la proporción de la jornada laboral que el trabajador dedica a reproducir el equivalente de su salario se reduce a una fracción mínima del tiempo de trabajo total. El resto de la jornada, siempre que existan insumos y condiciones mínimas de producción, se convierte en trabajo excedente apropiado por el Estado o por el capital privado.

Tiempo de trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente

El artículo de La Izquierda Diario denuncia la "asfixia de la iniciativa de las masas". Desde una perspectiva marxista, esta formulación resulta imprecisa y debe ser reformulada: el Estado venezolano ha extendido el tiempo de trabajo excedente no solo en el ámbito de la producción directa, sino también en la esfera de la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo.

Trabajo no remunerado de circulación: cuando el obrero debe dedicar varias horas diarias a hacer filas para acceder a alimentos subsidiados, transporte o servicios básicos, está realizando un trabajo indispensable para la reproducción de su fuerza de trabajo que ya no es cubierto por el salario. Este tiempo, aunque no figure como jornada laboral formal, constituye una extensión material del tiempo de trabajo necesario desplazado fuera de la relación salarial.

Desvalorización técnica del trabajo: Marx señala que cuando la maquinaria y el capital constante (c) son técnicamente obsoletos, el tiempo de trabajo individual requerido para producir una mercancía se incrementa. En el caso venezolano, esto implica que el tiempo de trabajo del obrero supera ampliamente el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) vigente a escala mundial, lo que invalida socialmente dicho trabajo en el mercado internacional.

Bloqueo, mercado mundial y desvalorización del capital

Cuando el artículo afirma que "el imperialismo bloquea las cuentas del país, impidiendo la compra de alimentos y medicinas", presenta el fenómeno como una agresión puramente política. Sin embargo, el bloqueo constituye la expresión política de un proceso económico más profundo: el capital internacional se niega a reconocer el trabajo venezolano como valor socialmente válido, en la medida en que no puede completarse el ciclo de valorización D – M – D’.

Lejos de tratarse de una anomalía moral o de una conspiración externa, esta "desconexión" responde a la lógica del capital global, que excluye de los circuitos de financiación, crédito y comercio a aquellas unidades productivas que ya no garantizan una tasa de ganancia atractiva. El artículo victimiza al Estado venezolano, cuando en realidad el mercado mundial simplemente sanciona a una economía caracterizada por una baja composición orgánica del capital, una productividad insuficiente y una incapacidad estructural para valorizar capital a escala internacional.

El capital ficticio y la deuda como succión de valor

En el tomo III de El capital, Marx analiza el capital ficticio como un conjunto de títulos de propiedad —bonos, acciones, deuda pública— que otorgan derecho a una porción de la plusvalía futura sin representar directamente capital productivo en funcionamiento (Marx, 1894/2009, t. III, caps. XXV y XXIX). Estos títulos no son valor en sí mismos, sino derechos de apropiación sobre valor aún no producido, cuya existencia descansa en la expectativa de valorización futura.

El artículo de La Izquierda Diario menciona el peso de la deuda externa, pero no examina su función específica dentro de la dinámica de acumulación capitalista. Desde la perspectiva de la teoría del valor, la política del chavismo consistente en honrar el pago de la deuda mediante la renta petrolera implicó una transferencia sistemática de valor ya producido —trabajo muerto cristalizado en petróleo extraído— a cambio de capital ficticio internacional. En lugar de constituir una política de "defensa nacional", esta práctica reforzó la subordinación de la economía venezolana a los circuitos financieros globales.

En términos marxistas, el pago de la deuda no representa una relación entre Estados soberanos, sino una relación social de clase mediada por el capital financiero, en la cual el trabajo social venezolano es absorbido por acreedores que reclaman una parte de la plusvalía futura sin intervenir en el proceso productivo. La deuda opera así como un mecanismo de succión de valor, profundizando la dependencia y restringiendo las posibilidades de reproducción ampliada del capital a escala nacional.

Desde este ángulo, la "lucha antiimperialista" formulada en el artículo resulta conceptualmente incompleta, en la medida en que no cuestiona la forma-dinero ni las relaciones sociales que hacen posibles estas transferencias de valor. Mientras Venezuela continúe midiendo su "riqueza" en dólares o en el valor de cambio del petróleo en el mercado mundial, permanecerá sometida a la ley del valor, con independencia del discurso soberanista del gobierno o de las consignas de movilización promovidas por la izquierda movimentista.

En ausencia de una crítica radical a las formas fundamentales del capital —dinero, mercancía, salario y crédito—, el antiimperialismo queda reducido a una posición moral o retórica que no altera los mecanismos reales de dominación del capital financiero internacional.

El imperialismo: ¿ataque externo o necesidad de la ley del valor?

En este capítulo se analiza la afirmación del artículo según la cual "el imperialismo busca el control directo de los recursos y la disciplina de un Estado díscolo", confrontándola con la teoría marxista de la exportación de capitales y con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

El imperialismo como fase superior de la valorización

Para Marx, el fenomeno que hoy llama la izquierda imperialismo no es una opcion politica de Estados beligerantes, sino la necesidad intrinseca del capital de romper sus fronteras nacionales para contrarrestar la caida de su tasa de ganancia. El error del articulo reside en analizar el conflicto bajo la categoria idealista de confrontación entre "soberanía" y "dominación externa", cuando en realidad se trata de una disputa estructural por la apropiación de plusvalía extraordinaria, cuando se trata de una necesidad estructural del modo de produccion capitalista: la expansion del mercado mundial y la busquedad de nuevas fuentes de materias primas y fuerza de trabajo para garantizar la acumulacion. No es una disputa por la dominacion politica, per se, sino una lucha por la valorizacion del capital y la captura de plusvalia a escala global. 

Al hablar de "ataque imperialista", el texto sugiere implícitamente que, bajo condiciones políticas distintas —por ejemplo, con un imperialismo "más democrático" —, la relación entre Estados Unidos y Venezuela podría adoptar otra forma. Desde la teoría del valor, esta hipótesis resulta insostenible. El imperialismo debe intervenir en Venezuela no por razones morales o ideológicas, sino porque el capital, enfrentado a procesos de sobreacumulación en los centros desarrollados, necesita imperiosamente nuevos espacios de valorización, acceso a materias primas y mecanismos de transferencia de valor.

Exportación de capitales y bloqueo

El artículo coloca un énfasis casi exclusivo en las sanciones y el bloqueo económico. Sin embargo, desde la economía política marxista, el bloqueo debe ser comprendido como la negación del reconocimiento del valor.

La desconexión del valor: El imperialismo no actúa únicamente bloqueando buques o cuentas bancarias, sino retirando capitales cuando la explotación deja de ser rentable. La salida de empresas transnacionales de Venezuela expresa el reconocimiento de que la composición orgánica del capital (c/v) en el país es tan desfavorable que no permite alcanzar la tasa media de ganancia mundial.

El capital no tiene patria: El artículo menciona el avance de Rusia y China, tendiendo a presentarlos como actores "alternativos". Sin embargo, una crítica basada en la teoría del valor muestra que el capital chino o ruso extrae plusvalía de la misma forma que el capital estadounidense. El imperialismo no es un país ni una bandera: es el movimiento del capital en busca de condiciones óptimas de valorización, orientado a transformar valores de uso en mercancías al menor costo posible.

La consigna de la "lucha antiimperialista continental"

La consigna que cierra el artículo —"la perspectiva de una lucha antiimperialista continental" —  constituye, desde la teoría del valor, uno de sus puntos más débiles.

La trampa del mercado mundial: Una "lucha continental" que no rompa con la producción de mercancías está estructuralmente condenada al fracaso. Si los países de la región se articulan políticamente pero continúan compitiendo entre sí para exportar materias primas al mercado mundial, la ley del valor los enfrentará inevitablemente mediante diferenciales de productividad, salarios y tipos de cambio.

Unidad de clase versus unidad nacional: El artículo propone una unidad contra el "imperialismo" - pero Marx advierte que el proletariado no tiene patria. La auténtica lucha antiimperialista no consiste en defender Estados nacionales "soberanos", sino en destruir las relaciones sociales de producción capitalistas que hacen posible la existencia del imperialismo como forma histórica del capital.

La renta petrolera en la cadena de valorización

El artículo aborda el petróleo como una "riqueza nacional". Sin embargo, desde el tomo III de El Capital, el petróleo debe ser comprendido como una fuente de renta diferencial del suelo.

Cuando el texto denuncia "el saqueo de nuestras riquezas por parte de las transnacionales", introduce una categoría moral y jurídica que oscurece el fenómeno económico real. El imperialismo no "roba": captura renta. Dicha renta no es producida por el trabajo en Venezuela, sino por el trabajo de la clase obrera mundial, y se cristaliza en el precio internacional del barril.

El chavismo, al intentar retener esta renta para financiar su aparato estatal burocrático, entró en conflicto con las petroleras por el reparto del botín de plusvalor, no por la emancipación del trabajo ni por la superación de las relaciones capitalistas.

El programa de la "salida obrera"  frente a la dictadura del valor

En esta sección se aborda la propuesta política central del artículo de La Izquierda Diario. Mientras el texto plantea una "salida obrera y popular" basada en un programa de reivindicaciones urgentes, una crítica marxista rigurosa debe interrogarse si es posible una "salida" dentro de los márgenes de la ley del valor, o si se trata simplemente de una gestión democrática de la miseria capitalista.

El límite del "programa de emergencia" 

El artículo propone medidas como el aumento de salarios, el control de precios y la nacionalización de la banca. Desde la teoría del valor, estas son medidas que operan en la esfera de la distribución, no en la de la producción.

Marx critica en el Programa de Gotha la idea de que el problema fundamental del capitalismo radique en una distribución injusta. Mientras el modo de producción siga basado en el valor de cambio y el trabajo asalariado, cualquier aumento salarial impuesto por decreto chocará con la tasa de ganancia.

Si la "salida obrera" no implica la destrucción de la forma mercancía, el control obrero de las fábricas corre el riesgo de convertirse en la gestión de unidades productivas quebradas, obligadas a competir en un mercado mundial hostil. En ese escenario, los propios trabajadores se verían empujados a autoexplotarse para reducir costos y poder realizar sus productos.

Nacionalización de la banca y del comercio exterior

La consigna de "nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo control obrero" busca impedir la fuga de capitales y el acaparamiento. Sin embargo, analizada desde la crítica del capital ficticio desarrollada en el tomo III de El Capital, incurre en un especie de fetichismo de la banca.

El dinero no es un simple instrumento neutral controlado por burócratas o banqueros, sino la forma desarrollada del trabajo social abstracto. Nacionalizar la banca sin abolir el dinero implica, en los hechos, colocar a los trabajadores en la tarea de administrar la escasez de divisas, la deuda y la subordinación al mercado mundial.

Venezuela no es una isla. El comercio exterior está determinado por los precios de producción internacionales. Un "control obrero del comercio exterior" seguiría enfrentándose a la realidad de que el petróleo venezolano vale lo que dicta el tiempo de trabajo socialmente necesario validado en los principales centros del capital mundial.

El peligro del "socialismo de circulación" 

El artículo incurre en lo que Marx denominaba un "socialismo de circulación": la creencia de que el problema del capitalismo reside en los bancos, los precios o el imperialismo, y no en la producción de plusvalía.

Al proponer que los trabajadores tomen el control para "hacer funcionar el país", el texto corre el riesgo de convertir al proletariado en el gestor de un sistema que ha entrado en una crisis estructural de valorización. Desde la teoría del valor, la tarea histórica del proletariado no es administrar el capital de forma "justa", sino interrumpir la producción de valor y reorganizar la producción en función de valores de uso socialmente necesarios.

Conclusiones

El análisis de La Izquierda Diario, aunque valioso en su denuncia del imperialismo y de la burocracia chavista, permanece en la superficie de la política sin penetrar en las determinaciones de la economía política. Venezuela no es la víctima de un "ataque" contingente, sino el escenario en el que la ley del valor ha desplegado una de sus formas más brutales: la destrucción de una formación social que ha dejado de ser rentable para el capital global. La "salida obrera" no puede consistir en la reconstrucción de un capitalismo nacional bajo control de los trabajadores, sino en un proceso de ruptura orientado a la socialización de los medios de producción y de la vida social, mediante la abolición del salario, del dinero y de la forma mercancía.

_

Referencias bibliográficas

Marx, K. (2008). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. México: Siglo XXI.

Marx, K. (2009). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo III. México: Siglo XXI. 

Marx, K. (2004). Crítica del Programa de Gotha. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg. 

Marx, K., & Engels, F. (2004). Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg.



7 de enero de 2026

«Lecciones incómodas de la intervención norteamericana en Venezuela»

Advertencia al lector


Por lo general, este blog se reserva para textos de mi autoría; sin embargo, la relevancia del siguiente escrito justifica una primera excepción a dicha norma.

A continuación presento una nota de la activista Alina Bárbara López Hernández, centrada en la crisis venezolana, el papel de Estados Unidos y sus implicaciones para Cuba. El material fue facilitado por un seguidor del blog y se encuentra disponible para su lectura íntegra en el sitio web CubaxCuba.

Este artículo, en sentido estricto, no es marxista, aunque dialoga parcialmente con algunos de los problemas abordados por el marxismo.

La nota no se inscribe en una perspectiva marxista clásica —ni en Marx, ni en Lenin, ni en la tradición marxista crítica contemporánea— por varias razones centrales. La primera de ellas es la ausencia de un análisis tanto de la intervención como del régimen venezolano desde la lucha de clases, las relaciones de producción y la dinámica del capital. El “pueblo” aparece como una categoría moral o política, y no como un conjunto de clases sociales diferenciadas.

Asimismo, el imperialismo es presentado como una conducta política genérica (“intervención de potencias”), y no como una fase histórica del capitalismo, vinculada a la exportación de capital, la dominación financiera, el control de recursos estratégicos y la competencia intercapitalista.

Este enfoque se aleja claramente de las elaboraciones de Lenin, Luxemburgo, Bujarin o incluso de Marx.

Centralidad del eje democracia / dictadura


El texto estructura su evaluación fundamentalmente en categorías liberal-políticas (democracia, autoritarismo, derechos humanos), propias del horizonte ideológico de la democracia burguesa.

Desde una perspectiva marxista, estas categorías no poseen autonomía explicativa: son formas políticas derivadas de una determinada estructura de clases y de relaciones sociales de producción. Separarlas de esa base material implica oscurecer las determinaciones reales del poder y del conflicto social.

En consecuencia, el texto no puede ser caracterizado como marxista. Se inscribe más bien en una crítica democrática-republicana y antiimperialista de cuño no marxista, compatible con una izquierda liberal o un socialismo democrático, pero ajena al materialismo histórico y a la crítica de la economía política.

El único punto de contacto con una posición marxista es la denuncia del ataque del imperialismo estadounidense —en particular de la política de Trump— contra Venezuela, del secuestro de su presidente y de la violación del derecho internacional burgués formal, sin que ello se traduzca en una crítica estructural del capitalismo ni del Estado.

I

La intervención relámpago del gobierno de los Estados Unidos en Venezuela, ocurrida en la madrugada del 3 de enero de 2026, permite extraer varias lecciones significativas. La primera de ellas es que ningún gobierno que arruine a su país, empobrezca a su pueblo, reprima a sus ciudadanos, genere un éxodo masivo, se erija en élite corrupta, desconozca la voluntad popular y se mantenga por la fuerza, podrá disponer de base de apoyo social, por mucho que presuma de ella. Llegado el momento, el pueblo no va a defenderlo. Y eso permite entender la alegría de muchísimos venezolanos al salir de su dictador; si bien no de su dictadura.

Periodistas residentes en Caracas reportan que la gente se ha preocupado más por comprar víveres en los supermercados que por organizar protestas. Eso no me asombra. Durante su campaña electoral, María Corina Machado había recibido el apoyo de personas humildes que fueron chavistas, posiblemente muchas de las que impidieron el golpe de estado del 11 de abril de 2002 al salir a defender a Chávez. Esa gente, que bajó de los cerros de Caracas y de otros barrios populares en diferentes estados de Venezuela, fueron las que custodiaron centros de votación, denunciaron irregularidades y salieron a protestar cuando el CNE declaró vencedor a Maduro en las elecciones robadas de julio de 2024. Esa gente, ahora, ni se inmutó.

Las fuerzas militares norteamericanas llegaron a Venezuela, evadieron los misiles costeros, entraron «como Pedro por su casa», avanzaron como si hubieran nacido en Caracas, se dirigieron directamente al lugar donde estaba Nicolás Maduro, lo capturaron y lo trasladaron rumbo a Estados Unidos. La resistencia de un grupo de militares que lo custodiaba no pudo evitarlo; entre ellos murieron treinta y dos cubanos de una tropa de la que ignoramos el número total, pues el gobierno de la Isla había negado enfáticamente durante años la presencia de tropas suyas en aquel país.

Esas muertes saltan otras alarmas y varias dudas. De acuerdo a las declaraciones de Trump y de su secretario de Guerra, solo dos militares estadounidenses recibieron heridas leves en las piernas al subir a los aviones. ¿En qué circunstancias murieron entonces los militares cubanos? Según el gobierno cubano: «cayeron tras una férrea resistencia en combate». ¿Combate contra quiénes? ¿Contra los Delta Force o contra militares venezolanos que facilitaron la operación contra Maduro? Porque es evidente que los recién llegados conocían el laberíntico fuerte Tiuna como la palma de su mano.

¿Miente Trump? ¿Miente Caracas? ¿Miente La Habana? La certeza que tengo es que los compatriotas fallecidos, provenientes algunos de las zonas más empobrecidas de Cuba, son, a nadie le quepa duda, otras tantas víctimas de la política injerencista de un grupo de poder que, en eterna pose de mártir, revive el sueño de la Guerra Fría cada vez que puede y juega a los dados geopolíticos a espaldas nuestras en lugar de centrarse en esta Isla arruinada por ellos.

Dicho éxito indica más a una operación coordinada desde dentro que al factor sorpresa, pues durante meses, y sobre todo en las últimas semanas, Donald Trump había dicho claramente que iba a usar la fuerza directa; entretanto, Maduro aseguraba que las milicias populares y el ejército bolivariano estaban en pie de combate y dispuestos a todo. ¿Se engañaba o lo engañaban? Aunque parece que no le dolió demasiado; llegó a Nueva York esposado, risueño, y deseando «feliz año nuevo» en su mejor inglés.

Más actos de repudio vimos en La Habana que en Caracas. Mientras el presidente Díaz-Canel, casi afónico, exigía la devolución inmediata de Nicolás Maduro; la vicepresidenta Delcy Rodríguez pasaba de una tibia protesta inicial a un mensaje conciliador dirigido al presidente Trump, en el cual, por cierto, ni mencionaba al secuestrado. Un amigo venezolano me cuenta que los canales de televisión pasan novelas y programas de entretenimiento. Parafraseando al Hamlet de Shakespeare: «algo huele mal en Venezuela». Si los profesionales de la salud cubanos empiezan a retornar, eso indicaría un nivel de articulación significativo entre los que están decidiendo las cosas en Venezuela y el gobierno de Trump.   
Lo que resulta innegable es esta verdad: los ciclos históricos son implacables. Ningún gobierno mantiene eternamente el apoyo popular si no se lo gana. Gobernar no es un cheque en blanco, aunque algunos gobernantes así lo crean. Sobre eso debería tomar nota el gobierno cubano, y no porque yo piense que los norteamericanos harán lo mismo acá, donde no hay petróleo ni azúcar ni industria ni nada atractivo que estimule una intervención imperialista; pero, viéndose en el espejo de Maduro, deberían aprender a ser menos prepotentes; tampoco tienen ya la base social que hace décadas tuvieron. Están tan solos como la dictadura de Maduro.

II


Muchas personas no se explican la enorme alegría de gran parte de los venezolanos ante la intervención ordenada por Donald Trump. Exigen patriotismo a un pueblo acorralado, que intentó como pocos participar en la política de su país y utilizar los mecanismos legales. Que ganó en buena lid y fue despojado por un gobierno que no aceptó su derrota. Es muy fácil asumir posturas de superioridad moral ahora, cuando debieron acompañar en su momento las denuncias de ese mismo pueblo.

Las ciudadanías de Venezuela y Cuba, reprimidas de manera sistemática y notoria por sus gobiernos, y violentadas en sus derechos, han sido asimismo abandonadas por los organismos internacionales y regionales, por numerosos gobiernos, por algunos sectores de la izquierda y por un sector de la intelectualidad global. Este es el resultado. Duele mucho que se reciba a fuerzas extranjeras en clara acción injerencista como a salvadores; pero, mientras ahora sí hay una movilización global «manos fuera de Venezuela», en julio de 2024, cuando les robaron la victoria, ellos marcharon solos. Así mismo marchan las comunidades de cubanos en el mundo cuando piden la libertad de nuestros presos políticos y denuncian al gobierno policial de este país.  

Ocurre que condenar al imperialismo es de buen gusto político y visto como síntoma de progreso; pero no lo es tanto condenar a dictaduras que se escudan tras disfraces de izquierda y consignas populares para ejercer el terror de Estado contra sus ciudadanos. Falta coherencia. En Cuba lo sabemos muy bien. ¿Qué hace el gobierno cubano ocupando un asiento en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU? ¿A qué gaveta fue a parar el informe Gilmore? ¿Qué elementos de juicio sostienen las declaraciones de la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad en el Parlamento Europeo cuando reconoció «avances significativos» y aludió a «disposiciones progresistas en la Constitución de 2019», pero sin mencionar el término de presos políticos a pesar de que en Cuba existen mal de mil?

Las tensiones en Venezuela se siguen presentando erróneamente como un conflicto entre perspectivas ideológicas: capitalismo vs socialismo del siglo XXI. Pero el socialismo del XXI, al igual que su predecesor, devino dictadura, y en estos momentos se manifiesta como una puja entre la voluntad popular y un poder que se cree impermeable a ella. Un poder que durante el cuarto de siglo de su existencia ha gestado a una clase política unida al gobierno por lazos clientelares y vinculada sobre todo con el petróleo y la minería de oro. En Cuba ha sido mucho más que un cuarto de siglo.

Valga la lección. No es justa la selectividad de las campañas globales que apoyan a estos gobiernos y abandonan a sus pueblos; porque los pueblos entonces pueden ver como salvadora a la garra que se extiende envuelta en guante de seda. La soledad no es buena consejera para nadie. Premonitoria resulta esta oración, colocada al final de la gran obra literaria que describe el destino trágico de Macondo, y que puede ser el de nuestros países: «porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra».

III


Imperialismo no es sinónimo de capitalismo; como mismo antimperialismo no es sinónimo de comunismo ni un «invento de la izquierda». El imperialismo es la política de ciertas naciones encaminada a controlar, mediante la coerción o la intervención directa, los territorios, recursos y mercados de lo que considera su ámbito de hegemonía regional. Estados Unidos es un país imperialista; Rusia también. Son dos ejemplos, hay más.

Y aquí opera la especie tan común de los «antimperialistas selectivos», aquellos que denominan «operación militar especial» a la intervención de Putin en Ucrania, pero deploran el imperialismo prepotente de Donald Trump; o viceversa, condenan la agresión al país eslavo, pero presentan al presidente norteamericano como salvador de Venezuela. Falta coherencia, como ya dije.

Desde que escuché el discurso de Donald Trump del 20 de enero de 2025, en su toma de posesión, publiqué un post donde alertaba sobre el imperialismo agresivo que, sin disimulo alguno, latió en sus palabras. Algunas personas me acusaron de alarmista, pero Trump fue claro:

«La ambición es el alma de una gran nación, y ahora mismo nuestra nación es más ambiciosa que ninguna otra. Al igual que nuestra nación, los estadounidenses son exploradores, constructores, innovadores, emprendedores y pioneros. El espíritu de la frontera está inscrito en nuestros corazones. La llamada de la próxima gran aventura resuena en nuestras almas. Nuestros antepasados estadounidenses convirtieron un pequeño grupo de colonias al borde de un vasto continente en la poderosa república de los ciudadanos más extraordinarios. Nadie se les acerca».

Y precisamente fueron esa ambición y el espíritu de la frontera los que llegaron a Venezuela a bordo de varios aviones en la madrugada del 3 de enero. Para entenderlo solo basta tomar nota de lo dicho por Trump y su secretario de Guerra en la conferencia de prensa. En ella no se dirigían tanto a los venezolanos como a Europa, a China, al mundo…

«Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional la dominación de los Estados Unidos sobre el hemisferio occidental nunca será cuestionada de nuevo.

Bajo el gobierno Trump, nosotros estamos reafirmando el poder estadounidense de una manera muy poderosa en nuestra región propia. Y nuestra región es muy diferente de lo que era hace poco. Y nosotros hicimos eso durante nuestro primer gobierno. Nosotros dominamos y ahora dominamos aún más. Todo el mundo está volviendo a nosotros. El futuro va a ser determinado por la capacidad de proteger el comercio, el territorio y recursos que son esenciales para nuestra seguridad nacional

Pero estas son las leyes inquebrantables que siempre han sostenido el poder global y lo vamos a mantener así».

Por su parte, las rotundas frases del eufórico Pete Hegseth no permiten malinterpretaciones: «Los guerreros estadounidenses son los mejores del mundo. Ningún otro país en la tierra puede ejecutar este tipo de operación. Los Estados Unidos pueden ejercer su voluntad en cualquier lugar, en cualquier momento. Esto es los Estados Unidos primero. Esto es la paz a través de la fuerza. En 2026 y a través del presidente Trump, los Estados Unidos está de vuelta»

Ninguno de ellos mencionó términos como «democracia», «justicia» «derechos humanos» o «presos políticos». Aunque no creo que defender la democracia sea algo que le interese en particular a Trump. Si ni en Estados Unidos le preocupa, qué quedará para otros «oscuros rincones».

Los términos más reiterados en la conferencia fueron: «petróleo», «dominación», «nuestra seguridad nacional» «intereses hemisféricos». Estas frases no permiten dudas: «Nosotros vamos a gobernar ese país hasta que podamos hacer una transición segura… Nosotros vamos a administrar ese país…Las petroleras más grandes de los Estados Unidos van a entrar… La industria venezolana del petróleo fue construida con el talento estadounidense y el régimen socialista nos la robó…El embargo al petróleo venezolano se mantendrá en vigencia. Nuestra marina de guerra está lista y dispuesta y nosotros estamos listos para que todas nuestras exigencias sean cumplidas… ¡¡Vamos a vender mucho petróleo!!».

A los que confían en que Venezuela se libró de la dictadura porque Trump secuestró a Maduro, y que apenas está comenzando un proceso de transición, les tengo malas noticias. No importa lo que digan los análisis de Chat GPT que he visto por ahí, Estados Unidos nunca ha hecho ascos a una dictadura que defienda sus intereses hemisféricos. Precisamente bajo otra dictadura, la de Juan Vicente Gómez, fue que las compañías norteamericanas llegaron a controlar la producción y venta del hidrocarburo venezolano.

Juan Vicente Gómez fue un dictador criminal, que reformó la constitución siempre que lo deseó para perpetuarse en el poder; acalló a la oposición; suprimió las libertades de expresión y de prensa, así como las garantías judiciales, e ilegalizó a los partidos políticos. En los propios EE.UU. radicó una de las figuras más destacadas de la resistencia venezolana en el exilio, el intelectual y periodista Carlos López Bustamante, que editaba desde Nueva York, donde hoy está preso Maduro, la revista Venezuela Futura, con la cual colaboraron articulistas que habían logrado escapar de las cárceles de Gómez y denunciaban sus horrores.

Veintisiete años estuvo el caudillo sudamericano en el poder, hasta su muerte, acaecida en 1935. A pesar de tan largo gobierno, no hubo por parte de las administraciones norteamericanas una evidente hostilidad hacia él, lo que se explica por la actitud siempre benevolente del dictador ante las inversiones extranjeras. Conociendo el potencial petrolero de Venezuela, el régimen gomecista definió un marco legal por medio del cual entregó gran parte del territorio nacional en concesiones, de acuerdo a los intereses de los consorcios petroleros norteamericanos.

Los que sean tan incautos como para olvidar la historia de nuestro continente, que crean entonces en los propósitos de Trump hacia Venezuela. Pero nadie que conozca y valore el pasado puede apoyar una política de intervención que solo reforzaría la hegemonía del Norte y desestabilizaría nuestras naciones, vistas por Trump como reservorios de recursos hacia donde devolverá a los migrantes que vivían en suelo norteamericano para que sirvan de mano de obra barata a sus futuras expansiones.           

La manera peyorativa en que Trump se ha referido a María Corina Machado («sería muy difícil para ella ser líder, ella es una mujer muy gentil, pero ella no tiene respeto dentro del país»), indica que prefieren negociar con estructuras de poder autoritarias que garanticen de manera inmediata sus intereses. Es mejor malo conocido que bueno por conocer. No olvidemos tampoco que, aunque Trump afirme que «el régimen socialista» fue quien les «robó» la industria petrolera; en realidad la nacionalización del petróleo venezolano y la creación de PDVSA ocurrieron en 1976 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Sería riesgoso para la política imperialista de Trump, que María Corina Machado ponga algún límite nacionalista a sus intereses hegemónicos.  

Una dictadura no es una persona; no es Maduro allá ni Díaz-Canel acá. Una dictadura es un conjunto de instituciones, leyes y prácticas que se deben desmontar con todo cuidado. Es cierto que eso requiere un plazo de tiempo, pero debe ser un proceso interno, que compete a las sociedades afectadas. Desde fuera no se puede tutelar un proceso de justicia transicional, pero sí dictaduras que convengan a los intereses de los tutores. Desde fuera lo que debe hacerse es acompañar ese proceso de transición interno: con presiones en organismos internacionales, con denuncias, con recursos para que llegado el momento las fuerzas de cambio puedan conducir un proceso de tránsito ordenado.

Se asevera que los pueblos que no aprenden de su historia están obligados a repetirla. Parafraseando a una gran cubana que acaba de fallecer: #porfavorleahistoria. Debiéramos aprender de esto y asumir como prioritaria, de una vez y por todas, la causa de la democratización de Cuba, en lugar de cavar trincheras ideológicas que serían apropiadas en un escenario diferente. Debiéramos, además, entender que ningún actor foráneo va a hacer la tarea por nosotros, esta causa es nuestra. Veamos la lección de Venezuela.
_


4 de enero de 2026

Venezuela: La caída de un régimen y la orfandad de una clase


La caída de Nicolás Maduro al frente del gobierno de Venezuela, tras el operativo desplegado por las fuerzas estadounidenses y ordenado por el presidente Donald Trump, la noticia ha recorrido el mundo. Nicolás Maduro ha sido desplazado del poder. Para algunos, es el fin de una pesadilla; para otros, un golpe del "imperialismo". Sin embargo, si nos alejamos de la superficie y miramos con lentes de clase, la realidad es mucho más cruda y menos heroica. No estamos ante una gesta libertadora, sino ante el colapso de un régimen que se volvió indefendible.

Ni invasión épica, ni resistencia popular


Muchos esperaban una invasión al estilo del siglo XX, pero lo que vimos fue una negociación forzada. La salida de Maduro no fue el resultado de una batalla campal, sino de la degradación moral y política de una cúpula que ya no tenía nada que ofrecer.

¿Por qué no hubo un pueblo en las calles defendiendo "su" revolución? La respuesta es dolorosa pero clara: el chavismo se encargó de destruir cualquier lazo de solidaridad. Un gobierno que reprime, que hambrea y que aniquila la autonomía sindical no puede esperar que los trabajadores pongan el cuerpo para salvarlo. El régimen de Maduro cayó porque, hace mucho tiempo, dejó de ser una opción para quienes viven de su trabajo.

El mito del petróleo "socialista"


Durante años se vendió y gran parte de la izquierda (Trotskismo, PC) compró ese discurso de que PDVSA era "del pueblo". Nosotros ponemos el dedo en la llaga: el petróleo venezolano nunca fue de la clase obrera. Fue, y sigue siendo, un activo del Estado burgués, gestionado por una burocracia que se enriqueció mientras los obreros petroleros caían en la miseria.

Hoy, las potencias extranjeras —desde Chevron en EE. UU. hasta los capitales chinos— se relamen ante los yacimientos. Para ellos, Venezuela es solo una estación de servicio. Cambiar la administración de Miraflores por una tutelada por Washington no cambia la esencia del problema: la explotación del recurso y del trabajador sigue intacta.

La trampa del "mal menor"


El gran drama de Venezuela hoy no es solo la caída de un dictador, sino la orfandad política de los trabajadores. Maduro cumplió una tarea sistemática: se ocupó de que no hubiera una alternativa real dentro de la clase obrera. Al perseguir a la izquierda independiente y aplastar los sindicatos, dejó el terreno libre para que la única salida sea la derecha pro-imperialista.
Nos quieren obligar a elegir entre:
 * La continuidad de una dictadura que usa el nombre del socialismo para explotar.
 * Una intervención extranjera que busca imponer un plan de ajuste neoliberal.

Desde una visión socialista y de clase, no hay mal menor. Ambas opciones son expresiones de un capitalismo que solo ofrece espanto.

¿Hacia dónde mirar?


La caída de Maduro marca el fin de un ciclo de engaños. El desafío para el futuro no es encontrar un nuevo "caudillo" o esperar la bendición de una potencia extranjera, sino reconstruir la independencia política de los trabajadores. Mientras no exista una fuerza propia capaz de rechazar tanto el plan imperialista como la dictadura burocrática, el pueblo venezolano seguirá siendo el convidado de piedra en su propia historia. Es hora de dejar de pensar en los líderes y empezar a pensar en la fuerza de los trabajadores.
_