En una nota anterior respondí el comentario de un lector y seguidor del blog Osvaldo Miranda, que sostiene que china ya habría superado a EE.UU en el espacio del mercado mundial como potencia económica.
En ese comentario critique la visión común (presente tanto en el periodismo tradicional como en sectores de izquierda) que sostiene que el ascenso de China es un proceso lineal e irreversible basado en su crecimiento del PBI. Desde una perspectiva marxista basada en la ley del valor, argumente que la hegemonía no se mide por estadísticas de producción física, sino por el control de las relaciones sociales de producción y valorización.
En esta entrada amplio de forma mas teórica lo dicho en mi respuesta al comentario de este lector.
El lector sostiene lo siguiente:
La ley del valor y el mercado mundial
Desde esta perspectiva, no resulta suficiente con la mera expansión cuantitativa de la producción ni con el crecimiento acelerado de una economía nacional. Tampoco basta con disponer de una abundante fuerza de trabajo, una vasta base industrial o elevados niveles de inversión. La clave reside en las condiciones sociales bajo las cuales el trabajo es reconocido como socialmente necesario, es decir, en quién determina el tiempo medio de producción, los estándares tecnológicos dominantes, los precios de mercado y las monedas en las que se expresan los valores. Estas condiciones no son neutrales ni simétricas, sino que emergen de relaciones de poder entre capitales que compiten a escala internacional.
En el capitalismo mundial, la ley del valor opera como un mecanismo disciplinador y jerarquizador que impone parámetros productivos y tecnológicos desde los capitales más avanzados hacia los menos productivos. Aquellos capitales que producen por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario ven desvalorizado su trabajo, independientemente del volumen físico de mercancías producidas o del esfuerzo laboral desplegado. De este modo, el mercado mundial funciona como el espacio en el que se establece el promedio social de productividad y se decide qué trabajos cuentan plenamente como trabajo social y cuáles son parcial o totalmente excluidos del proceso de valorización.
Así, el capitalismo global no puede entenderse como una simple agregación de economías nacionales equivalentes que intercambian en condiciones de igualdad. Por el contrario, se configura como una estructura jerárquica de valorización, en la que la competencia entre capitales se traduce en transferencias sistemáticas de valor desde las unidades productivas menos eficientes hacia aquellas que operan con mayores niveles de productividad, control tecnológico y poder monetario. La valorización del capital —esto es, el proceso por el cual el capital adelantado no sólo se recupera, sino que se incrementa mediante la apropiación de la plusvalía generada por la fuerza de trabajo— se encuentra mediada por esta jerarquía internacional, que determina tanto la creación como la realización del valor excedente.
En este marco, la creación de plusvalía en el proceso productivo es condición necesaria pero no suficiente para la acumulación de capital. La realización efectiva de esa plusvalía depende de la inserción del capital en el mercado mundial y de su capacidad para producir bajo los parámetros que definen el trabajo socialmente necesario a escala global. La ley del valor, lejos de diluirse en el mercado mundial, se reafirma como el principio disciplinador que organiza la competencia, la desigualdad y la dinámica de la acumulación en el capitalismo contemporáneo. Esto implica que:
El error de medir la hegemonía por el PBI
Una parte significativa de los diagnósticos que sostienen que China habría “superado” a Estados Unidos se apoya en indicadores agregados como el Producto Bruto Interno (PBI) medido en paridad de poder adquisitivo (PBI-PPA) o en el volumen físico de la producción industrial. Sin embargo, estos indicadores —útiles para ciertas comparaciones macroeconómicas— resultan conceptualmente insuficientes desde una perspectiva marxista, ya que no expresan relaciones de valor, sino construcciones estadísticas que homogeneizan realidades productivas heterogéneas bajo supuestos convencionales de precios y canastas de consumo.
Desde la posición defendida por Marx, el problema no radica en quién produce más mercancías en términos físicos, sino en cómo se estructura la valorización del capital a escala mundial. La magnitud del PBI, incluso cuando se expresa en PPA, no informa sobre los mecanismos de realización del valor ni sobre la distribución efectiva de la plusvalía entre capitales en competencia. En este sentido, el énfasis en el volumen productivo tiende a ocultar las mediaciones fundamentales que determinan la hegemonía en el capitalismo contemporáneo.
La pregunta central, desde Marx, no es cuántas toneladas de acero, automóviles o bienes manufacturados produce una economía nacional, sino:
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¿Dónde se realiza el valor producido?
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¿Qué capitales capturan los mayores márgenes de ganancia?
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¿Quién controla los nodos estratégicos de la acumulación —finanzas, tecnología, logística, propiedad intelectual—?
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¿Qué moneda opera como equivalente general mundial y medio privilegiado de reserva, pago y valorización?
Estas dimensiones remiten a relaciones sociales de poder y no a magnitudes físicas de producción. Bajo estos criterios, esta preeminencia no se define por la escala productiva en abstracto, sino por la capacidad de un conjunto de capitales para imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema. En todos estos planos —financiero, monetario, tecnológico y geopolítico— Estados Unidos conserva, al menos por el momento, una posición dominante, tal como lo reflejan diversos informes económicos y financieros internacionales.
Producción de valor versus apropiación de valor
Durante un prolongado período (y en buena medida todavía en la actualidad) una porción significativa del valor producido por el trabajo chino se realizó bajo condiciones estructuras desfavorables. Estas condiciones incluyen márgenes de ganancia relativamente bajos en los eslabones productivos, dependencia tecnológica respecto de capitales extranjeros y una inserción subordinada en cadenas globales de valor dominadas por grandes corporaciones estadounidenses y europeas. En este esquema, China funcionó principalmente como espacio de producción intensiva de trabajo, mientras que la captura de rentas extraordinarias se concentró en los segmentos de diseño, financiamiento, comercialización y control de marcas.
De este modo, la diferencia entre producción de valor y apropiación de valor resulta clave para comprender los límites de una lectura que equipara crecimiento económico o expansión industrial con hegemonía. La estructura jerárquica del capitalismo mundial permite que grandes masas de plusvalía sean generadas en determinadas regiones, pero realizadas y apropiadas en otras, allí donde se concentran los capitales con mayor poder financiero, tecnológico y monetario. La hegemonía, por tanto, no se define únicamente en la fábrica, sino en el control de los mecanismos que transforman el trabajo social en valor realizado y capital valorizado.
Precios y estándares fijados fuera de China
Expresado en términos marxistas, China se constituyó —y en parte continúa siéndolo— como una gran productora de valor que no controla plenamente las condiciones de su realización. La ley del valor no opera únicamente en el interior de las unidades productivas, sino en el espacio social en el que se fijan los precios de producción, los estándares tecnológicos y las normas de competencia. En este plano, la apropiación diferencial del plusvalor tiende a concentrarse en aquellos capitales que dominan los eslabones estratégicos del proceso de acumulación: finanzas, tecnología de punta, propiedad intelectual, marcas globales y control monetario.
La fijación de precios internacionales, los estándares técnicos y las normas de calidad no son simples convenciones neutrales, sino formas institucionalizadas de poder económico. Estos mecanismos definen qué trabajos cuentan como plenamente productivos de valor y cuáles quedan subordinados a lógicas de bajo margen. En este sentido, aun cuando una economía concentre grandes volúmenes de producción material, su capacidad de apropiarse del valor generado depende de su posición relativa en la jerarquía global de capitales. Durante un largo período, China se insertó en esta estructura como proveedora de trabajo productivo intensivo, mientras la valorización ampliada se realizaba mayormente fuera de su territorio.
La dependencia de estándares fijados externamente implica que los aumentos de productividad logrados en la esfera productiva no se traducen automáticamente en mayores márgenes de ganancia. Por el contrario, la competencia internacional tiende a trasladar estas mejoras hacia la reducción de precios, beneficiando a los capitales que controlan la comercialización, el financiamiento y las tecnologías clave. De este modo, la subordinación no adopta la forma clásica del “atraso”, sino la de una integración funcional al mercado mundial bajo condiciones asimétricas de valorización.
El papel del dólar y la jerarquía monetaria
Un elemento sistemáticamente subestimado por las interpretaciones que anuncian un declive inminente de la hegemonía estadounidense es el papel del dólar como equivalente general mundial. Mientras el comercio internacional, las finanzas globales y los precios de las mercancías estratégicas continúen denominándose predominantemente en dólares, Estados Unidos conserva una palanca decisiva en el proceso de apropiación de valor a escala mundial.
Este predominio monetario no debe interpretarse como un simple “truco” financiero ni como una anomalía institucional desligada de la producción real. Se trata, por el contrario, de una relación social material, anclada en la estructura del capitalismo global. La centralidad del dólar permite a Estados Unidos financiar déficits estructurales sin enfrentar las restricciones que pesan sobre otras economías, atraer capitales en contextos de inestabilidad global y canalizar flujos de valor hacia su sistema financiero. Asimismo, condiciona las políticas económicas de otros Estados, que deben gestionar sus balanzas externas, niveles de endeudamiento y estrategias de acumulación en función de una moneda que no controlan.
En este marco, la jerarquía monetaria actúa como un mecanismo de redistribución internacional del valor, reforzando la posición dominante de los capitales asentados en el centro del sistema. La capacidad de emitir la moneda mundial no elimina las contradicciones del capitalismo estadounidense, pero le otorga márgenes de maniobra significativamente superiores a los de sus competidores. Nada de esto se desmorona automáticamente porque China alcance o supere a Estados Unidos en algún indicador agregado de producto o producción física.
Desde esta perspectiva, la hegemonía no puede evaluarse mediante comparaciones estáticas de PBI, sino a partir del análisis de las relaciones estructurales de valorización, en las que la moneda, las finanzas y el control de los estándares globales desempeñan un papel decisivo. El mercado mundial sigue siendo, en este sentido, el espacio privilegiado en el que se dirime la lucha por la apropiación del valor, y no un simple escenario de intercambio entre economías nacionales formalmente equivalentes.
¿Manotazos de ahogado o defensa consciente de la hegemonía?
Caracterizar la política económica y geopolítica de Estados Unidos como una sucesión de “manotazos de ahogado” introduce una concepción de la hegemonía como un fenómeno de decadencia pasiva, casi biológica, ajena a la dinámica concreta de la acumulación capitalista. Desde una perspectiva marxista, esta lectura resulta insostenible. El capital no “declina” de manera automática: lucha por preservar sus condiciones de valorización.
Lo que se observa en la actualidad no es un colapso espontáneo del poder estadounidense, sino una estrategia activa y consciente de defensa de sus posiciones dominantes en la jerarquía del valor a escala mundial. Esta estrategia se expresa en múltiples dimensiones interrelacionadas: la intensificación de la guerra comercial, la imposición de restricciones tecnológicas, el control de sectores estratégicos como los semiconductores avanzados, la presión financiera y monetaria ejercida a través del sistema dólar, y la reorganización selectiva de las cadenas globales de valor.
Estas políticas no deben interpretarse como reacciones desesperadas, sino como formas concretas de la competencia intercapitalista en su fase contemporánea. El Estado estadounidense actúa como garante colectivo de los intereses de sus capitales más concentrados, interviniendo para sostener su posición en los segmentos de mayor rentabilidad y control estratégico. En este sentido, la geopolítica no se superpone mecánicamente a la economía, sino que constituye una mediación central en la lucha por la apropiación del valor en el mercado mundial.
¿Es inevitable que China “supere” a Estados Unidos?
La historia del capitalismo no se rige por inevitabilidades lineales ni por simples extrapolaciones estadísticas. La ley del valor no garantiza transiciones suaves, pacíficas ni automáticas entre potencias dominantes. Los cambios en la jerarquía mundial del capital, cuando ocurren, se producen a través de crisis, rupturas, reestructuraciones violentas y conflictos, y no mediante un ordenado reemplazo de posiciones en los rankings de producto o producción industrial.
China enfrenta, además, contradicciones internas de gran envergadura que condicionan su capacidad para transformar su peso productivo en hegemonía plena de valorización. Entre ellas destaca la profunda corrección del sector inmobiliario, que durante años representó cerca del 35 % de su PBI. Desde 2021, este sector atraviesa una crisis severa, marcada por la quiebra de grandes conglomerados como Evergrande, la caída acumulada de los precios inmobiliarios —estimada entre un 20 y un 30 % en diversas regiones— y el consiguiente deterioro de la riqueza de los hogares y del consumo interno.
A estas tensiones se suman problemas estructurales como la sobreacumulación de capital, la presión a la baja sobre la rentabilidad, crecientes fragilidades financieras, el envejecimiento acelerado de la población y una elevada dependencia de los mercados externos para la realización del valor. Estas contradicciones no anulan el dinamismo del capitalismo chino, pero sí cuestionan cualquier lectura que asuma una transición hegemónica inevitable y lineal.
Desde esta perspectiva, el ascenso de China no puede entenderse como un simple “relevo” dentro de un sistema estable, sino como un proceso conflictivo y abierto, atravesado por la lucha entre capitales y por los límites internos de la acumulación. Nada garantiza que la expansión productiva se traduzca automáticamente en control de la moneda mundial, de las finanzas globales o de los estándares tecnológicos que definen la valorización dominante. La hegemonía, en el capitalismo, no se hereda ni se contabiliza: se disputa.
China es, sin duda, una potencia productiva de primer orden. Su capacidad para movilizar fuerza de trabajo, elevar la productividad y expandir su base industrial la sitúa en el centro de la dinámica contemporánea de la acumulación. Sin embargo, esta fortaleza productiva no se traduce automáticamente en hegemonía en la ley del valor. Estados Unidos continúa ocupando una posición decisiva como centro de realización, redistribución y apropiación del valor a escala mundial, apoyado en el control de la moneda dominante, del sistema financiero global, de los estándares tecnológicos y de los principales nodos estratégicos de la acumulación.
Reducir esta problemática a una competencia de PBI —sea en términos nominales o de paridad de poder adquisitivo— implica abandonar el terreno de la crítica marxista de la economía política y deslizarse hacia un economicismo superficial, incapaz de captar las mediaciones fundamentales que estructuran el capitalismo global. La hegemonía no se define por agregados estadísticos, sino por la capacidad de imponer las condiciones generales de valorización al resto del sistema.
La disputa entre Estados Unidos y China, lejos de estar resuelta, permanece abierta y atravesada por profundas contradicciones. No se dirime por simple inercia histórica ni por la acumulación mecánica de indicadores cuantitativos, sino en el terreno conflictivo de la acumulación capitalista mundial, donde la lucha entre capitales, Estados y bloques económicos redefine permanentemente las jerarquías del valor. En ese terreno, la clase obrera no tiene nada que ganar.
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