30 de enero de 2026

¿China ya superó a Estados Unidos? Una lectura desde la ley del valor

En una nota anterior respondí el comentario de un lector y seguidor del blog Osvaldo Miranda, que sostiene que china ya habría superado a EE.UU en el espacio del mercado mundial como potencia económica.

En ese comentario critique la visión común (presente tanto en el periodismo tradicional como en sectores de izquierda) que sostiene que el ascenso de China es un proceso lineal e irreversible basado en su crecimiento del PBI. Desde una perspectiva marxista basada en la ley del valor, argumente que la hegemonía no se mide por estadísticas de producción física, sino por el control de las relaciones sociales de producción y valorización. 

En esta entrada amplio de forma mas teórica lo dicho en mi respuesta al comentario de este lector.


El lector sostiene lo siguiente:

“EE.UU. intenta evitar que China lo pase, pero creo que China ya lo igualó y es inevitable que lo pase. EE.UU. está dando los últimos manotazos de ahogado, no va a reconocer nunca que China es la principal economía del mundo, pero así es y no hay nada que EE.UU. pueda hacer al respecto”. 

Este tipo de afirmaciones se han vuelto habituales, no sólo en el periodismo económico burgués sino también en amplios sectores de la izquierda en todas sus variantes. La idea central es clara: el ascenso económico chino sería lineal, irreversible y, por lo tanto, la decadencia de EE.UU. estaría ya consumada o sería cuestión de tiempo. Sin embargo, desde una perspectiva marxista basada en la ley del valor, este razonamiento es profundamente problemático.

El error no es menor, confundir magnitudes contables o físicas (PBI) con relaciones sociales de producción y de validación del valor a escala mundial. El marxismo no es una teoría del “ranking de las economías”, sino una crítica de las formas históricas mediante las cuales el trabajo social se organiza, se mide y se impone de manera histórica y social.

La ley del valor y el mercado mundial


Un punto fundamental de la crítica marxista de la economía política es que el valor no constituye una propiedad intrínseca de las mercancías, ni una magnitud puramente técnica derivada del tiempo de trabajo individual, sino una relación social que sólo se realiza plenamente en el mercado, y en el capitalismo desarrollado, en el mercado mundial. El trabajo privado, realizado de manera dispersa e independiente, sólo se convierte en trabajo socialmente necesario (TSN) en la medida en que es reconocido como tal a través del intercambio. En consecuencia, el proceso de producción no garantiza por sí mismo la valorización del capital: esta se consuma únicamente cuando el trabajo contenido en la mercancía logra validarse socialmente.

Desde esta perspectiva, no resulta suficiente con la mera expansión cuantitativa de la producción ni con el crecimiento acelerado de una economía nacional. Tampoco basta con disponer de una abundante fuerza de trabajo, una vasta base industrial o elevados niveles de inversión. La clave reside en las condiciones sociales bajo las cuales el trabajo es reconocido como socialmente necesario, es decir, en quién determina el tiempo medio de producción, los estándares tecnológicos dominantes, los precios de mercado y las monedas en las que se expresan los valores. Estas condiciones no son neutrales ni simétricas, sino que emergen de relaciones de poder entre capitales que compiten a escala internacional.

En el capitalismo mundial, la ley del valor opera como un mecanismo disciplinador y jerarquizador que impone parámetros productivos y tecnológicos desde los capitales más avanzados hacia los menos productivos. Aquellos capitales que producen por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario ven desvalorizado su trabajo, independientemente del volumen físico de mercancías producidas o del esfuerzo laboral desplegado. De este modo, el mercado mundial funciona como el espacio en el que se establece el promedio social de productividad y se decide qué trabajos cuentan plenamente como trabajo social y cuáles son parcial o totalmente excluidos del proceso de valorización.

Así, el capitalismo global no puede entenderse como una simple agregación de economías nacionales equivalentes que intercambian en condiciones de igualdad. Por el contrario, se configura como una estructura jerárquica de valorización, en la que la competencia entre capitales se traduce en transferencias sistemáticas de valor desde las unidades productivas menos eficientes hacia aquellas que operan con mayores niveles de productividad, control tecnológico y poder monetario. La valorización del capital —esto es, el proceso por el cual el capital adelantado no sólo se recupera, sino que se incrementa mediante la apropiación de la plusvalía generada por la fuerza de trabajo— se encuentra mediada por esta jerarquía internacional, que determina tanto la creación como la realización del valor excedente.

En este marco, la creación de plusvalía en el proceso productivo es condición necesaria pero no suficiente para la acumulación de capital. La realización efectiva de esa plusvalía depende de la inserción del capital en el mercado mundial y de su capacidad para producir bajo los parámetros que definen el trabajo socialmente necesario a escala global. La ley del valor, lejos de diluirse en el mercado mundial, se reafirma como el principio disciplinador que organiza la competencia, la desigualdad y la dinámica de la acumulación en el capitalismo contemporáneo. Esto implica que:

No basta con producir mucho (abundancia de mercancías).

No basta con crecer rápido.

No basta con solo tener una gran población trabajadora o una enorme base industrial.

Lo decisivo es quién fija las condiciones bajo las cuales el trabajo se valida como trabajo social, es decir, qué capitales imponen el tiempo de trabajo socialmente necesario, los precios, los estándares tecnológicos y las monedas de referencia.

Desde este punto de vista, el capitalismo mundial no es una suma de economías nacionales “equivalentes”, sino una estructura jerárquica de valorización, este es  el proceso central del capitalismo donde el capital invertido no solo se recupera, sino que aumenta su valor original mediante la apropiación de la plusvalía generada por la fuerza de trabajo, convirtiéndose en capital valorizado. Es la creación de "valor excedente" en el proceso de producción. 

El error de medir la hegemonía por el PBI


Una parte significativa de los diagnósticos que sostienen que China habría “superado” a Estados Unidos se apoya en indicadores agregados como el Producto Bruto Interno (PBI) medido en paridad de poder adquisitivo (PBI-PPA) o en el volumen físico de la producción industrial. Sin embargo, estos indicadores —útiles para ciertas comparaciones macroeconómicas— resultan conceptualmente insuficientes desde una perspectiva marxista, ya que no expresan relaciones de valor, sino construcciones estadísticas que homogeneizan realidades productivas heterogéneas bajo supuestos convencionales de precios y canastas de consumo.

Desde la posición defendida por Marx, el problema no radica en quién produce más mercancías en términos físicos, sino en cómo se estructura la valorización del capital a escala mundial. La magnitud del PBI, incluso cuando se expresa en PPA, no informa sobre los mecanismos de realización del valor ni sobre la distribución efectiva de la plusvalía entre capitales en competencia. En este sentido, el énfasis en el volumen productivo tiende a ocultar las mediaciones fundamentales que determinan la hegemonía en el capitalismo contemporáneo.

La pregunta central, desde Marx, no es cuántas toneladas de acero, automóviles o bienes manufacturados produce una economía nacional, sino:

  • ¿Dónde se realiza el valor producido?

  • ¿Qué capitales capturan los mayores márgenes de ganancia?

  • ¿Quién controla los nodos estratégicos de la acumulación —finanzas, tecnología, logística, propiedad intelectual—?

  • ¿Qué moneda opera como equivalente general mundial y medio privilegiado de reserva, pago y valorización?

Estas dimensiones remiten a relaciones sociales de poder y no a magnitudes físicas de producción. Bajo estos criterios, esta preeminencia no se define por la escala productiva en abstracto, sino por la capacidad de un conjunto de capitales para imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema. En todos estos planos —financiero, monetario, tecnológico y geopolítico— Estados Unidos conserva, al menos por el momento, una posición dominante, tal como lo reflejan diversos informes económicos y financieros internacionales.

Producción de valor versus apropiación de valor


La trayectoria reciente de China muestra, sin lugar a dudas, una extraordinaria capacidad para producir valor y plusvalía. La incorporación masiva de fuerza de trabajo al circuito capitalista, el aumento sostenido de la productividad y la expansión industrial a gran escala constituyen un proceso histórico de enorme magnitud. No obstante, desde el punto de vista de la ley del valor, la producción de plusvalía no se traduce automáticamente en su apropiación por parte del capital que la genera.

Durante un prolongado período (y en buena medida todavía en la actualidad) una porción significativa del valor producido por el trabajo chino se realizó bajo condiciones estructuras desfavorables. Estas condiciones incluyen márgenes de ganancia relativamente bajos en los eslabones productivos, dependencia tecnológica respecto de capitales extranjeros y una inserción subordinada en cadenas globales de valor dominadas por grandes corporaciones estadounidenses y europeas. En este esquema, China funcionó principalmente como espacio de producción intensiva de trabajo, mientras que la captura de rentas extraordinarias se concentró en los segmentos de diseño, financiamiento, comercialización y control de marcas.

De este modo, la diferencia entre producción de valor y apropiación de valor resulta clave para comprender los límites de una lectura que equipara crecimiento económico o expansión industrial con hegemonía. La estructura jerárquica del capitalismo mundial permite que grandes masas de plusvalía sean generadas en determinadas regiones, pero realizadas y apropiadas en otras, allí donde se concentran los capitales con mayor poder financiero, tecnológico y monetario. La hegemonía, por tanto, no se define únicamente en la fábrica, sino en el control de los mecanismos que transforman el trabajo social en valor realizado y capital valorizado.

Precios y estándares fijados fuera de China

Expresado en términos marxistas, China se constituyó —y en parte continúa siéndolo— como una gran productora de valor que no controla plenamente las condiciones de su realización. La ley del valor no opera únicamente en el interior de las unidades productivas, sino en el espacio social en el que se fijan los precios de producción, los estándares tecnológicos y las normas de competencia. En este plano, la apropiación diferencial del plusvalor tiende a concentrarse en aquellos capitales que dominan los eslabones estratégicos del proceso de acumulación: finanzas, tecnología de punta, propiedad intelectual, marcas globales y control monetario.

La fijación de precios internacionales, los estándares técnicos y las normas de calidad no son simples convenciones neutrales, sino formas institucionalizadas de poder económico. Estos mecanismos definen qué trabajos cuentan como plenamente productivos de valor y cuáles quedan subordinados a lógicas de bajo margen. En este sentido, aun cuando una economía concentre grandes volúmenes de producción material, su capacidad de apropiarse del valor generado depende de su posición relativa en la jerarquía global de capitales. Durante un largo período, China se insertó en esta estructura como proveedora de trabajo productivo intensivo, mientras la valorización ampliada se realizaba mayormente fuera de su territorio.

La dependencia de estándares fijados externamente implica que los aumentos de productividad logrados en la esfera productiva no se traducen automáticamente en mayores márgenes de ganancia. Por el contrario, la competencia internacional tiende a trasladar estas mejoras hacia la reducción de precios, beneficiando a los capitales que controlan la comercialización, el financiamiento y las tecnologías clave. De este modo, la subordinación no adopta la forma clásica del “atraso”, sino la de una integración funcional al mercado mundial bajo condiciones asimétricas de valorización.

El papel del dólar y la jerarquía monetaria

Un elemento sistemáticamente subestimado por las interpretaciones que anuncian un declive inminente de la hegemonía estadounidense es el papel del dólar como equivalente general mundial. Mientras el comercio internacional, las finanzas globales y los precios de las mercancías estratégicas continúen denominándose predominantemente en dólares, Estados Unidos conserva una palanca decisiva en el proceso de apropiación de valor a escala mundial.

Este predominio monetario no debe interpretarse como un simple “truco” financiero ni como una anomalía institucional desligada de la producción real. Se trata, por el contrario, de una relación social material, anclada en la estructura del capitalismo global. La centralidad del dólar permite a Estados Unidos financiar déficits estructurales sin enfrentar las restricciones que pesan sobre otras economías, atraer capitales en contextos de inestabilidad global y canalizar flujos de valor hacia su sistema financiero. Asimismo, condiciona las políticas económicas de otros Estados, que deben gestionar sus balanzas externas, niveles de endeudamiento y estrategias de acumulación en función de una moneda que no controlan.

En este marco, la jerarquía monetaria actúa como un mecanismo de redistribución internacional del valor, reforzando la posición dominante de los capitales asentados en el centro del sistema. La capacidad de emitir la moneda mundial no elimina las contradicciones del capitalismo estadounidense, pero le otorga márgenes de maniobra significativamente superiores a los de sus competidores. Nada de esto se desmorona automáticamente porque China alcance o supere a Estados Unidos en algún indicador agregado de producto o producción física.

Desde esta perspectiva, la hegemonía no puede evaluarse mediante comparaciones estáticas de PBI, sino a partir del análisis de las relaciones estructurales de valorización, en las que la moneda, las finanzas y el control de los estándares globales desempeñan un papel decisivo. El mercado mundial sigue siendo, en este sentido, el espacio privilegiado en el que se dirime la lucha por la apropiación del valor, y no un simple escenario de intercambio entre economías nacionales formalmente equivalentes.

¿Manotazos de ahogado o defensa consciente de la hegemonía?

Caracterizar la política económica y geopolítica de Estados Unidos como una sucesión de “manotazos de ahogado” introduce una concepción de la hegemonía como un fenómeno de decadencia pasiva, casi biológica, ajena a la dinámica concreta de la acumulación capitalista. Desde una perspectiva marxista, esta lectura resulta insostenible. El capital no “declina” de manera automática: lucha por preservar sus condiciones de valorización.

Lo que se observa en la actualidad no es un colapso espontáneo del poder estadounidense, sino una estrategia activa y consciente de defensa de sus posiciones dominantes en la jerarquía del valor a escala mundial. Esta estrategia se expresa en múltiples dimensiones interrelacionadas: la intensificación de la guerra comercial, la imposición de restricciones tecnológicas, el control de sectores estratégicos como los semiconductores avanzados, la presión financiera y monetaria ejercida a través del sistema dólar, y la reorganización selectiva de las cadenas globales de valor.

Estas políticas no deben interpretarse como reacciones desesperadas, sino como formas concretas de la competencia intercapitalista en su fase contemporánea. El Estado estadounidense actúa como garante colectivo de los intereses de sus capitales más concentrados, interviniendo para sostener su posición en los segmentos de mayor rentabilidad y control estratégico. En este sentido, la geopolítica no se superpone mecánicamente a la economía, sino que constituye una mediación central en la lucha por la apropiación del valor en el mercado mundial.

¿Es inevitable que China “supere” a Estados Unidos?

La historia del capitalismo no se rige por inevitabilidades lineales ni por simples extrapolaciones estadísticas. La ley del valor no garantiza transiciones suaves, pacíficas ni automáticas entre potencias dominantes. Los cambios en la jerarquía mundial del capital, cuando ocurren, se producen a través de crisis, rupturas, reestructuraciones violentas y conflictos, y no mediante un ordenado reemplazo de posiciones en los rankings de producto o producción industrial.

China enfrenta, además, contradicciones internas de gran envergadura que condicionan su capacidad para transformar su peso productivo en hegemonía plena de valorización. Entre ellas destaca la profunda corrección del sector inmobiliario, que durante años representó cerca del 35 % de su PBI. Desde 2021, este sector atraviesa una crisis severa, marcada por la quiebra de grandes conglomerados como Evergrande, la caída acumulada de los precios inmobiliarios —estimada entre un 20 y un 30 % en diversas regiones— y el consiguiente deterioro de la riqueza de los hogares y del consumo interno.

A estas tensiones se suman problemas estructurales como la sobreacumulación de capital, la presión a la baja sobre la rentabilidad, crecientes fragilidades financieras, el envejecimiento acelerado de la población y una elevada dependencia de los mercados externos para la realización del valor. Estas contradicciones no anulan el dinamismo del capitalismo chino, pero sí cuestionan cualquier lectura que asuma una transición hegemónica inevitable y lineal.

Desde esta perspectiva, el ascenso de China no puede entenderse como un simple “relevo” dentro de un sistema estable, sino como un proceso conflictivo y abierto, atravesado por la lucha entre capitales y por los límites internos de la acumulación. Nada garantiza que la expansión productiva se traduzca automáticamente en control de la moneda mundial, de las finanzas globales o de los estándares tecnológicos que definen la valorización dominante. La hegemonía, en el capitalismo, no se hereda ni se contabiliza: se disputa.

Conclusión: Desde una perspectiva marxista, el comentario del lector incurre en un error teórico central: confundir el crecimiento material con la hegemonía en el marco de la ley del valor. El aumento del producto, la expansión industrial o incluso el liderazgo en determinados volúmenes físicos de producción no constituyen, por sí mismos, criterios suficientes para determinar la posición hegemónica de una formación social en el capitalismo mundial. En Marx, la cuestión decisiva no es cuánto se produce, sino cómo, dónde y bajo qué condiciones sociales se valida, se realiza y se apropia el valor.

China es, sin duda, una potencia productiva de primer orden. Su capacidad para movilizar fuerza de trabajo, elevar la productividad y expandir su base industrial la sitúa en el centro de la dinámica contemporánea de la acumulación. Sin embargo, esta fortaleza productiva no se traduce automáticamente en hegemonía en la ley del valor. Estados Unidos continúa ocupando una posición decisiva como centro de realización, redistribución y apropiación del valor a escala mundial, apoyado en el control de la moneda dominante, del sistema financiero global, de los estándares tecnológicos y de los principales nodos estratégicos de la acumulación.

Reducir esta problemática a una competencia de PBI —sea en términos nominales o de paridad de poder adquisitivo— implica abandonar el terreno de la crítica marxista de la economía política y deslizarse hacia un economicismo superficial, incapaz de captar las mediaciones fundamentales que estructuran el capitalismo global. La hegemonía no se define por agregados estadísticos, sino por la capacidad de imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema.

La disputa entre Estados Unidos y China, lejos de estar resuelta, permanece abierta y atravesada por profundas contradicciones. No se dirime por simple inercia histórica ni por la acumulación mecánica de indicadores cuantitativos, sino en el terreno conflictivo de la acumulación capitalista mundial, donde la lucha entre capitales, Estados y bloques económicos redefine permanentemente las jerarquías del valor. En ese terreno, la clase obrera no tiene nada que ganar. 

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26 de enero de 2026

Trump, Groenlandia y el nuevo reparto del Ártico: ¿Geopolítica o leyes del capital?

Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, el martes pasado en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, no es simplemente un exabrupto de un líder populista nacionalista, insistiendo en la necesidad de que Estados Unidos tome la "propiedad" de Groenlandia para resguardar su defensa y seguridad, éstos dichos han sido recibidos con horror por la toda la dirigencia diplomática europea, incluso indujo un coro de lamentos. Para el conjunto de los analistas liberales de la prensa burguesa, estamos ante un brote de neocolonialismo psicótico, en ciertos sectores de la izquierda nacionalista comparten esta caracterización, y ante los ojos de un socialiberal institucionalista estamos en una violación sagrada, nunca visto de la soberanía danesa. Sin embargo, ambos enfoques dificultan su análisis de las causas subyacentes al no comprender que el Estado no es solo un ente moral, sino el comité de administración de los negocios comunes de la burguesía (Marx y Engels). La pretensión de Trump de ocupación sobre el Ártico no es un mero capricho individual de un dirigente ni muchos menos una excentricidad inmobiliaria, sino es, la expresión política de la urgencia del capital estadounidense por asegurar el control de las materias primas estratégicas (tierras raras) en un contexto de agotamiento de recursos para alimentar el desarrollo de los microprocesadores, y la posibilidad de nuevas rutas comerciales que el deshielo está abriendo, a esto factores se añade la dura competencia con Europa, Rusia y especialmente con China por el control comercial de los microchips. Detrás de la fanfarronada de que Groenlandia "pertenece a nuestro territorio" se expresa la forma grotesca de la tendencia del capital por expandir su territorio para asegurar nuevas condiciones de producción (recursos naturales) y posicionarse en el mercado mundial, aquí subyace la lógica objetiva de la extensión de las relaciones sociales de producción capitalistas y la competencia feroz por la renta de la tierra a escala planetaria.

Para despojar al discurso de Trump de su envoltura demagógica y nacionalista, es preciso analizar a Groenlandia no solo como una nación, sino como una reserva de valor de uso estratégico. La isla blanca alberga importantes yacimientos de las llamadas "tierra raras" (neodimio, praseodomio, etc.) elementos que hoy son imprescindibles para el capital constante de la producción de procesadores, fundamentalmente, para la producción de alta tecnología, desde los  semiconductores hasta armamentos sofisticados.

La teoría de la renta de Marx puede explicar esta sed de  búsqueda de nuevos recursos, el control de estos yacimientos permite al capital que los explota obtener una ganancia extraordinaria (o renta minera), ya que puede vender estas mercancías por encima de su precio de producción, debido al monopolio del suelo. Trump como agente del capital, al proponer la anexión o la "compra", lo que le interesa a los EE.UU es institucionalizar este monopolio en favor de las empresas capitalistas y sus conglomerados locales, no solo se trata de hacer buenos negocios, sino evitar en lo posible que el capital competidor (principalmente el chino, que hoy domina el mercado de tierras raras) acceda a estas fuentes de valor.

Lo que los ideólogos del "American First" denominan "seguridad nacional" es, en los términos de la economía política, la creación de condiciones institucionales y políticas que asegure las tasas de ganancia de las tecnológicas de EE.UU frente sus principales competidores. En este contexto, la soberanía danesa es vista por el conjunto de la burguesía de Whashinton como un obstáculo molesto y costosa. Al reclamar Trump la anexión, esta expresando que el costo de la producción de las mercancías estadounidenses debe abaratarse a como dé lugar, mediante el acceso directo o de forma militar de ser posible, que garantice el acceso a menor costo de las materias primas para ganar competitividad ante sus adversarios. Y así, eliminar cualquier tipo de intermediación o renta que deba pagarse a una nación europea menor. En ultima instancia, es la ley del valor la que empuja al Estado norteamericano a romper los marcos del derecho internacional burgués formal, como todo derecho en el capitalismo, para expandir su base de recursos y continuar en la competencia con los demás competidores.

El mito de la soberanía nacional y la autodeterminación dentro del capital


Frente a la reaccionaria bravuconada de Trump, gran parte de los elementos del socialiberalismo bien pensante, y el progresismo estatista internacional han salido a coro en defensa de la soberanía danesa y el reclamo del "derecho a la autodeterminación" de los groenlandeses. Sin embargo, desde una perspectiva socialista, es necesario y urgente denunciar la vacuidad de este nacionalismo abstracto. La "soberanía" en el capitalismo no está bajo el poder del pueblo, sino en la forma jurídica que adopta la dominación de la burguesía sobre un determinado territorio para garantizar la propiedad de los recursos (minerales) y la explotación de la fuerza de trabajo puertas adentro de sus fronteras.

Dinamarca en esta disputa no defiende a Groenlandia por una cuestión de "principios democráticos" y o defensa del derecho internacional, sino que fundamentalmente, porque el control de estos recursos le permite participar en el reparto de una porción de la renta minera y sostener su estatus de potencia secundaria como miembro de la OTAN. Por otro lado, la idea de una Groenlandia "independiente" bajo las actuales estructuras de producción es una ilusión. Un territorio con muy escasa población y casi nulo desarrollo industrial, pero a la vez sentado sobre recursos estratégicos, esta condenado a mediano o largo plazo - bajo la lógica del mercado mundial - a sucumbir bajo ella o ser un protectorado de facto de los grandes capitales mineros, ya sean éstos estadounidenses, europeos o chinos.

Por lo tanto, la disputa entre Copenhague y Whashinton no es una lucha entre la "libertad" y contra el "colonialismo imperialista", sino una pugna interburguesa entre las distintas fracciones de la burguesía internacional por el control de la potencial plusvalía que encierra el Ártico. Defender la soberanía danesa frente a Trump es, para un marxista, elegir a un explotador por sobre otro. La verdadera "autodeterminación" no se logra cambiando una bandera por otra, sino sólo mediante la superación del sistema de Estados nacionales que no hacen más que colocar bajo un velo a la dictadura del capital. El escándalo por la "anexión" solo sirve para ocultar debajo de una alfombra de nacionalismo e intervencionismo imperialista que bajo el sistema capitalista, la tierra y sus recursos - en tanto subsista la lógica del capital - siempre estarán sujetos al derecho del más fuerte, es decir, bajo el capital más concentrado y con mayor poder de fuego. 

La agonía del derecho internacional y la lógica del capital


La pretensión de Trump sobre el territorio de Groenlandia no debe explicarse como un hecho aislado o una excentricidad de la extramaderecha internacional reunida en los Alpes suizos redeadas de sus praderas montañosas tiñidas de blanco, sino como un síntoma de una fase del capitalismo donde la acumulación por vías pacificas y comerciales encuentra limites cada vez más estrechos. Cuando la tasa de ganancia en los principales centros industriales se estanca, el capital redobla su presión por apropiarse de nuevos recursos de la naturaleza para asegurarse una mayor tajada de la renta y asegurar sus monopolios territoriales. En este sentido, el Ártico se encamina a ser el escenario de una nueva expansión del capital y su lógica expansiva, similar a lo que Marx y Engels describieron con un preciso detalle en el Manifiesto Comunista en 1848: "La necesidad de un mercado en constante expansión [...] persigue a la burguesía en toda la superficie del globo. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas [..]." Esta dinámica obliga a todo el capital de conjunto a forzar a todas las naciones a adoptar la lógica de la expansión del capital so pena de extinguirse.

La moraleja de este episodio es clara: el "derecho internacional" y los tratados de soberanía nacional son papel mojado cuando chocan con las necesidades de la expansión del capital, cada nación representa a una fracción de estos. Ni el liberalismo de Davos ni el nacionalismo de Trump ofrecen una salida progresista para el conjunto de las masas trabajadoras. El primero busca una explotación consensuada por medio de "reglas" y de manera global bajo el mando de las multinacionales; el segundo, una explotación más directa basada en la fuerza bruta del Estado-nación más "poderoso".

Conclusión: Para los socialistas, la tarea no es defender las fronteras trazadas por las burguesías europeas ni muchos menos aplaudir el expansionismo de EE.UU, sino denunciar que el sistema capitalista, en su búsqueda constante de valorización, conduce inevitablemente a la militarización y al choque entre potencias con sus capitales internos representado por los Estados-nación. La única salida real para la soberanía de los pueblos será solo aquélla que emane de la propiedad social de los medios de producción y los recursos naturales, despojándolos de la lógica del beneficio privado. Mientras tanto, el espectáculo de Davos y las amenazas de anexión no son más que el preámbulo de nuevos y más profundos conflictos por el control de los recursos del planeta. 


22 de enero de 2026

¿Todos ganan? La falacia de la suma cero de Cachanosky frente a la realidad del capital.

Frente a la narrativa neoclásica liberal que presenta al tratado UE-Mercosur como un motor de prosperidad y eficiencia, surge la necesidad de analizar el comercio internacional no como un intercambio técnico entre iguales, sino como un escenario de competencia asimétrica entre capitales dentro de las fronteras de los países firmantes. A través de la lente de la ley del valor y la productividad diferencial, este artículo desarticula las premisas de Roberto Cachanosky para revelar cómo la apertura comercial bajo el capitalismo contemporáneo no integra naciones, sino que consolida una transferencia estructural de valor desde el trabajo obrero del continente sudaméricano hacia los centros del capital transnacional.


Imagen editada con IA

El reciente artículo de opinión del economista liberal Roberto Cachanosky publicado en Infobae (13 de enero de 2026), titulado “Acuerdo UE-Mercosur: un paso adelante hacia la integración económica”, elogia el tratado comercial entre la Unión Europea y el Mercosur como un avance hacia la eficiencia, la especialización y la prosperidad recíproca. Sin embargo, desde una perspectiva socialista —fundamentalmente desde la lógica de la teoría de la ley del valor-trabajo—, esta postura resulta profundamente polémica.

En la presente entrada buscamos analizar críticamente las premisas del enfoque neoclásico de Cachanosky tan difundidas en la prensa burguesa por estos días. Buscamos demostrar que el tratado no representa una integración equilibrada ni equitativa para los países firmantes, sino una profundización de las asimetrías en la producción y la captura de plusvalía de los países subdesarrollados en el marco del mercado mundial contemporáneo.

Bajo la óptica del liberalismo económico, Cachanosky sostiene que el acuerdo favorece la “integración” mediante la eliminación de aranceles, la promoción del comercio y la atracción de inversiones. En sus propias palabras, afirma que "el acuerdo comercial con la Unión Europea es un paso adelante hacia la integración económica, la apertura comercial y el crecimiento sostenido". Su análisis concibe el mercado como un mecanismo neutral y autorregulador. No obstante, desde nuestra perspectiva basada en el materialismo histórico, el mercado no es neutral: es la forma social específica en la que se manifiesta la producción capitalista. La ley del valor no se detiene en las fronteras nacionales; rige como una potencia social objetiva que disciplina a los productores privados a través de la competencia internacional.

La teoría de la ley del valor, formulada por Marx en El Capital, establece que el valor de una mercancía está determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario (TSN) para su producción a escala general, no deriva exclusivamente de su utilidad, sino del tiempo socialmete necesario para su producción. En el mercado mundial, esto implica que las empresas con tecnologías avanzadas (predominantes en la UE) establecen el estándar de productividad a las inferiores. El tratado de libre comercio, lejos de ser un campo de juego nivelado, es el escenario donde se valida esta jerarquía técnica bajo el velo de un intercambio formalmente equivalente. El tratado de libre comercio entre la UE y el Mercosur, lejos de superar éstas dinámicas, las intensifica y reafirma su superioridad productiva.

La ilusión de la integración regional y la transferencia de valor

Cachanosky presenta el acuerdo como una oportunidad única para que los países del Mercosur se inserten en las cadenas globales de valor y a tecnologías mas avanzadas. No obstante, Afirma sin ambigüedades que "la apertura comercial permite a los países del Mercosur insertarse en cadenas globales de valor y aprovechar economías de escala que antes les eran inaccesible", pero omite que la competencia internacional es, en esencia, una competencia entre productividades. Al abrir los mercados, las ramas de producción del hemisferio del Sur con menor composición orgánica de capital y sumida por la exportación de materias primas (soja, carne, minerales) deben enfrentarse al valor del mercado mundial dictado por la alta productividad europea que exporta mercancías con elevado contenido tecnológico y valor añadido. Está asimetría no es accidental: es funcional a la ley del valor que predomina en el sistema capitalista.

Desde la ley del valor, esta división internacional del trabajo implica una transferencia de valor. Los capitales más productivos (centro) captan una plusvalía extraordinaria al vender sus mercancías por encima de su valor individual, pero a su precio de producción social, mientras que los capitales menos productivos (periferia) entregan más trabajo real del que reciben en el intercambio. Esta asimetría no es un "robo" diplomático, sino el resultado ciego de la competencia capitalista: el trabajo más productivo cuenta como trabajo potenciado. Así, el “intercambio libre” reproduce la subordinación de las economías dependientes en la cadena global de valor.

El fetichismo y la falsa suma cero

El análisis de Cachanosky incurre en el fetichismo de la mercancía al reducir el fenómeno comercial como una interacción técnica entre objetos - mercancías o bienes en la jerga de la economía convencional-, ocultando que detrás de los precios operan relaciones de explotación. Al proponer el acuerdo como un “paso adelante”, nuestro económista pampeano naturaliza las categorías de la economía política - el mercado, la propiedad privada de los medios de producción y la competencia - eludiendo la contradicción antagónica entre el capital y el trabajo que subyace a toda expansión comercial. Su afirmación de que “los beneficios no son cero-suma; todos ganan cuando se reduce la fricción regulatoria y se facilita el intercambio” ignora que, si bien el comercio puede aumentar el volumen de mercancías, la masa de plusvalía se distribuye desigualmente en favor de los capitales que dominan la vanguardia tecnológica.

Frente a la visión liberal neoclásica, la perspectiva materialista revela que la expansión capitalista es un proceso contradictorio donde el progreso técnico se traduce en presión sobre la fuerza de trabajo que se traduce en regresión social. En el caso del Mercosur, la apertura no es un paso hacia el desarrollo armónico y virtuoso que dictan los manuales neoclásicos universitarios, sino un mecanismo que acelera la acumulación y la especialización en sectores de baja complejidad tecnológica o extractivos; esta dinámica, presentada como un incremento de la "eficiencia" productiva, ilustra la lay general de la acumulación capitalista señalado por Marx, quien advierte que "el modo de producción capitalista, pues, con la riqueza, la miseria; con la acumulación de capital, la acumulación de la miseria" (El Capital, Vol.I, Cap.25) por consiguiente se profundiza la precariedad laboral para sostener la rentabilidad frente a la competencia externa.

Imperio financiero y reproducción ampliada

Cachanozky omite deliberadamente que la arquitectura de los acuerdos jurídicos contemporáneos se sostiene sobre dispositivos de protección a la inversión —tales como los mecanismos de Solución de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS)— que erosionan la soberanía de las naciones dependientes. Estas disposiciones facultan a las corporaciones transnacionales para litigar contra los Estados ante cualquier política pública, ya sea ambiental, laboral o sanitaria, que pueda afectar su tasa de ganancia o rentabilidad.  

Lejos de ser meros instrumentos "técnicos" o administrativos, estos mecanismos expresan una relación de dominación concreta: el capital transnacional internacional se constituye como autoridad supranacional capaz de vetar decisiones democráticas en nombre de la “seguridad jurídica” del inversor. Esta dinámica no responde a una lógica neutral del derecho burgués, sino a la necesidad del capital global de garantizar condiciones estables para su reproducción ampliada, incluso a costa de socavar la capacidad de los Estados subdesarrollados de regular en función del interés público de sus intereses.

El acuerdo UE-Mercosur, bajo esta sombra, no representa una integración simétrica ni un intercambio equitativo. Por el contrario, consolida una división internacional del trabajo que reproduce históricamente la subordinación de América del Sur como proveedora de materias primas y mercados cautivos, mientras Europa mantiene el control sobre tecnología, marcas, finanzas y normas regulatorias. Las cláusulas de protección a la inversión no hacen sino institucionalizar estas desigualdades estructurales y desequilibrio de poder, transformando la soberanía nacional en una fachada tras la cual opera una disciplina económica impuesta desde el exterior.

En este contexto, la defensa del “libre comercio” como vía al desarrollo revela íntimamente su carácter ideológico: oculta que la verdadera barrera al progreso no es el proteccionismo estatal, sino la imposibilidad estructural de los países dependientes de acumular capital de forma autónoma mientras sus economías permanecen articuladas al imperativo de la valorización del capital de los naciones desarrolladas. La soberanía real —aquella que permitiría orientar la producción hacia las necesidades sociales y no hacia la rentabilidad privada internacional— choca frontalmente con los marcos jurídicos que el propio acuerdo refuerza.  

Así, lejos de ser un “paso adelante” como sostiene Cachanosky, el tratado profundiza una forma contemporánea de imperialismo: no basada únicamente en la ocupación territorial (guerra, ocupacion militar), sino en la subordinación jurídica, financiera y productiva de las economías subdesarrolladas a los intereses del capital concentrado europeo. Y mientras se siga presentando esta subordinación como "integración", cooperación o modernización, se seguirá impidiendo el debate necesario sobre qué tipo de desarrollo —y para quién— es posible dentro, o más bien fuera, del orden capitalista global.

Esta transformación jurídico-económica no es neutral ni "técnica", sino profundamente política: reconfigura las relaciones de clase en la periferia al favorecer a una burguesía asociada al capital externo —agroexportadora, financiera, logística— en desmedro de los sectores populares, los pequeños productores y los trabajadores asalariados. La apertura comercial no “desregula” el mercado, como pretende el discurso liberal, sino que re-regula la economía en función de los intereses del capital transnacional en especial europeo, desplazando formas de producción socialmente arraigadas —aunque precarias— por dinámicas de monocultivo, extractivismo intensivo y externalización de costos sociales y ecológicos.  

El “libre comercio”, en este contexto, funciona como un mecanismo de disciplinamiento: obliga a los Estados periféricos a competir entre sí en la reducción de salarios, derechos laborales y estándares ambientales para atraer inversión, generando una carrera hacia el fondo que beneficia únicamente al capital móvil. Esta competencia no es entre naciones soberanas, sino entre fracciones subordinadas del capital global, cuyas decisiones están condicionadas por la necesidad de garantizar rentabilidad a los centros financieros localizados en el núcleo imperial.  

Así, la reproducción ampliada del capital no solo exige nuevos mercados, sino también la recomposición constante de las condiciones sociales y territoriales que permitan su expansión. El tratado UE-Mercosur no es, entonces, un simple acuerdo comercial, sino un instrumento de reestructuración socioeconómica que consolida una división internacional del trabajo jerárquica, donde Mercosur sigue destinada a proveer plusvalor barato —en forma de recursos naturales, mano de obra precarizada y flexibilidad regulatoria— mientras Europa se reserva el control sobre el conocimiento, la innovación y la distribución del valor agregado.  

La separación entre el productor y los medios de producción, lejos de ser un episodio histórico concluido, se reproduce cotidianamente mediante políticas que privatizan lo común, mercantilizan la naturaleza y despojan a las comunidades rurales y urbanas de su capacidad de autogestión. En este sentido, el imperialismo contemporáneo no necesita colonias formales: basta con que los marcos legales, las instituciones burguesas y los capitales locales internalicen la lógica de la acumulación global como única vía posible. Y es precisamente contra esta naturalización —contra la idea de que “no hay alternativa”— que debe articularse una crítica materialista capaz de vincular la defensa de la soberanía popular con la transformación de las relaciones de producción que el individualismo metodológico no puede ve.

Conclusión: El marxismo no rechaza per se la cooperación comercial internacional, pero denuncia que, bajo el capitalismo, los tratados son herramientas para reorganizar la explotación global. La visión ortodoxa liberal de Cachanosky, constituye una apología procapitalista que, bajo el dogma del individualismo metodológico, oculta el conflicto capital-trabajo tras la promesa de la "eficiencia". Una verdadera integración no vendrá del libre comercio —que solo integran capitales—, sino de la unidad internacionalista de los trabajadores. Solo una transformación que supere la ley del valor y la propiedad privada de los medios de producción permitiría una cooperación fundada en las necesidades humanas. Hasta entonces, el “paso adelante” de los Cachanosky de toda la vida será, para la clase obrera del Sur Global, un eslabón más en la cadena de la dependencia dictada por la competencia capitalista mundial.
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Referencias

Cachanosky, R. (13 de enero de 2026). Acuerdo UE-Mercosur: Un paso adelante hacia la integración económica. Infobae.https://www.infobae.com/opinion/2026/01/13/acuerdo-ue-mercosur-un-paso-adelante-hacia-la-integracion-economica/

Marx, K. (2014). El Capital: Crítica de la economía política (Vol. I). Fondo de Cultura Económica.

Astarita, R (2006) Valor, mercado mundial y gloabalizacion. Kraicon

Astarita, R (2009) Monopolio, imperialismo e intercambio desigual. Maia



15 de enero de 2026

El Legado de Rosa Luxemburgo: capitalismo, imperialismo y deuda

Un día como hoy, 15 de enero, pero de 1919, fue brutalmente asesinada una de las más grandes teóricas del movimiento obrero internacional, Rosa Luxemburgo, tras encabezar el levantamiento obrero en Berlín, Alemania.
 
Al día siguiente, el gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert difundió, a través de los medios oficiales, lo que hoy calificaríamos como una fake news —aunque tal término no existiera en ese entonces—. El comunicado sostenía que Rosa Luxemburgo había escapado del hotel donde permanecía bajo custodia y que, en un parque cercano, una turba paramilitar ultraderechista de los Freikorps, durante la Revolución Espartaquista en Alemania la había interceptado y asesinado.

En realidad, esta versión pretendía encubrir un crimen de Estado orquestado desde las más altas esferas del poder. Tendrían que transcurrir más de cuarenta años para que, finalmente, se admitiera y relatara con detalle lo que fue una ejecución tan sumaria como ilegal. O, mejor dicho, dos ejecuciones, ya que ese mismo día y bajo el mismo modus operandi fue asesinado Karl Liebknecht, el otro líder de la Liga Espartaquista. Su muerte física pretendía silenciar un pensamiento que ya se había vuelto universal.

Hoy la recordamos como una de las más importantes referentes teóricas del marxismo, no solo por su rigor intelectual, sino por su inquebrantable fe en la capacidad de las mayorías para transformar su propia historia. En un mundo donde el imperialismo muta bajo nuevas formas financieras y digitales, la voz de Rosa nos sigue advirtiendo que la pasividad no es una opción.

En el panorama actual de crisis económicas recurrentes, guerras por recursos y una desigualdad abismal, las teorías de Rosa Luxemburgo sobre el imperialismo resuenan con una fuerza renovada. Lejos de ser piezas de museo del siglo XX, sus reflexiones en La acumulación del capital (1913) ofrecen una brújula indispensable para comprender la fase actual del capitalismo global.

¿Quién fue la "Rosa Roja"?

Para entender su obra, es necesario conocer a la mujer detrás de la teoría. Rosa Luxemburgo (1871–1919) fue una de las figuras más valientes del movimiento socialista. Nacida en la Polonia ocupada por Rusia, enfrentó la opresión por su origen judío, su género y una discapacidad física. Se doctoró en economía en una época donde las mujeres apenas llegaban a la universidad y se convirtió en la voz más crítica contra el reformismo, el feminismo burgués y pequeño- burgués, el nacionalismo y el militarismo en Europa.

Su vida fue una amalgama de intelecto y acción: defendió que "la libertad es siempre la libertad de quien piensa distinto" y pagó con su vida su coherencia revolucionaria, siendo asesinada en 1919 por milicias paramilitares. Sin embargo, su análisis del capital sigue más vivo que nunca.

La necesidad de lo "no-capitalista"

La tesis central de Luxemburgo sostenía que el capitalismo es incapaz de sobrevivir en un sistema cerrado. Para continuar la acumulación, el capital necesita expandirse constantemente hacia sectores o regiones "no capitalistas".

Si en 1913 esto significaba el colonialismo directo, hoy lo vemos en la mercantilización de la vida cotidiana. El capital ha "colonizado" espacios que antes eran ajenos al mercado: desde nuestros datos personales en la economía digital, hasta la privatización de servicios básicos como el agua y la salud. El imperialismo actual ya no solo busca tierras lejanas, sino convertir cada rincón del tejido social en una fuente de lucro.

Rosa sostenía que bajo el capitalismo estamos ante un “sobre la base de la Tierra entera como almacén de fuerzas productivas”, por lo tanto, el capital se ve obligado a recorrer el mundo en busca de medios de producción —materias primas y recursos naturales— indispensables para su reproducción.

En este sentido, Luxemburgo afirma: "Para utilizar productivamente la plusvalía realizada, es menester que el capital progresivo disponga cada vez en mayor grado de la Tierra entera para poder hacer una selección cuantitativa y cualitativamente ilimitada de sus medios de producción".

Así, el capital —señala Luxemburgo— requiere tanto de los “tesoros naturales” que existen en todo el planeta como de las fuerzas de trabajo de escala global, extraídas de formaciones precapitalistas, para producir más plusvalía y ganancia. De este modo, el límite último de la acumulación capitalista no es interno, sino la propia Tierra y la misma sociedad humana: El capital no puede desarrollarse sin los medios de producción y fuerzas de trabajo del planeta entero. Para desplegar, sin obstáculos, el movimiento de acumulación, necesita los tesoros naturales y las fuerzas de trabajo de toda la Tierra.” Luxemburgo,R. (2009) La acumulación del capital.

El imperialismo de la deuda

Uno de los puntos más lúcidos de Rosa fue su análisis sobre los préstamos internacionales. Identificó la deuda externa como un mecanismo para que las potencias dominaran a las naciones jóvenes.

En 2026, esta dinámica se ha sofisticado. El capital financiero utiliza el endeudamiento soberano como una herramienta de disciplina política, obligando a los países del sur global a implementar medidas de austeridad y entregar sus recursos naturales para pagar intereses perpetuos. La deuda no es solo un problema contable; es la cadena del imperialismo moderno.

En su máxima expansión, el capital recurre una lucha permanente contra la economía natural, es decir, contra formas económicas no capitalistas de producción; destruye economías de mercancías simples y establece una competencia descarnada por la conquista de los elementos necesarios para la acumulación.

"El capital no tiene, para la cuestión, más solución que la violencia, que constituye un método constante de acumulación de capital en el proceso histórico, no sólo en su génesis, sino en todo tiempo, hasta el día de hoy.”

El militarismo, el motor de la economía

Para Luxemburgo, el militarismo era una "necesidad técnica" del capital para abrir mercados. Hoy, el complejo militar-industrial sigue siendo un pilar global. Las intervenciones actuales responden a esta lógica de control de rutas comerciales y materias primas críticas (como el litio), confirmando su advertencia: la paz es incompatible con la acumulación desenfrenada.

Al plantear la Tierra como el límite geográfico de su expansión, Luxemburgo define al capitalismo como una "contradicción histórica viva". En este sentido, el proceso de acumulación constituye la expresión, la resolución transitoria y, simultáneamente, el agravamiento de su propia contradicción interna.

Bajo la óptica de Luxemburgo, fenómenos como el genocidio en Palestina, las crisis en Siria y Sudán, o las tensiones en Venezuela no deben leerse bajo las dicotomías simplistas de "democracia vs. dictadura" o la lucha contra el "terrorismo". Son, en esencia, manifestaciones de la contradicción inherente al capitalismo: una necesidad sistémica de expansión y apropiación global como única vía para postergar su propio colapso.

Hacia una salida revolucionaria

La lección de Rosa es que el imperialismo no es una "mala decisión" política, sino una fase orgánica del desarrollo capitalista. Ante un sistema que para sobrevivir debe destruir el medio ambiente y erosionar la soberanía de los pueblos, la alternativa sigue siendo la misma que ella planteó: "Socialismo o Barbarie". Releer a Luxemburgo hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino una urgencia. Su legado nos recuerda que la lucha contra el capital es, esencialmente, una lucha por la vida y la libertad democrática de las mayorías de la clase obrera.
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Bibliografía:



13 de enero de 2026

La tragedia venezolana: soberanía sin ruptura con el capital

El domingo 11 de enero de 2026, La Izquierda Diario, en su habitual semanario Ideas de izquierda, publicó un artículo donde se aborda el ataque de Trump a Venezuela, secuestrando a su presidente y la primera dama. El artículo analiza la crisis multidimensional en Venezuela, caracterizándola como el resultado de la convergencia entre la agresiva ofensiva imperial reaccionaria liderada por Estados Unidos y el agotamiento del modelo chavista. El articulo sostiene que, ante el autoritarismo del gobierno de Maduro y la injerencia extranjera que busca el control de los recursos, la única salida efectiva reside en una lucha antiimperialista e independiente de la clase obrera a nivel continental, que rechace tanto el tutelaje externo como la gestión de la actual burocracia estatal.  Cómo hemos planteado en entradas anteriores, la defensa de la independencia de clases es indispensable frente al fracaso del 'socialismo del siglo XXI' y la intervención de los Estados Unidos. En este texto, abordaremos las posiciones del artículo desde la concepción materialista de Marx y su teoría del valor.

En este artículo dominical, La Izquierda Diario incurre en una desviación recurrente dentro de ciertos enfoques de la izquierda denominados 'movimentistas': la personalización del capital. Al sostener que el imperialismo persigue un 'control directo', el texto desplaza el eje explicativo desde las determinaciones objetivas de la ley del valor hacia el plano de la voluntad política de los Estados y sus aparatos de poder. Este enfoque —marcadamente subjetivista o voluntarista— trata al capital como si fuera un sujeto con deseos propios, en lugar de una relación social regida por leyes impersonales como la búsqueda de plusvalía. En última instancia, este desplazamiento implica una lectura que tiende a autonomizar la esfera política respecto de las relaciones sociales de producción que la fundamentan.

Desde la perspectiva desarrollada por Marx en El Capital, el valor de las mercancías —incluido el petróleo venezolano— no se determina ni en el Palacio de Miraflores ni en la Casa Blanca, sino por el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) requerido para su producción bajo las condiciones técnicas medias vigentes a escala mundial (Marx, 1867/2008, t. I, cap. I). El mercado mundial no constituye un espacio externo o posterior a la producción nacional, sino la instancia en la cual el trabajo privado se valida socialmente como parte del trabajo social total. En palabras de Marx, «solo en el mercado mundial adquiere el trabajo privado el carácter de trabajo socia»(Marx, 1867/2008, t. I, cap. III).

En este marco, la competencia no opera como una simple relación entre capitales individuales, sino como el mecanismo mediante el cual las leyes inmanentes del modo de producción capitalista se imponen "como leyes coercitivas externas" sobre los productores y los Estados nacionales (Marx, 1867/2008, t. I, cap. X). La competencia generalizada tiende a igualar las condiciones de valorización, sancionando a aquellas formaciones sociales cuya productividad del trabajo se sitúa por debajo de la media internacional mediante la transferencia de valor, la desvalorización del capital y la subordinación creciente a los capitales más productivos (Marx, 1894/2009, t. III, cap. X).

Asimismo, Marx subraya que el desarrollo del mercado mundial es inseparable de la expansión del capital como relación social dominante, afirmando que «la tendencia a crear el mercado mundial está directamente dada en el concepto mismo de capital» (Marx, 1857-1858/2007, Grundrisse). En este sentido, las presiones externas que suelen describirse como "agresiones imperialistas" deben ser comprendidas como manifestaciones concretas de la dinámica objetiva de la acumulación capitalista a escala mundial, y no como desviaciones voluntaristas atribuibles a decisiones políticas aisladas.

El artículo incurre asimismo en una omisión significativa al no señalar que el Estado chavista, incluso durante su etapa de mayor retórica de "rebeldía", operó fundamentalmente como un comité de administración de los negocios comunes de la burguesía —incluida una nueva fracción burocrática estatal, la denominada boliburguesia—, cuya función central fue garantizar las condiciones generales para la extracción de plusvalía y su realización en el mercado mundial. Tal como plantea Marx, el Estado moderno no se sitúa por encima de las clases sociales, sino que expresa, bajo formas específicas, las relaciones de dominación propias del modo de producción capitalista (Marx & Engels, 1848/2004). En este sentido, la apelación a la "soberanía" presente en el texto remite a una categoría jurídico-moral que tiende a ocultar la subordinación efectiva del trabajo al capital y la inserción dependiente de la economía venezolana en la división internacional del trabajo.

Cuando el artículo afirma que "la catástrofe social es producto de la combinación de las sanciones y la gestión burocrática del gobierno", introduce una separación analítica problemática entre la "gestión" estatal y las condiciones estructurales de producción y valorización del capital. Este enfoque disocia los resultados sociales de la dinámica objetiva de la acumulación capitalista, reduciendo la crisis a un conjunto de decisiones administrativas contingentes. Desde una perspectiva materialista rigurosa, la "catástrofe" no puede ser interpretada como un simple error de gestión, sino como el resultado necesario de intentar reproducir una economía capitalista dependiente sin una base suficiente de valorización interna del capital.

Como señala Marx, allí donde el proceso de acumulación se ve obstaculizado por límites estructurales —baja productividad del trabajo, dependencia tecnológica y subordinación al mercado mundial—, el Estado no puede revertir dichas determinaciones mediante la voluntad política o la administración burocrática, sino que se limita a gestionar sus consecuencias sociales (Marx, 1867/2008, t. I; Marx, 1894/2009, t. III). En este marco, las sanciones externas operan como factores que agravan contradicciones preexistentes, pero no constituyen la causa última de la descomposición social, la cual se inscribe en las leyes internas del modo de producción capitalista dependiente.

Cuando el valor de la fuerza de trabajo en Venezuela se desploma, ello no puede explicarse únicamente por la acción de la "burocracia"sino por la necesidad objetiva del capital de imponer una desvalorización masiva con el fin de restaurar la tasa de ganancia. Al omitir el análisis de las mediaciones económicas mediante las cuales el chavismo preservó las formas fundamentales de la producción mercantil —la mercancía, el dinero y el salario—, La Izquierda Diario termina formulando una crítica que se aproxima más a una propuesta de "gestión obrera del capitalismo" que a una perspectiva orientada a la abolición del sistema de trabajo asalariado.

La ilusión de la "soberanía" frente a la dictadura del mercado mundial, resulta necesario profundizar en el modo en que la teoría del valor de Marx despoja al concepto de "soberanía nacional" de su aura romántica, revelándolo como una categoría jurídico-política que entra en contradicción sistemática con la realidad económica del capital global. Lejos de constituir un espacio autónomo de autodeterminación popular, la soberanía aparece, desde este enfoque, como una forma específica de mediación estatal de las leyes del capital.

La ilusión de la "soberanía" frente a la dictadura del mercado mundial.

La soberanía como forma jurídica del capital nacional

El artículo de La Izquierda Diario sostiene que el núcleo del conflicto reside en un supuesto "ataque imperialista a la soberanía de Venezuela". Sin embargo, desde una perspectiva marxista fundada en la teoría del valor, la "soberanía" no constituye un ámbito de libertad para la clase trabajadora, sino el marco jurídico-político dentro del cual el Estado burgués garantiza las condiciones generales para la acumulación de capital.

Marx explica en El capital que el intercambio de mercancías presupone que sus poseedores se reconozcan recíprocamente como propietarios privados, dotados de voluntad jurídica (Marx, 1867/2008, t. I, cap. II). El Estado nacional emerge así como el garante de este orden jurídico, asegurando la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. En consecuencia, cuando el artículo defiende la "soberanía" frente al imperialismo, termina defendiendo —frecuentemente de manera involuntaria— la envoltura jurídica burguesa que hace posible la explotación de la fuerza de trabajo venezolana por capitales tanto estatales como privados.

Desde este punto de vista, la soberanía no se opone al capital, sino que constituye una de sus formas políticas necesarias en el marco del sistema de Estados nacionales que organiza el mercado mundial.

El mercado mundial y la determinación del valor

El error analítico central del enfoque del artículo radica en ignorar que el valor es una categoría social determinada por el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) a escala internacional, y no por decisiones políticas nacionales.

La ilusión de la autonomía: El chavismo intentó establecer precios internos administrados y regímenes de tipo de cambio fijo bajo la premisa de que la voluntad política —invocada como "soberanía" — podía determinar el valor de las mercancías y del dinero al margen del mercado mundial.

La realidad de la ley del valor: Marx demuestra que el valor se impone "a espaldas de los productores" y con independencia de su conciencia o de los objetivos declarados del Estado (Marx, 1867/2008, t. I, cap. I). Cuando la productividad del trabajo en una formación social es inferior a la media mundial, dicha economía se ve obligada a intercambiar una mayor cantidad de trabajo nacional por una menor cantidad de trabajo extranjero, lo que se traduce en transferencia de valor, presión sobre los salarios y desvalorización de la fuerza de trabajo.

En este sentido, el mercado mundial actúa como la instancia efectiva de validación social del trabajo, subordinando las economías nacionales a una lógica que no reconoce fronteras jurídicas ni discursos soberanistas. La denominada "dictadura del mercado mundial" no es una metáfora política, sino la expresión concreta del dominio del capital social global sobre los capitales particulares y los Estados que los representan.

El Estado, la burocracia y la ilusion del "capitalismo con rostro popular"

El Estado como forma politica de dominacion de clase, una de las principales limitaciones del enfoque desarrollado por La izquierda Diario reside en su comprension del Estado como un instrumento potencialmente neutral, susceptible de ser reorientado mediante una "mejor gestion" o una correlacion de fuerzas favorable a la clase obrera. Desde nuestra perspectiva materialista basada en la ley del valor consideramos, el Estado no constituye un simple aparato tecnico-administrativo ni un terreno vacio de disputa, sino una forma historica especifica de organizacion del poder politico correspondiente al modo de produccion capitalista. 

Marx subraya que el Estado moderno surge como condensación de las relaciones sociales de producción dominantes y actúa como garante de las condiciones generales de la acumulación de capital (Marx, 1867/2008; Marx, 1894/2009). Su función esencial no es la satisfacción de las necesidades sociales, sino la reproducción del trabajo asalariado, la propiedad privada de los medios de producción y el orden jurídico que permite la valorización del capital. En este marco, las políticas estatales, incluso aquellas revestidas de un lenguaje "popular" o "antiimperialista"se encuentran estructuralmente condicionadas por las exigencias del proceso de acumulación.

La burocracia como fracción funcional del capital

El artículo tiende a presentar a la burocracia como una desviación contingente o una deformación moral del proyecto chavista. Sin embargo, esta caracterización oscurece el carácter estructural de la burocracia estatal como una fracción específica vinculada a la gestión del capital social nacional. Lejos de constituir un cuerpo parasitario externo al sistema, la burocracia cumple un papel activo en la administración de las contradicciones del capital, mediando entre las exigencias del mercado mundial y la reproducción de la fuerza de trabajo en el plano interno.

Como señala Marx en su análisis del Estado y de la administración pública, la expansión de la burocracia no es el resultado de una patología política - izquierdista o derechista -, sino una consecuencia del desarrollo de las funciones del Estado en una sociedad atravesada por antagonismos de clase irreconciliables. En contextos de crisis, la burocracia no elimina dichas contradicciones, sino que las gestiona, frecuentemente mediante mecanismos de coerción económica, disciplinamiento salarial y control social.

En el caso venezolano, la emergencia de una nueva burocracia estatal —frecuentemente presentada como "revolucionaria" — no alteró las relaciones sociales fundamentales, sino que se integró como una fracción que participa de la apropiación de plusvalía y de la redistribución del excedente en el marco de una economía rentística y dependiente.

La ilusión del "capitalismo con rostro popular"

La noción implícita de un "capitalismo con rostro popular", presente tanto en el discurso chavista como en ciertas lecturas críticas progresistas o  nacionalistas- estatistas que lo reducen a un problema de gestión, expresa una incomprensión profunda de las leyes del modo de producción capitalista. Esta ilusión se basa en la creencia de que es posible conservar las formas fundamentales del capital —mercancía, dinero, salario y Estado— y, al mismo tiempo, neutralizar sus efectos sociales mediante políticas redistributivas, controles administrativos o apelaciones a la soberanía nacional.

Sin embargo, como demuestra Marx, la explotación no es un resultado accidental de una mala administración, sino una relación social inscrita en la forma misma del trabajo asalariado (Marx, 1867/2008, t. I, cap. VI). Mientras la fuerza de trabajo se presente como mercancía y el proceso productivo esté orientado a la valorización del valor, cualquier intento de humanizar el capitalismo se verá obligado a reproducir, bajo nuevas formas y circunstancias, la misma lógica de explotación y dominación.

En este sentido, el fracaso del proyecto chavista no puede explicarse únicamente por la presión externa o por los errores de una burocracia corrupta, sino por el intento de conciliar intereses antagónicos: la acumulación de capital y la emancipación del trabajo. La pretensión de un capitalismo regulado, soberano y socialmente justo choca inevitablemente con las determinaciones objetivas del mercado mundial y la competencia capitalista.

Estado fuerte, trabajo débil

Lejos de fortalecer a la clase trabajadora, la expansión del aparato estatal en el marco de una economía capitalista dependiente o atrasada tiende a reforzar los mecanismos de subordinación del trabajo. El Estado "fuerte" se convierte, en estas condiciones, en el instrumento mediante el cual se impone la disciplina del capital allí donde el mercado no logra hacerlo de manera espontánea. Congelamiento salarial, flexibilización encubierta, monetización regresiva y control de la protesta social aparecen así como expresiones necesarias de la función estatal en contextos de crisis de valorización.

Desde esta perspectiva, la oposición entre "Estado fuerte"  y "neoliberalismo" resulta engañosa. Ambos representan formas distintas —pero complementarias— de la dominación capitalista, adaptadas a diferentes fases del ciclo de acumulación. La crítica marxista no puede, por lo tanto, limitarse a elegir entre modelos de gestión estatal, sino que debe apuntar a la superación de las relaciones sociales que hacen necesario al Estado como garante de la explotación.

La desvalorización de la fuerza de trabajo: el salario por debajo de su valor

En la teoría de Marx, el salario constituye la forma transfigurada del valor de la fuerza de trabajo. Dicho valor está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir los medios de subsistencia indispensables para la reproducción del obrero como trabajador asalariado, es decir, para la reposición de su capacidad de trabajo (Marx, 1867/2008, t. I, cap. VI). Este componente del capital se expresa en la categoría de capital variable (v).

La pulverización del capital variable (v)

El artículo de La Izquierda Diario señala que el gobierno ha "pulverizado el salario", pero omite explicar la mecánica económica subyacente a este proceso. En el caso venezolano, el capital ha logrado imponer una situación que Marx describe como excepcional, aunque plenamente compatible con las leyes del capitalismo: la reducción sistemática del precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor.

Si el valor de la fuerza de trabajo está dado por el conjunto de bienes necesarios para la recuperación física y social del obrero —alimentación, vivienda, salud, transporte—, y si el salario mínimo efectivo llegó a situarse por debajo de los 5 dólares mensuales, nos encontramos ante un proceso de extracción de plusvalía que se apoya directamente en la degradación material del proletariado. En estas condiciones, la reproducción normal de la fuerza de trabajo queda comprometida, y el salario deja incluso de cumplir su función mínima dentro del sistema capitalista.

Mientras el artículo atribuye este fenómeno principalmente a la "gestión burocrática", una crítica fundada en la teoría del valor permite comprender que dicha burocracia ha operado como un capitalista colectivo. Ante la imposibilidad estructural de elevar la productividad del trabajo —y, por lo tanto, de incrementar la plusvalía relativa—, el Estado recurrió crecientemente a mecanismos de plusvalía absoluta y de superexplotación, prolongando y profundizando la extracción de trabajo excedente.

El aumento de la tasa de plusvalía (s’)

La tasa de plusvalía se expresa como la relación entre la plusvalía (s) y el capital variable (v):

En el caso venezolano, la tendencia a la reducción extrema de v implica que la tasa de explotación (s') tiende, teóricamente, al infinito. Incluso en un contexto de caída de la producción total —es decir, de crisis de valorización—, la proporción de la jornada laboral que el trabajador dedica a reproducir el equivalente de su salario se reduce a una fracción mínima del tiempo de trabajo total. El resto de la jornada, siempre que existan insumos y condiciones mínimas de producción, se convierte en trabajo excedente apropiado por el Estado o por el capital privado.

Tiempo de trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente

El artículo de La Izquierda Diario denuncia la "asfixia de la iniciativa de las masas". Desde una perspectiva marxista, esta formulación resulta imprecisa y debe ser reformulada: el Estado venezolano ha extendido el tiempo de trabajo excedente no solo en el ámbito de la producción directa, sino también en la esfera de la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo.

Trabajo no remunerado de circulación: cuando el obrero debe dedicar varias horas diarias a hacer filas para acceder a alimentos subsidiados, transporte o servicios básicos, está realizando un trabajo indispensable para la reproducción de su fuerza de trabajo que ya no es cubierto por el salario. Este tiempo, aunque no figure como jornada laboral formal, constituye una extensión material del tiempo de trabajo necesario desplazado fuera de la relación salarial.

Desvalorización técnica del trabajo: Marx señala que cuando la maquinaria y el capital constante (c) son técnicamente obsoletos, el tiempo de trabajo individual requerido para producir una mercancía se incrementa. En el caso venezolano, esto implica que el tiempo de trabajo del obrero supera ampliamente el Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario (TTSN) vigente a escala mundial, lo que invalida socialmente dicho trabajo en el mercado internacional.

Bloqueo, mercado mundial y desvalorización del capital

Cuando el artículo afirma que "el imperialismo bloquea las cuentas del país, impidiendo la compra de alimentos y medicinas", presenta el fenómeno como una agresión puramente política. Sin embargo, el bloqueo constituye la expresión política de un proceso económico más profundo: el capital internacional se niega a reconocer el trabajo venezolano como valor socialmente válido, en la medida en que no puede completarse el ciclo de valorización D – M – D’.

Lejos de tratarse de una anomalía moral o de una conspiración externa, esta "desconexión" responde a la lógica del capital global, que excluye de los circuitos de financiación, crédito y comercio a aquellas unidades productivas que ya no garantizan una tasa de ganancia atractiva. El artículo victimiza al Estado venezolano, cuando en realidad el mercado mundial simplemente sanciona a una economía caracterizada por una baja composición orgánica del capital, una productividad insuficiente y una incapacidad estructural para valorizar capital a escala internacional.

El capital ficticio y la deuda como succión de valor

En el tomo III de El capital, Marx analiza el capital ficticio como un conjunto de títulos de propiedad —bonos, acciones, deuda pública— que otorgan derecho a una porción de la plusvalía futura sin representar directamente capital productivo en funcionamiento (Marx, 1894/2009, t. III, caps. XXV y XXIX). Estos títulos no son valor en sí mismos, sino derechos de apropiación sobre valor aún no producido, cuya existencia descansa en la expectativa de valorización futura.

El artículo de La Izquierda Diario menciona el peso de la deuda externa, pero no examina su función específica dentro de la dinámica de acumulación capitalista. Desde la perspectiva de la teoría del valor, la política del chavismo consistente en honrar el pago de la deuda mediante la renta petrolera implicó una transferencia sistemática de valor ya producido —trabajo muerto cristalizado en petróleo extraído— a cambio de capital ficticio internacional. En lugar de constituir una política de "defensa nacional", esta práctica reforzó la subordinación de la economía venezolana a los circuitos financieros globales.

En términos marxistas, el pago de la deuda no representa una relación entre Estados soberanos, sino una relación social de clase mediada por el capital financiero, en la cual el trabajo social venezolano es absorbido por acreedores que reclaman una parte de la plusvalía futura sin intervenir en el proceso productivo. La deuda opera así como un mecanismo de succión de valor, profundizando la dependencia y restringiendo las posibilidades de reproducción ampliada del capital a escala nacional.

Desde este ángulo, la "lucha antiimperialista" formulada en el artículo resulta conceptualmente incompleta, en la medida en que no cuestiona la forma-dinero ni las relaciones sociales que hacen posibles estas transferencias de valor. Mientras Venezuela continúe midiendo su "riqueza" en dólares o en el valor de cambio del petróleo en el mercado mundial, permanecerá sometida a la ley del valor, con independencia del discurso soberanista del gobierno o de las consignas de movilización promovidas por la izquierda movimentista.

En ausencia de una crítica radical a las formas fundamentales del capital —dinero, mercancía, salario y crédito—, el antiimperialismo queda reducido a una posición moral o retórica que no altera los mecanismos reales de dominación del capital financiero internacional.

El imperialismo: ¿ataque externo o necesidad de la ley del valor?

En este capítulo se analiza la afirmación del artículo según la cual "el imperialismo busca el control directo de los recursos y la disciplina de un Estado díscolo", confrontándola con la teoría marxista de la exportación de capitales y con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

El imperialismo como fase superior de la valorización

Para Marx, el fenomeno que hoy llama la izquierda imperialismo no es una opcion politica de Estados beligerantes, sino la necesidad intrinseca del capital de romper sus fronteras nacionales para contrarrestar la caida de su tasa de ganancia. El error del articulo reside en analizar el conflicto bajo la categoria idealista de confrontación entre "soberanía" y "dominación externa", cuando en realidad se trata de una disputa estructural por la apropiación de plusvalía extraordinaria, cuando se trata de una necesidad estructural del modo de produccion capitalista: la expansion del mercado mundial y la busquedad de nuevas fuentes de materias primas y fuerza de trabajo para garantizar la acumulacion. No es una disputa por la dominacion politica, per se, sino una lucha por la valorizacion del capital y la captura de plusvalia a escala global. 

Al hablar de "ataque imperialista", el texto sugiere implícitamente que, bajo condiciones políticas distintas —por ejemplo, con un imperialismo "más democrático" —, la relación entre Estados Unidos y Venezuela podría adoptar otra forma. Desde la teoría del valor, esta hipótesis resulta insostenible. El imperialismo debe intervenir en Venezuela no por razones morales o ideológicas, sino porque el capital, enfrentado a procesos de sobreacumulación en los centros desarrollados, necesita imperiosamente nuevos espacios de valorización, acceso a materias primas y mecanismos de transferencia de valor.

Exportación de capitales y bloqueo

El artículo coloca un énfasis casi exclusivo en las sanciones y el bloqueo económico. Sin embargo, desde la economía política marxista, el bloqueo debe ser comprendido como la negación del reconocimiento del valor.

La desconexión del valor: El imperialismo no actúa únicamente bloqueando buques o cuentas bancarias, sino retirando capitales cuando la explotación deja de ser rentable. La salida de empresas transnacionales de Venezuela expresa el reconocimiento de que la composición orgánica del capital (c/v) en el país es tan desfavorable que no permite alcanzar la tasa media de ganancia mundial.

El capital no tiene patria: El artículo menciona el avance de Rusia y China, tendiendo a presentarlos como actores "alternativos". Sin embargo, una crítica basada en la teoría del valor muestra que el capital chino o ruso extrae plusvalía de la misma forma que el capital estadounidense. El imperialismo no es un país ni una bandera: es el movimiento del capital en busca de condiciones óptimas de valorización, orientado a transformar valores de uso en mercancías al menor costo posible.

La consigna de la "lucha antiimperialista continental"

La consigna que cierra el artículo —"la perspectiva de una lucha antiimperialista continental" —  constituye, desde la teoría del valor, uno de sus puntos más débiles.

La trampa del mercado mundial: Una "lucha continental" que no rompa con la producción de mercancías está estructuralmente condenada al fracaso. Si los países de la región se articulan políticamente pero continúan compitiendo entre sí para exportar materias primas al mercado mundial, la ley del valor los enfrentará inevitablemente mediante diferenciales de productividad, salarios y tipos de cambio.

Unidad de clase versus unidad nacional: El artículo propone una unidad contra el "imperialismo" - pero Marx advierte que el proletariado no tiene patria. La auténtica lucha antiimperialista no consiste en defender Estados nacionales "soberanos", sino en destruir las relaciones sociales de producción capitalistas que hacen posible la existencia del imperialismo como forma histórica del capital.

La renta petrolera en la cadena de valorización

El artículo aborda el petróleo como una "riqueza nacional". Sin embargo, desde el tomo III de El Capital, el petróleo debe ser comprendido como una fuente de renta diferencial del suelo.

Cuando el texto denuncia "el saqueo de nuestras riquezas por parte de las transnacionales", introduce una categoría moral y jurídica que oscurece el fenómeno económico real. El imperialismo no "roba": captura renta. Dicha renta no es producida por el trabajo en Venezuela, sino por el trabajo de la clase obrera mundial, y se cristaliza en el precio internacional del barril.

El chavismo, al intentar retener esta renta para financiar su aparato estatal burocrático, entró en conflicto con las petroleras por el reparto del botín de plusvalor, no por la emancipación del trabajo ni por la superación de las relaciones capitalistas.

El programa de la "salida obrera"  frente a la dictadura del valor

En esta sección se aborda la propuesta política central del artículo de La Izquierda Diario. Mientras el texto plantea una "salida obrera y popular" basada en un programa de reivindicaciones urgentes, una crítica marxista rigurosa debe interrogarse si es posible una "salida" dentro de los márgenes de la ley del valor, o si se trata simplemente de una gestión democrática de la miseria capitalista.

El límite del "programa de emergencia" 

El artículo propone medidas como el aumento de salarios, el control de precios y la nacionalización de la banca. Desde la teoría del valor, estas son medidas que operan en la esfera de la distribución, no en la de la producción.

Marx critica en el Programa de Gotha la idea de que el problema fundamental del capitalismo radique en una distribución injusta. Mientras el modo de producción siga basado en el valor de cambio y el trabajo asalariado, cualquier aumento salarial impuesto por decreto chocará con la tasa de ganancia.

Si la "salida obrera" no implica la destrucción de la forma mercancía, el control obrero de las fábricas corre el riesgo de convertirse en la gestión de unidades productivas quebradas, obligadas a competir en un mercado mundial hostil. En ese escenario, los propios trabajadores se verían empujados a autoexplotarse para reducir costos y poder realizar sus productos.

Nacionalización de la banca y del comercio exterior

La consigna de "nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo control obrero" busca impedir la fuga de capitales y el acaparamiento. Sin embargo, analizada desde la crítica del capital ficticio desarrollada en el tomo III de El Capital, incurre en un especie de fetichismo de la banca.

El dinero no es un simple instrumento neutral controlado por burócratas o banqueros, sino la forma desarrollada del trabajo social abstracto. Nacionalizar la banca sin abolir el dinero implica, en los hechos, colocar a los trabajadores en la tarea de administrar la escasez de divisas, la deuda y la subordinación al mercado mundial.

Venezuela no es una isla. El comercio exterior está determinado por los precios de producción internacionales. Un "control obrero del comercio exterior" seguiría enfrentándose a la realidad de que el petróleo venezolano vale lo que dicta el tiempo de trabajo socialmente necesario validado en los principales centros del capital mundial.

El peligro del "socialismo de circulación" 

El artículo incurre en lo que Marx denominaba un "socialismo de circulación": la creencia de que el problema del capitalismo reside en los bancos, los precios o el imperialismo, y no en la producción de plusvalía.

Al proponer que los trabajadores tomen el control para "hacer funcionar el país", el texto corre el riesgo de convertir al proletariado en el gestor de un sistema que ha entrado en una crisis estructural de valorización. Desde la teoría del valor, la tarea histórica del proletariado no es administrar el capital de forma "justa", sino interrumpir la producción de valor y reorganizar la producción en función de valores de uso socialmente necesarios.

Conclusiones

El análisis de La Izquierda Diario, aunque valioso en su denuncia del imperialismo y de la burocracia chavista, permanece en la superficie de la política sin penetrar en las determinaciones de la economía política. Venezuela no es la víctima de un "ataque" contingente, sino el escenario en el que la ley del valor ha desplegado una de sus formas más brutales: la destrucción de una formación social que ha dejado de ser rentable para el capital global. La "salida obrera" no puede consistir en la reconstrucción de un capitalismo nacional bajo control de los trabajadores, sino en un proceso de ruptura orientado a la socialización de los medios de producción y de la vida social, mediante la abolición del salario, del dinero y de la forma mercancía.

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Referencias bibliográficas

Marx, K. (2008). El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. México: Siglo XXI.

Marx, K. (2009). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo III. México: Siglo XXI. 

Marx, K. (2004). Crítica del Programa de Gotha. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg. 

Marx, K., & Engels, F. (2004). Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg.