27 de febrero de 2026

La claudicación de la izquierda


Está entrada fue publicada el año pasado, hoy lo reduproduzco sin modificacion alguna.

La reciente convocatoria de la izquierda institucional y el sindicalismo "combativo" para enfrentar la reforma laboral de Milei no es más que un nuevo acto en la tragicomedia del filoperonismo ilustrado. Bajo la consigna de "derrotar la reforma en las calles", los partidos del Frente de Izquierda y sus satélites no hacen más que reafirmar su rol como la retaguardia crítica de la burocracia sindical de la CGT.

1. El mito de los "derechos conquistados"

Mientras La Izquierda Diario agita banderas en defensa de la legislación laboral vigente, omite deliberadamente que ese marco legal es el mismo que ha parido un 50% de trabajadores informales. Defender el "modelo sindical" actual no es defender a la clase trabajadora, sino defender la estructura que permite a la burguesía nacional (esa "burguesía chatarrera" de PYMES evasoras) seguir explotando proletarios sin aportes ni futuro. La izquierda se convierte así en la guardiana de una legalidad burguesa que ya solo existe en los papeles de los privilegiados con convenio.

2. El seguidismo a la burocracia cegetista

Aunque el texto de la izquierda intente distanciarse de la "pasividad" de los capos sindicales, al marchar en la misma fecha y hacia los mismos puntos neurálgicos, terminan siendo el decorado "revolucionario" de la CGT. En lugar de denunciar a la central obrera como una organización fascista y corporativista que vive de la cuota sindical obligatoria, la izquierda les pide "plan de lucha". Es el mendigar de un esclavo que le pide a su capataz que lo guíe mejor.

3. La trampa del nacionalismo económico

La retórica de "defender el patrimonio nacional" y las empresas del Estado, tan presente en las consignas de la jornada, demuestra que la izquierda trotskista no busca la abolición del Estado capitalista, sino su gestión. Para un marxista, no hay diferencia entre ser explotado por un CEO de Silicon Valley o por un administrador estatal en una oficina de Buenos Aires. La izquierda, al defender el estatismo, defiende la forma política del Capital.

4. La ausencia de un horizonte emancipador

La jornada de lucha se agota en el reformismo. No se habla de la abolición del salario, ni de la destrucción de la mercancía, ni de la superación de la sociedad de clases. Se limitan a pedir que el ajuste "lo paguen los capitalistas", como si el Capital fuera un sujeto moral al que se le puede cobrar una multa y no una relación social alienante que debe ser aniquilada.

Conclusión: ¿Lucha o representación?

La izquierda parlamentaria necesita la calle para validar sus votos, y la burocracia necesita a la izquierda para simular un descontento que ellos mismos administran. Mientras tanto, el proletariado real —el que no tiene obra social, el que sobrevive en la miseria de "Peronia", el que es víctima de una educación estatal que solo reproduce mano de obra bruta — sigue huérfano de una verdadera alternativa.La reforma de Milei y la resistencia de la CGT/Izquierda son las dos caras de la misma moneda: la reestructuración del capital. La verdadera lucha no se da para "volver a los derechos de antes", sino para destruir el mundo que hace necesaria la existencia de patrones y sindicatos.
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24 de febrero de 2026

El capital contra el trabajo: una lectura marxista de la reforma de Milei



Desde una perspectiva marxista, las leyes y las constituciones no son marcos neutrales de convivencia, sino la superestructura jurídica que responde a una base económica determinada. La reforma laboral de Javier Milei no es un "error de cálculo" ni una medida aislada; es una ofensiva estratégica del capital sobre el trabajo para recomponer la tasa de ganancia en un momento de crisis sistémica. Como bien señaló Marx en El Capital"El capital no tiene en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero, si la sociedad no le obliga a tenerla en cuenta.". Bajo la retórica de la "libertad", el gobierno de Milei busca desmantelar precisamente esos mecanismos de presión social y legal que históricamente han puesto límites a la voracidad de la acumulación.

El ejército industrial de reserva y la disciplina del hambre

La reforma busca institucionalizar la precariedad. Al extender el periodo de prueba (de 3 a 6 meses, e incluso hasta un año) y facilitar el despido, el Estado permite que la fuerza de trabajo sea tratada como una mercancía de rotación rápida. Para Milei, esto es un acto de liberación de las "trabas" estatales. El presidente ha sostenido con frecuencia: "Donde hay un derecho, hay una necesidad, y donde hay una necesidad, hay un problema... porque el derecho alguien lo tiene que pagar y los recursos son finitos." (Javier Milei). Para el marxismo, esta frase revela la lógica más cruda del capital: los derechos de los trabajadores son vistos como "fricciones" o costos que parasitan la ganancia. Al abaratar el despido, el gobierno alimenta el ejército industrial de reserva. Marx explicaba que la presencia de una masa de desocupados o trabajadores precarios es vital para el sistema: "La condenación de una parte de la clase obrera al ocio forzoso por el exceso de trabajo de la otra parte, y viceversa, se convierte en medio de enriquecimiento del capitalista individual." (Karl Marx, El Capital)

El "Colaborador": Fetiche, alienación y fraude laboral

La creación de la figura del trabajador "independiente" que puede contratar hasta cinco "colaboradores" es un ejercicio de fetichismo jurídico. Se busca ocultar la relación de dependencia bajo un manto de autonomía formal. Milei justifica esta visión desde su concepción del mercado como espacio de armonía: "El mercado es un proceso de cooperación social donde se intercambian derechos de propiedad voluntariamente." (Javier Milei).

Sin embargo, esta "voluntariedad" es una ficción dialéctica. En el modo de producción capitalista, el trabajador "libre" lo es en un doble sentido: libre para vender su fuerza de trabajo y "libre" de cualquier medio de producción para subsistir. Marx advertía sobre esta asimetría: "Para que el poseedor de dinero pueda encontrar la fuerza de trabajo en el mercado como mercancía, el poseedor de ésta debe venderla siempre y sólo por un tiempo determinado, porque si la vende en bloque, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se convierte de hombre libre en esclavo." (Karl Marx). Al llamar "colaborador" al empleado, se intenta borrar la conciencia de clase, transformando al explotado en un "micro-emprendedor" que debe costear sus propias herramientas, salud y jubilación, liberando al capitalista de todas sus obligaciones históricas.

El fondo de cese: La socialización del riesgo empresario

La sustitución de la indemnización por un fondo de cese laboral (donde el trabajador o la empresa aportan mensualmente) representa la transferencia definitiva del riesgo del negocio al bolsillo obrero. Mientras Milei argumenta que esto "elimina la industria del juicio", en realidad está eliminando el costo de oportunidad del capitalista para despedir. Marx explicaba que el capitalista siempre busca reducir el "tiempo de trabajo necesario" (lo que el obrero tarda en producir su propio salario) para aumentar el "plus-trabajo" (el tiempo que trabaja gratis para el patrón). Al eliminar la indemnización, el capital reduce sus costos de circulación y rotación, permitiendo una extracción de plusvalía más agresiva.

El Estado: ¿Enemigo o instrumento de clase?

Existe una contradicción aparente en el discurso oficial. Milei afirma que "el Estado es el enemigo, el pedófilo en el jardín de infantes", pero utiliza todo el poder del Estado —decretos de necesidad y urgencia, protocolos represivos de seguridad y leyes del Congreso— para imponer esta reforma.

Desde el marxismo, esta contradicción desaparece al entender la verdadera naturaleza del Estado. Como sentenciaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista"El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa." Milei no quiere destruir el Estado, quiere desmantelar sus funciones de protección social para fortalecer sus funciones de vigilancia y garantía de la propiedad privada. Es el Estado actuando como gendarme del capital.

Conclusión: La vigencia de la lucha de clases, la reforma laboral de Milei no busca crear empleo de calidad ni modernizar la economía; busca retroceder las relaciones de producción a niveles del siglo XIX, donde la resistencia obrera era ilegal y el contrato individual reinaba sobre el convenio colectivo. Frente a un modelo que reduce al ser humano a un "insumo contable" en una hoja de cálculo, la respuesta histórica sigue siendo la misma. Como concluyó Marx: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente."Hoy, la circunstancia es una reforma que busca la sumisión total del trabajo. La organización colectiva es la única herramienta capaz de frenar esta nueva etapa de acumulación por desposesión.
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22 de febrero de 2026

El fracaso de la movilización al Congreso y del paro nacional


El paro general convocada por la CGT peronista y sin movilización, acompaña por la izquierda que reclamaba un paro de esta índole: sin transporte público y una movilización al Congreso nacional para derrotar la reforma laboral "esclavista" de Milei buscaba mostrar a una fuerza social frente al gobierno de Javier Milei. Sin embargo, la convocatoria estuvo lejos de expresar una irrupción masiva y sostenida. Lo que se presentó como un punto de inflexión terminó evidenciando los límites de una estrategia que confunde aparato partidario con movimiento real y con consignas justas con orientación política efectiva.

Durante estos dos años se insistió en que el problema de las marchas anteriores había sido “logístico”: sin paro de transporte, se decía, las masas trabajadoras no podían faltar y se movilizarian para demostrar fuerza política. El argumento funcionaba como coartada. Pero cuando el paro fue general y el transporte se detuvo, la escena no cambió de manera sustancial. La debilidad no era técnica; era política.

La dirección real de las luchas

Las luchas por jubilaciones, salario o universidad no surgieron en el vacío. Estuvieron —con matices— bajo la órbita del peronismo, cabe recordar que este es un partido procapitalista: los gobernadores, los intendentes, los bloques parlamentarios y la estructura sindical nucleada en la Confederación General del Trabajo (CGT). Negar ese dato en nombre de la “unidad en la calle” fue un error de diagnóstico.

La política de una lucha es la política de su dirección. No basta con que la consigna sea “justa” —defender jubilados, salario o educación pública— si la orientación estratégica es administrar el conflicto para reposicionarse de manera electoral. El dispositivo callejero del peronismo ha funcionado históricamente como herramienta de presión y reagrupamiento para retornar al poder, no como mecanismo de un desborde del régimen capitalista.

En ese marco, la idea de un “frente Anti Milei” con dinámica propia, independiente del Partido Justicialista, fue más un deseo que una realidad objetiva. Sin el apoyo activo del aparato territorial con sus punteros y sindical del PJ, la convocatoria se diluye; con ese apoyo, queda subordinada a sus tiempos y objetivos electorales.

El aparato no es conciencia

La izquierda que optó por “sostener la banderita roja” dentro del dispositivo peronista —sea por táctica frentista o por temor a quedar aislada— terminó atrapada en una lógica ajena. Se la acusó de “derrotista” cuando señalaba que la dirección condiciona el resultado. Pero el fracaso actual muestra que el problema no era el pesimismo, sino la ausencia de una política independiente del aparato peronista.

El paro general, convocado y administrado desde arriba, puede paralizar de manera parcial la producción. Pero no construye por sí mismo una alternativa política o independiente. Cuando la huelga es concebida como un gesto simbólico o como una señal de negociación, no como un momento de organización y delimitación política, su potencia se reduce. Se transforma en acto ritual.

La contradicción es evidente: si la movilización depende del aparato del PJ, entonces no hay autonomía política; si no depende, no logra masividad. Este dilema no se resuelve con consignas altisonantes contra el “fascismo neoliberal”, sino con una estrategia que dispute efectivamente  una dirección y un programa político.

El problema de fondo

El gobierno de Milei avanza con reformas regresivas que afectan la venta de la fuerza de trabajo y su reproducción apoyándose en una base social que, aunque minoritaria en términos estructurales, se mantiene cohesionada de forma ideológica. Frente a eso, la oposición peronista oscila entre la negociación parlamentaria y la protesta controlada. No busca quebrar el rumbo general del ajuste, sino capitalizar su desgaste social.

Por eso el fracaso de la movilización no es simplemente un error táctico. Es la expresión de una política que no pretende ir más allá de los marcos del régimen. Cuando la calle se convierte en una escenografía para una disputa electoral futura, la participación popular se vuelve episódica y desmovilizada.

La izquierda socialista enfrenta entonces una disyuntiva: seguir orbitando alrededor del peronismo, esperando que la crisis lo reactive, o construir una política propia que no dependa del calendario ni del aparato del PJ. Esto implica asumir costos inmediatos —menor visibilidad, menor masividad inicial— pero ganar coherencia estratégica a largo plazo.

Más allá del episodio

El fracaso del paro y de la movilización al Congreso deja una lección incómoda: no hay atajos organizativos para suplir la ausencia de dirección política independiente. La fuerza social no se decreta; se construye. Y se construye delimitando, no disolviéndose en el aparato de otro.

Si el “frente Anti Milei” es apenas la estrategia callejera del peronismo para volver al gobierno, entonces su horizonte es la alternancia, no la transformación social. La crítica no debería dirigirse a quienes advierten este límite, sino a quienes lo naturalizan.

La cuestión no es si la causa es justa. La cuestión es que dirección política la conduce y con qué objetivo. Sin responder a eso, cada paro general corre el riesgo de convertirse en una foto más, y cada movilización en una repetición que confirma la impotencia en lugar de superarla.
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21 de febrero de 2026

Contra la precarización del trabajo

No hay un capitalismo mejor

La lógica del capital es fácil de entender: el capital que no se reproduce, que no da ganancias, se muere. Y si da ganancias, se convierten en capital y tienen que amortizarse también al siguiente ciclo. El capital engrosado con cada ciclo de beneficios necesita a su vez producir nuevos beneficios y a falta de nuevos mercados -reales o ficticios, es decir, creados a base de crédito- eso solo puede conseguirlo aumentando la explotación. Hay dos formas de hacerlo.

  1. La «ideal» según la propia burguesía es incorporar tecnologías que permitan producir más con menos horas de trabajo, es decir, aumentar la explotación relativa. En teoría eso permitiría aumentar salarios y aumentar los beneficios al mismo tiempo, pero solo a condición de que el mercado aumente también. Ese fue el motor de la expansión del capitalismo por todo el mundo durante el siglo XIX. Pero desde hace un siglo ya no quedan mercados «vírgenes». De hecho, el capital español cada vez tiene acceso a menos mercados. La consecuencia inevitable es que la mejora tecnológica no produce subidas de la masa salarial pagada en total, sino desempleo.
  2. La otra forma es simplemente pagar menos por hora trabajada, bajando salarios, firmando contratos por 4 horas que luego son de jornada completa, haciendo horas extras no remuneradas, etc.

El primer camino es el de la robotización, la digitalización, etc. El segundo el de la precarización. Desde hace décadas, por todos lados reorganizan y reestructuran la organización del trabajo, desvinculando al trabajador de lugares y equipos de trabajo, servicios básicos, expectativas de contratación e ingresos estables. Nos quiebran y atomizan para, al final, explotarnos más.

La precarización no es una política sino una necesidad del capital. Sus leyes no nos defenderán.

En España, hoy, uno de cada dos euros de crecimiento se va a remunerar el capital. Así es como el capital ha salido de la crisis… a base de empobrecernos y precarizarnos.

Por eso su legislación no va a protegernos. No subirían el salario mínimo si al mismo tiempo no bajaran los salarios de los trabajos cualificados. Nos pagan un poco más de mínimo, pero nos igualan a todos por abajo de modo que en conjunto el capital paga menos. Con la crisis se han perdido 30.000 millones en salarios, pero los beneficios han aumentado en 14.000 millones.

Los trabajadores no tenemos patria... ni sector

En todo el mundo nos llaman a cerrar filas con las necesidades de tal o cual facción del capital: Salvar la industria nacional, apoyar al pequeño comerciodescubrir unos supuestos intereses comunes con el capital catalán, andaluz o venezolano. Pero la verdad es que cuanto menos capitalizado está un sector, un país o una región, más urgente es esa necesidad de incrementar la explotación en términos absolutos para el capital.

Por eso el látigo de la juventud trabajadora, desde Berlín a Buenos Aires pasando por la puerta de nuestra casa, es el sector servicios, el menos capitalizado de los grandes sectores. Por eso los países y regiones con capitales nacionales más débiles precarizan más y más rápido. Envolvernos en la bandera regional o defender el sector sería ponernos la soga al cuello.

Los sindicatos organizan la precarización

Por eso los sindicatos han sido y son los primeros agentes de la precarización. En Navantia (astilleros) nos dicen que, sin contratos, sin ventas, no tiene sentido luchar, que tenemos que supeditar nuestras necesidades a la existencia de beneficios y aceptar trabajar -y cobrar- solo cuando la empresa tenga pedidos. En el automóvil (Opel, Seat, PSA, Ford) organizan la subasta de las condiciones de trabajo de las plantas. Nos venden que solo si aceptamos turnos demenciales, salarios más bajos y contratos sin protección, podremos ser competitivos con otras plantas de otros países… donde los sindicatos les dicen exactamente lo mismo.

¿Que hacer?

Una de las ventajas de la precarización para el capital es que nos atomiza y dificulta la lucha colectiva. Hoy nos contratan una semana limpiando, dentro de un mes hacemos un turno cargando en una almazara, un fin de semana lo salvamos sirviendo en bodas y si hay suerte, nos contratan para una campaña de teleoperadores tres meses. Somos intercambiables, flexibles… y si por ellos fuera, estaríamos completamente aislados, esperando sin ver a nadie a que se dignen a explotarnos.

Por eso lo primero que tenemos que hacer en todos lados, es romper la divisoria entre fijos y temporales, entre contratados por la empresa y subcontratados, entre un sector y otro, entre una empresa y otra. Todos somos trabajadores, todos somos más o menos precarios y si nos ponemos a ver quién está peor, acabaremos todos por debajo del mínimo de supervivencia para mayor gloria del capital nacional y su competitividad. Tenemos que movilizarnos todos juntos, como clase, y colectivamente controlar cada conquista que hagamos.

Por una movilización de todos los trabajadores juntos contra la precarización y el paro

Asambleas sin divisiones de contrato o empleador en las empresas de cierto tamaño, asambleas de trabajadores de barrio en la hostelería y el pequeño comercio.

Fin del destajo, el trabajo sin contrato y las horas extras.

Reducción de la jornada máxima a 30 horas semanales con el mismo neto mensual.

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20 de febrero de 2026

El “Estado de conmoción exterior” en Venezuela, mistificación soberanista y dominación de clase


El decreto de “Estado de conmoción exterior” promulgado por el gobierno interino de Venezuela (06/01/26), encabezado por Delcy Rodríguez (figura central del derrotado régimen de Maduro para la transición) y avalado de hecho por Washington, ha sido presentado como una respuesta defensiva frente a una supuesta agresión externa latente. Esta caracterización remite inmediatamente al uso ideológico del concepto de soberanía nacional, tratado como si se tratara de una categoría neutra y transhistórica, cuando en realidad toda soberanía es siempre la soberanía de una clase y se ejerce por sobre una mayoría mediante un aparato de Estado históricamente determinado [1].

Esta interpretación ha sido repetida de manera acrítica por amplios sectores del progresismo y de la izquierda latinoamericana, que reducen el análisis político a una oposición abstracta entre imperialismo y naciones oprimidas, omitiendo deliberadamente el examen de las relaciones de clase que subyacen internamente [2]. Desde una perspectiva marxista, sostenemos que el decreto no expresa ninguna defensa de la soberanía popular, sino un mecanismo de profundización de la dominación de clase, por parte de la burocracia estatal-militar que dirige el capitalismo de Estado venezolano.

El silencio de la izquierda


Uno de los hechos políticamente más significativos es la virtual ausencia de repudio por parte de todo el arco político de la izquierda y el progresismo latinoamericano ante la instauración del régimen de excepción. Este silencio no es accidental: es la consecuencia lógica de una inversión del método marxista, que desplaza el eje del análisis desde las relaciones sociales de producción hacia una geopolítica vulgar de alineamientos estatales [3].

Para estos sectores izquierdistas muchos de ellos nacionalistas, estatistas, resulta más importante denunciar el supuesto “robo” de los recursos venezolanos que defender las libertades democráticas elementales de una clase obrera que ha sido  llevada a su pauperizacion y la destrucción de sus organizaciones políticas perseguidos o adaptadas al estado chavista so pena de ser ilegalizadas, por los mismos aparatos que hoy dicen proveerles seguridad. La suspensión de garantías constitucionales, la criminalización de la protesta y la persecución política son justificadas en nombre de una soberanía nacional mistificada, presentada como un bien abstracto separado de las clases sociales realmente existentes en su estructura [1].

El decreto y su función real


El decreto de conmoción exterior implicó la suspensión de garantías constitucionales básicas, restricciones severas a la movilidad, prohibición de manifestaciones no autorizadas y una ampliación sustancial de las facultades represivas del aparato estatal chavista. Estas medidas fueron justificadas oficialmente como necesarias para preservar el orden institucional frente a las amenazas externas, recurriendo al argumento clásico del “estado de excepción temporal” [5].

Sin embargo, el marxismo parte de un principio elemental: el Estado no se define por su discurso jurídico, sino por su función social. Como señalaron Marx y Engels, el Estado es una forma histórica de organización del poder de clase, cuya función es garantizar la reproducción del orden social dominante. En este marco, el decreto debe entenderse como una respuesta a la crisis interna del régimen y al riesgo de recomposición de la lucha de clases, no como una defensa frente a una agresión externa.

 El Estado como instrumento de una burguesía de Estado


Desde el punto de vista marxista, el Estado no es un árbitro neutral, sino “el poder organizado de una clase para la opresión de otra”. En Venezuela, este poder se encarna en una burguesía de Estado organizada como burocracia civil-militar, que controla los recursos estratégicos, renta, comercio exterior y aparato coercitivo, y que extrae un excedente mediante mecanismos capitalistas bajo formas estatales [4].

El estado de excepción es el instrumento mediante el cual esta fracción dominante de la burguesía refuerza su control sobre la sociedad. La represión no se orienta prioritariamente contra el imperialismo, sino contra la clase obrera interna y los sectores populares, funcionando como un mecanismo preventivo frente a posibles estallidos sociales internos en un contexto de colapso económico y deslegitimación política [11].

Bonapartismo y autonomización del Ejecutivo


La concentración extraordinaria de poder en el Ejecutivo nos remite directamente a la categoría de bonapartismo desarrollada por Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Esta categoría no describe solo un estilo personal de gobierno, sino una forma específica de dominación política en la que el Ejecutivo se vuelve autónomo relativamente de la sociedad, apoyándose en la burocracia y el aparato militar para preservar el orden social existente [6].

El régimen venezolano reproduce este esquema: suspensión de garantías, fortalecimiento del aparato represivo y utilización del conflicto externo como coartada ideológica. El Ejecutivo se presenta como un árbitro situado por encima de las clases sociales, cuando en realidad actúa como garante de los intereses de la burguesía de Estado, encubriendo esta función bajo una apariencia de neutralidad institucional [7].

Nacionalismo y fetichismo de la soberanía


La coerción estatal se complementa con una intensa producción ideológica. Como señalaron Marx y Engels en La ideología alemana, las ideas dominantes son siempre las ideas de la clase dominante. En este caso, el discurso de la soberanía nacional cumple una función decisiva al presentar los intereses de la burocracia estatal-militar como si fueran los intereses generales de la nación [8].

Esta operación constituye un fetichismo de la soberanía: una abstracción política que oculta relaciones sociales concretas de una dominación de clase, del mismo modo que el fetichismo de la mercancía oculta la explotación bajo el velo del intercambio [9]. El conflicto de clases es desplazado ideológicamente hacia una falsa confrontación entre la “patria” y el “enemigo externo”.

La falsa alternativa impuesta a la clase obrera


El resultado político de este proceso es la imposición de una falsa polarización politica. Por un lado, el imperialismo estadounidense y sus aliados locales, que impulsan una restauración neoliberal abierta; por otro, la burocracia estatal-militar, que administra un capitalismo de Estado autoritario y represivo. Esta polarización no es una descripción neutral de la realidad social, sino un dispositivo político que bloquea la emergencia de una alternativa de la clase obrera independiente [10].

El régimen de excepción no resuelve ninguna de las condiciones materiales que afectan a la clase obrera venezolana como ser —hambre, hiperinflación, precarización y colapso de los servicios públicos—. Su función es administrar la crisis social y económica mediante la represión estatal, la criminalización de la protesta y el control social preventivo [11].

Conclusion: El “Estado de conmoción exterior” aplicado por el chavismo reciclado no constituye una defensa de la soberanía popular, sino un reforzamiento del aparato represivo del Estado al servicio de una fracción específica del capital. La defensa acrítica de este régimen por parte de sectores de izquierda no solo no fortalece la lucha contra el imperialismo, sino que legitima la represión contra la propia clase trabajadora [12].

Renunciar al análisis de clase en nombre de un antiimperialismo abstracto implica una capitulación política, esto significa abandonar la defensa de las libertades democráticas y adaptarse al poder estatal existente [13]. El caso venezolano confirma una tesis central del marxismo: cuando las contradicciones de clase se agudizan y el consenso institucional se erosiona, el Estado tiende a mostrarse de manera cada vez más abierta como lo que siempre fue: un aparato de coerción al servicio de la clase dominante. [14]
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Notas

[1] El uso del término “soberanía” en el discurso oficial debe ser analizado con extremo cuidado. En el marxismo no existe ninguna noción transhistórica de soberanía nacional: toda soberanía es siempre soberanía de una clase determinada, ejercida mediante un Estado históricamente situado. La apelación abstracta a la soberanía suele funcionar como cobertura ideológica de relaciones sociales concretas de dominación.

[2] La caracterización del régimen venezolano como “antiimperialista” omite sistemáticamente el análisis de las relaciones sociales internas de producción y del carácter de clase del Estado. Esta omisión no es un error teórico inocente, sino una operación política que reemplaza el análisis materialista por una geopolítica vulgar de bloques enfrentados.

[3] La izquierda que justifica la suspensión de libertades democráticas en nombre del enfrentamiento al imperialismo incurre en una inversión completa del método marxista. Para Marx, la cuestión central nunca fue qué Estado se enfrenta a cuál, sino qué clase domina y bajo qué formas políticas ejerce su poder politico.

[4] Cuando aquí se habla de “burguesía de Estado” no se alude a una metáfora ni a una desviación moral del socialismo, sino a una fracción social concreta que controla los medios de producción, renta, comercio exterior y aparato coercitivo, y que extrae excedente mediante mecanismos capitalistas, aunque bajo formas estatales.

[5] El argumento según el cual las restricciones a las libertades son “temporales” o “necesarias” en contextos excepcionales ignora un hecho histórico elemental: los estados de excepción tienden a consolidarse y a normalizarse, especialmente cuando cumplen una función estructural en la preservación del orden social existente.

[6] La categoría de bonapartismo no debe entenderse como una descripción psicológica del liderazgo político, sino como una forma específica de dominación política en la que el Ejecutivo se vuelve autónomo relativamente de la sociedad, apoyándose en la burocracia y el aparato militar, sin dejar por ello de servir a intereses de clase bien definidos.

[7] La presentación del Ejecutivo como “árbitro” por encima de las clases sociales constituye una de las mistificaciones centrales del bonapartismo. En realidad, esta supuesta neutralidad es la forma política que adopta la dominación cuando las clases fundamentales no logran imponer su hegemonía de manera estable.

[8] El nacionalismo estatal cumple una función análoga a la de la mercancía en el análisis de Marx: oculta las relaciones sociales concretas bajo formas aparentemente universales. Hablar en nombre de “la patria” permite borrar, en el plano ideológico, la división entre explotadores y explotados.

[9] El fetichismo de la soberanía no implica negar la existencia de presiones o conflictos interestatales reales, sino señalar que estos conflictos son utilizados ideológicamente para subordinar a la clase trabajadora a los intereses de su propia burguesía interna—en este caso, una burguesía de Estado.

[10] La falsa polarización entre imperialismo y burocracia estatal-militar no es una casualidad discursiva, sino un dispositivo político que bloquea la emergencia de una alternativa de clase independiente. La clase obrera es empujada a elegir entre dos variantes de dominación capitalista.

[11] La criminalización de la protesta y la persecución de la prensa no deben analizarse como “excesos” o “desviaciones autoritarias”, sino como mecanismos preventivos frente a una posible recomposición de la lucha de clases en condiciones de crisis económica aguda.

[12] La defensa acrítica del régimen venezolano por parte de sectores de izquierda no fortalece la lucha contra el imperialismo, sino que la debilita, al identificar el socialismo con formas estatales represivas y con la negación de derechos democráticos elementales a la clase obrera como ser: el derecho a la protesta, la libertad de reunión y la libertad de prensa .

[13] Desde el punto de vista marxista, no existe contradicción entre la defensa de las libertades democráticas y la crítica al imperialismo. Por el contrario, la renuncia a esas libertades en nombre de un antiimperialismo abstracto implica una adaptación directa al poder estatal existente.

[14] El caso venezolano confirma una tesis clásica del marxismo, cuando las contradicciones de clase se agudizan y el consenso institucional se erosiona, el Estado tiende a mostrarse de manera cada vez más abierta como lo que siempre fue: un aparato de coerción al servicio de la clase dominante.


14 de febrero de 2026

El secreto de la acumulación capitalista: la extracción de plusvalía

En este post analizamos el concepto de plusvalía, piedra angular de la crítica de la economía política de Karl Marx, examinando su vigencia en la estructura productiva contemporánea. A través de una metodología analítica, desglosaremos la transformación del valor y la naturaleza de la explotación capitalista.




Para comprender la arquitectura del capitalismo, es imperativo distinguir entre el trabajo (la actividad productiva en sí) y la fuerza de trabajo (la capacidad física y mental de trabajar). La plusvalía no surge de un intercambio desigual en el mercado, sino del proceso mismo de producción.

La mercancía "fuerza de trabajo"

A diferencia de cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo posee la cualidad única de crear un valor superior a su propio costo de reproducción. Como señala Marx en El capital: «El valor de la fuerza de trabajo, al igual que el de toda otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción [...] de este artículo específico» (Marx, El capital, Vol. I).

Trabajo socialmente necesario vs. trabajo excedente

El proceso laboral se divide en dos magnitudes temporales:

Tiempo de trabajo socialmente necesario: El periodo en el que el obrero produce el valor equivalente a su salario (lo indispensable para su subsistencia: alimento, vivienda, vestido).

Tiempo de trabajo excedente: El periodo en que el obrero trabaja más allá de lo estrictamente necesario. El valor creado en este intervalo es la plusvalía, de la cual el capitalista se apropia sin retribución alguna.

Tomemos como ejemplo una fábrica de calzado con una jornada laboral de ocho horas en una planta moderna:

Valor del salario diario: Equivalente a cuatro horas de trabajo.

Materia prima y desgaste de maquinaria: Equivalente a un valor fijo por unidad.

Dinámica: Al llegar a la cuarta hora, el obrero ya ha generado el valor correspondiente a su salario. Sin embargo, su contrato lo obliga a trabajar cuatro horas adicionales. La riqueza producida en esas últimas cuatro horas constituye la plusvalía. Como afirmaba Friedrich Engels en el Anti-Dühring: «La plusvalía es el producto del trabajo que el obrero entrega al capitalista sin recibir por él ningún equivalente».

Plusvalía absoluta y relativa

El capital emplea dos estrategias para incrementar esta magnitud:

Plusvalía absoluta: Se obtiene mediante la prolongación de la jornada laboral (por ejemplo, trabajar diez horas en lugar de ocho).

Plusvalía relativa: Se obtiene reduciendo el tiempo de trabajo necesario mediante la mejora de la tecnología y la productividad. Si el obrero produce el valor de su salario en dos horas en lugar de cuatro, el tiempo excedente aumenta sin necesidad de alargar la jornada.

Rosa Luxemburgo, en Reforma o revolución, subraya que este proceso es el motor de las crisis: «El capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a la expansión ilimitada de la producción, mientras que el consumo de la masa obrera se mantiene limitado por las leyes de la plusvalía».

Del taller a la plataforma: La plusvalía en la era digital

En la actualidad, el concepto de plusvalía se manifiesta de forma aguda en el llamado tecnofeudalismo. En las plataformas de delivery o transporte, el capitalista ni siquiera provee las herramientas de trabajo (la bicicleta o el automóvil), pero extrae una plusvalía elevada mediante el control del algoritmo, reduciendo el «trabajo necesario» al mínimo biológico del repartidor.

Para analizar el caso de un trabajador de plataforma (como un repartidor de Rappi o Uber Eats) bajo la lupa de la teoría de la explotación de Marx, debemos notar un cambio fundamental en la composición orgánica del capital. En este modelo, el capitalista ahorra la inversión en «capital constante» (c), transfiriendo tanto el costo como el riesgo directamente al trabajador.

El cálculo en la economía de plataformas

Imaginemos la jornada de un repartidor que genera $100 de facturación total en un día:

1. Los costos transferidos

A diferencia de la fábrica tradicional, aquí el trabajador aporta sus propios medios de producción:

Mantenimiento y suministros: El costo de la bicicleta, moto o celular, más el combustible, suma un estimado de $20. (Esto representa el capital constante c, pero en este caso lo sufraga el obrero).

La comisión de la plataforma: La empresa suele retener un promedio del 30% de la facturación bruta por el uso del algoritmo.

2. Desglose de la plusvalía digital

Si la facturación es de $100, el desglose económico sería el siguiente:

Ingreso bruto del repartidor: $70 (tras la comisión de la aplicación).

Gasto operativo del repartidor: -$20.

Ingreso neto (Salario real o v): $50.

Por otro lado, la plataforma obtiene:

Plusvalía (s): $30.

Inversión de la empresa (c): Casi nula en términos de mantenimiento físico por viaje (se limita al costo marginal del servidor y el software).

3. El tiempo de trabajo en la aplicación

Si el repartidor trabaja 10 horas para alcanzar esos $100:
 
Tiempo de trabajo necesario: Para cubrir sus gastos operativos ($20) y su sustento básico ($50), el trabajador necesita generar un total de $70. A un ritmo de $10 por hora, esto le toma 7 horas.

Tiempo de trabajo excedente: Las últimas 3 horas de pedaleo o conducción son destinadas íntegramente a generar la ganancia de la plataforma.

¿Por qué hablamos de «tecnofeudalismo»?

A diferencia de la fábrica tradicional, donde el patrón provee la maquinaria y el obrero aporta su fuerza de trabajo, en el modelo de plataformas se observa lo siguiente:

Ausencia de inversión en capital constante (c)La empresa no adquiere la motocicleta, no asume el costo del seguro ni sufraga el combustible.

Extracción de una renta: La plataforma actúa como un «señor feudal», dueño del «camino» (el algoritmo). Así, cobra un peaje (comisión) por el simple hecho de permitir al trabajador operar en su territorio digital.

Plusvalía relativa extrema: El algoritmo utiliza la gamificación y sistemas de recompensas para acelerar el ritmo de trabajo. Si el repartidor logra realizar más pedidos en menos tiempo, reduce su «tiempo de trabajo necesario» y aumenta la plusvalía de la empresa sin que esta deba realizar inversión adicional alguna.

El impacto de la reforma laboral

Bajo la figura del «trabajador independiente con colaboradores», se introducen cambios estructurales que afectan la tasa de explotación:

Eliminación de la presunción de laboralidad: Al diluirse la relación de dependencia, la empresa elimina el riesgo de litigios por accidentes o despidos. Esto reduce sus costos indirectos y eleva su tasa de ganancia neta.
 
Aumento del «ejército industrial de reserva»: Al facilitar la figura del «colaborador», se incrementa la competencia entre trabajadores. Si hay cien repartidores esperando un pedido en la misma esquina, la plataforma puede permitirse reducir el pago por envío. Esto obliga al individuo a trabajar 12 o 14 horas para cubrir el mismo salario básico (v).

En cifras: Si debido a la saturación de repartidores ahora se requieren 9 horas para cubrir los costos básicos de vida, el «tiempo de trabajo excedente» se vuelve más agotador y peligroso. Sin embargo, la tasa de plusvalía para la aplicación se mantiene o incluso sube gracias al volumen total de trabajadores activos.

Conclusión final: La teoría de la plusvalía revela que el «contrato libre» entre el capital y el trabajo es una ficción jurídica que encubre una relación de subordinación económica sistémica. El beneficio no emana del ingenio del empresario, sino de aquella porción de la vida del trabajador que no es remunerada.
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11 de febrero de 2026

La reforma laboral y el problema de fondo que nadie quiere discutir (IV)

Para seguir el hilo de la critica ver las publicaciones anteriores: Introducción, en la segunda abordamos sobre la libertad contractual o coercion económica, y en la anterior publicación tratamos la posición del sindicalismo y el análisis de la izquierda trotskista



 Iglesia, humanismo y conciliación de clases: la crítica moral como contención social

Ante el debate en torno al proyecto de reforma laboral impulsada por el gobierno de Milei, la Iglesia Católica argentina intervino con declaraciones, documentos y llamados a la reflexión. Obispos, voceros pastorales y organismos vinculados a la doctrina social alertaron sobre el impacto social del ajuste, la pérdida de derechos y la necesidad de preservar la “dignidad del trabajo”. A primera vista, podría parecer una posición progresiva. Sin embargo, desde una perspectiva marxista, esta intervención cumple una función política muy precisa: contener el conflicto social sin cuestionar la estructura de la explotación.

El discurso eclesial evita sistemáticamente hablar de capital y trabajo como clases antagonistas. La explotación desaparece como categoría y es reemplazada por nociones éticas generales: injusticia, desigualdad, exclusión. El trabajo no aparece como una mercancía sometida a la ley del valor, sino como un valor moral abstracto, casi espiritual, que debe ser “cuidado” por todos los actores sociales.

Esta forma de abordar el problema no es neutral. Al deshistorizar la relación salarial, la Iglesia naturaliza el capitalismo. El conflicto no surge de la dinámica objetiva de la acumulación, sino de los desvíos morales, de excesos ideológicos o falta de sensibilidad. El capital no explota: se equivoca. Y si se equivoca, puede corregirse sin alterar las relaciones sociales de fondo.

En este marco, la solución propuesta es siempre el diálogo. La Iglesia llama al “encuentro entre sectores”, a la responsabilidad compartida y a la paz social. Capital y trabajo aparecen como partes simétricas que deben escucharse mutuamente. El antagonismo de clase se diluye en una ética de la conciliación.

Desde el punto de vista marxista, este planteo es profundamente conservador y reaccinario. No porque la Iglesia apoye abiertamente el proyecto de la reforma laboral —muchas veces la critica—, sino porque niega el carácter estructural del conflicto. Si el problema es la falta de diálogo, la solución nunca será la lucha de clases, sino la mediación.

Esta función conciliadora no es nueva. Históricamente, la Iglesia ha actuado como factor de cohesión del orden social en momentos de crisis. Su preocupación central no es la superación de la explotación capitalista, sino la preservación del tejido social frente a los efectos más destructivos del capital. No busca derrotar el ajuste, sino evitar que genere rupturas sociales incontrolables.

Por eso su crítica a la reforma laboral es siempre moderada. Se cuestionan las formas, los tiempos, la dureza del discurso oficial, pero no la lógica que lo sustenta. Nunca se plantea que el capital necesita degradar las condiciones de trabajo para sostener la rentabilidad. Esa explicación queda fuera de su horizonte.

El discurso de la “dignidad del trabajo” cumple aquí un rol ideológico clave. Al separar el trabajo de las relaciones sociales que lo determinan, permite denunciar la precarización sin explicar sus causas. El salario se convierte en un problema moral, no económico. El trabajador es una víctima, no un sujeto explotado en una relación social específica.

Esta visión empalma perfectamente con el peronismo y la burocracia sindical integrado al capital. Todos comparten el mismo marco: capitalismo con rostro humano, regulación estatal, negociación permanente. La Iglesia no es una voz disonante, sino una pieza más del dispositivo de contención social que busca canalizar el malestar sin poner en cuestión el orden social existente.

Desde una perspectiva materialista, el límite de esta posición es evidente. La explotación no se corrige con exhortaciones éticas. La conciliación de clases no elimina la subordinación del trabajo al capital. Mientras la Iglesia se niegue a reconocer el carácter estructural de la relación salarial, su intervención seguirá funcionando como un freno ideológico a la radicalización de la crítica.

El proyecto de reforma laboral de Milei vuelve a poner esto en evidencia. Frente a una ofensiva abierta del capital, la Iglesia responde con moralismo. Y el moralismo, en política, no es neutral: desarma la comprensión del conflicto y refuerza la estabilidad del sistema.

Socialismo, Partido Comunista y progresismo: críticas al ajuste sin ruptura con el capital

Frente a esta avanzada del capital sobre el trabajo del gobierno de Milei, los partidos y corrientes que se reclaman socialistas, comunistas o progresistas adoptaron una posición crítica. Denuncian el retroceso en derechos, el impacto social negativo y la brutalidad del ajuste. Sin embargo, más allá del tono opositor, sus lecturas comparten un límite estructural: aceptan el capitalismo como horizonte y discuten la reforma solo en términos de sus efectos, no de sus causas.

El Partido Socialista Argentino ofrece un ejemplo claro. Su rechazo a la reforma se articula en torno a la defensa de la institucionalidad burguesa, la Constitución y los consensos democráticos. El problema central no sería la subordinación del trabajo al capital, sino la ruptura de las reglas, el autoritarismo o la falta de diálogo parlamentario. El conflicto de clase queda desplazado por un lenguaje republicano que despolitiza la explotación.

En esta visión, el mercado de trabajo no es una relación social atravesada por la ley del valor, sino un espacio que puede funcionar “mejor” si está correctamente regulado por el Estado. La crítica apunta al “exceso” liberal, no a la lógica capitalista que lo produce. El socialismo se reduce, así, a un reformismo jurídico que defiende el pasado sin cuestionar sus límites históricos.

El Partido Comunista Argentino adopta un discurso más combativo, pero su estrategia converge en otro punto problemático: el frentepopulismo. La reforma laboral es denunciada como una política “neoliberal” que debe ser enfrentada mediante la unidad de un campo nacional y popular amplio, encabezado por un Estado fuerte. El enemigo no es el capital como relación social, sino una fracción “antipopular” del mismo.

Esta lectura fragmenta el análisis de clase. El capital deja de ser una totalidad social y se divide entre “bueno” y “malo”, “productivo” y “financiero”, “nacional” y “externo”. La explotación queda subordinada a una narrativa de desarrollo nacional que no cuestiona la relación salarial, sino que busca gestionarla de otra manera.

El progresismo, por su parte, se mueve casi exclusivamente en el terreno de la sensibilidad social. El proyecto de la reforma laboral es criticada por su crueldad, por el sufrimiento que genera y por el aumento de la desigualdad. Pero estas categorías, aunque reales, no explican nada por sí mismas. Describen consecuencias sin analizar las causas sin atacar las causas que la generan.

En el discurso progresista, el ajuste aparece solo como una decisión ideológica equivocada, no como una necesidad estructural del capital. Milei es presentado como un fanático insensible, no como el ejecutor de una lógica que atraviesa a los gobiernos de distinto signo. La explotación se transforma en un problema de empatía.

Este enfoque termina empalmando con la Iglesia y con la burocracia sindical peronista. Todos comparten una crítica moral al ajuste y una defensa abstracta de los derechos, pero eluden explicar por qué esos derechos son permanentemente erosionados bajo el capitalismo. El sistema aparece como corregible; el conflicto, como administrable.

Desde una perspectiva de clase, este es el límite común de estas corrientes. Rechazan la reforma laboral, pero no cuestionan la relación social que la hace necesaria. Defienden al trabajo, pero no ponen en discusión el trabajo asalariado como forma histórica de explotación bajo el sistema capitalista.

El resultado es una oposición que puede frenar parcialmente el avance del capital, pero no ofrecer una salida estratégica. Se discute cómo gestionar el capitalismo, no cómo superarlo. Se combate el ajuste, pero no la lógica que lo reproduce.

El proyecto de reforma laboral de Milei expone con crudeza este límite. Obliga a elegir entre una crítica que se queda en la superficie —derechos, sensibilidad, institucionalidad— y una crítica que va a la raíz del problema: la subordinación del trabajo al capital.

Cerrar los ojos frente a esa raíz puede servir para construir alianzas electorales o discursos moderados. Pero no sirve para explicar por qué, una y otra vez, el capital vuelve a avanzar sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora. Y sin explicación, no hay estrategia.

¿Por qué la crítica moral no alcanza?

A lo largo de esta serie analizamos el proyecto de reforma laboral impulsada por el gobierno derechista de Javier Milei desde distintos ángulos: el discurso liberal, el consenso burgués, el rol del sindicalismo, la respuesta del trotskismo, la intervención de la Iglesia y las posiciones del socialismo institucional y el progresismo. El recorrido deja una conclusión nítida: la crítica dominante a la reforma es, en su mayoría, moral. Y ese es su principal límite.

Esta reforma laboral genera rechazo porque es brutal, explícita y regresiva. Se la percibe como injusta, insensible o cruel. Pero estas categorías, aunque expresan un malestar real, no explican nada por sí mismas. El capitalismo no se mueve por justicia o injusticia, sino por la lógica de la acumulación. Cuando esta lógica entra en tensión, el ajuste sobre el trabajo reaparece inevitablemente.

Reducir el problema a la maldad de un gobierno o a la ideología "neoliberal" de un presidente conduce a una falsa salida. Milei no inventó la necesidad de la reforma laboral. La ejecuta de una forma descarnada, pero su contenido responde a presiones estructurales que atraviesan a todo el arco político burgués. Por eso, más allá del escándalo discursivo, el consenso de fondo permanece intacto.

El liberalismo idolatra el contrato y la llama "libertad" a la coerción económica. El peronismo y el progresismo critican las formas, pero aceptan el diagnóstico. La burocracia sindical peronista administra el conflicto sin cuestionar la relación salarial. La Iglesia moraliza la explotación y predica la conciliación. El trotskismo grita “esclavitud” y reemplaza el análisis por indignación. Distintos lenguajes, el mismo límite.

Ese límite es la renuncia a analizar la relación capital–trabajo como una relación social histórica. Cuando la explotación se convierte en un problema ético, jurídico o comunicacional, deja de ser entendida como un mecanismo estructural. El salario aparece como un derecho vulnerado, no como el precio de una mercancía determinado por la ley del valor.

Desde el marxismo, la pregunta no es si la reforma es buena o mala, sino por qué el capital necesita impulsarla constantemente. Y la respuesta remite a la crisis de rentabilidad, a la presión de la competencia, a la existencia de una gran población obrera desocupada y a la tendencia permanente a abaratar la fuerza de trabajo. Nada de esto se resuelve con sensibilidad social.

La crítica moral tiene una ventaja: es fácil, inmediata y movilizadora. Pero también tiene un costo político enorme: impide construir una estrategia politica. Si el problema es la crueldad, la solución es humanizar. Si el problema es el exceso, la solución es moderar. Si el problema es Milei, la solución es reemplazarlo en futuras elecciones. En todos los casos, el capitalismo queda intacto.

Una crítica marxista no parte de la nostalgia por derechos pasados ni de la defensa abstracta del Estado burgues. Parte de entender que esos derechos son siempre precarios bajo el capitalismo, porque chocan con las necesidades de la acumulación. Defenderlos sin cuestionar esa lógica es quedar atrapado en una resistencia defensiva permanente.

Esto no significa despreciar las luchas inmediatas ni minimizar la gravedad de la reforma. Significa darles un contenido político más profundo. Luchar contra la reforma laboral sin explicar la relación salarial que la genera es preparar el terreno para la próxima derrota.

Esta serie de entradas buscó, precisamente, correr el eje del debate. Pasar del escándalo a la estructura, del moralismo al análisis, de la indignación a la comprensión. No para resignarse, sino para dejar de pelear con categorías del enemigo.

Mientras el trabajo siga siendo una mercancía y la vida esté subordinada a la valorización del capital, las reformas laborales regresivas no serán una anomalía, sino una constante histórica. Entender esto no garantiza la victoria absoluta, pero ignorarlo garantiza la derrota.

La crítica moral puede servir para descargar la bronca acumulada. El marxismo sirve para entender por qué esa bronca se reproduce una y otra vez. Y sin comprensión, no hay emancipación posible de los lazos del capital.-

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10 de febrero de 2026

La reforma laboral y el problema de fondo que nadie quiere discutir (III)

Para continuar el hilo de la crítica ver las anteriores publicaciones: la introducción, y la segunda parte.



Sindicalismo y Estado frente a la reforma laboral: administrar el conflicto, no cuestionar la explotación

Frente a la reforma laboral impulsada por el gobierno de Milei, el sindicalismo tradicional aparece, en el discurso público, como el gran opositor. Paros, comunicados, advertencias sobre el “retroceso de derechos” y llamados a la defensa del trabajo parecen ubicarlo en la vereda de enfrente. Sin embargo, un análisis materialista muestra rápidamente los límites estructurales de esa oposición.

Las principales centrales sindicales —CGT y CTA— no cuestionan el núcleo del diagnóstico capitalista. Sus dirigentes repiten una y otra vez que “Argentina necesita producir más”, que “sin crecimiento no hay derechos” y que es necesario “sentarse a dialogar” para encontrar un equilibrio entre competitividad y protección laboral. Héctor Daer lo expresó con claridad: “Estamos dispuestos a discutir modernización, pero no pérdida de derechos”. La frase es reveladora: la modernización no se discute; solo se negocian sus costos.

Desde una perspectiva marxista, esto no es una traición individual ni un problema moral. Es el resultado de la integración orgánica del sindicalismo al Estado capitalista. El sindicato ya no aparece como una organización de clase orientada al enfrentamiento estructural, sino como un mediador institucional cuyo rol es administrar el conflicto social dentro de límites aceptables para el capital.

Esta función mediadora se expresa en la centralidad del legalismo. La defensa del derecho laboral existente se transforma en el horizonte máximo de la acción sindical. La explotación como relación social desaparece del análisis y es reemplazada por la noción de “derechos adquiridos”, como si estos fueran conquistas definitivas y no formas históricas siempre reversibles, dependientes de la relación de fuerzas.

El problema de este enfoque es que fetichiza el derecho. El salario aparece como una norma jurídica a proteger, no como el precio de una mercancía determinado por la ley del valor. Cuando la acumulación entra en crisis, el capital no discute moralmente los derechos: los presiona, los erosiona o los elimina. Frente a esto, el sindicalismo integrado solo puede reaccionar defensivamente.

Por eso la respuesta predominante frente a la reforma laboral no es la confrontación estratégica, sino la negociación. Reuniones con ministros, mesas de diálogo, pedidos de moderación. Incluso cuando se convoca a medidas de fuerza, estas suelen estar cuidadosamente dosificadas, orientadas a presionar para negociar, no a bloquear el avance de fondo.

Esta lógica se repite cada vez que se plantea una reforma estructural. El sindicalismo actúa como correa de transmisión del Estado hacia la clase trabajadora, explicando por qué “no hay margen”, por qué “la situación es difícil” y por qué es necesario ceder para evitar algo peor. El ajuste aparece así como un mal inevitable que debe administrarse de manera “responsable”.

En este punto, el sindicalismo converge con el peronismo y el progresismo. Comparten la misma concepción: el capitalismo es el marco insuperable y el Estado debe garantizar gobernabilidad. La lucha de clases se transforma en conflicto sectorial y la política en gestión.

Desde esta posición, la reforma laboral no se combate en su raíz. Se discuten artículos, se proponen enmiendas, se negocian excepciones. Pero no se cuestiona que el capital necesita abaratar la fuerza de trabajo ni que el Estado actúa como garante de ese proceso.

El resultado es una oposición que, aun siendo real, está estructuralmente limitada. Puede frenar parcialmente una reforma, dilatar su aplicación o modificar su redacción, pero no puede ofrecer una salida alternativa. El sindicalismo integrado no piensa en términos de superación de la relación salarial, sino de su regulación.

Esto explica por qué, incluso cuando el discurso sindical es duro, el horizonte estratégico permanece intacto. Se defiende el pasado, no se construye un futuro distinto. Se resiste el ajuste, pero no se cuestiona la lógica que lo produce.

Desde un punto de vista marxista, el problema no es la falta de voluntad, sino la función social que el sindicalismo cumple hoy. Mientras siga siendo un gestor del conflicto dentro del Estado capitalista, su oposición a la reforma laboral estará condenada a administrar derrotas parciales, no a revertir la ofensiva del capital.

La reforma laboral de Milei vuelve a poner esto en evidencia. No alcanza con denunciarla ni con negociar sus términos. Sin una ruptura con la lógica de mediación y legalismo, la defensa del trabajo queda atrapada en el mismo marco que produce su degradación.

“Ley esclavista”: el moralismo del trotskismo y sus límites políticos

Frente a la reforma laboral de Milei, el trotskismo reaccionó con rapidez y estridencia. Volantes, comunicados y declaraciones la definieron como una “ley esclavista”, un “retorno al siglo XIX” o una “abolición de derechos elementales”. El objetivo es claro: generar indignación inmediata y movilización defensiva. El problema es que este tipo de caracterización no es marxista, sino moralista, y lejos de fortalecer la crítica, la debilita.

Desde el punto de vista del materialismo histórico, el trabajo asalariado no es esclavitud. Es una forma histórica específica de explotación, distinta de la esclavitud y del servilismo. Confundir estas relaciones no es un detalle semántico: borra las determinaciones concretas del capitalismo y reemplaza el análisis por una analogía moral.

Cuando el trotskismo habla de “esclavitud”, no explica cómo funciona la extracción de plusvalía, cómo opera la ley del valor ni por qué el capital necesita avanzar sobre las condiciones de venta de la fuerza de trabajo. La explotación aparece como una injusticia extrema, no como una relación social estructural. El capital no explota: “abusa”. El problema no es el sistema, sino su crueldad.

Esta deriva moralista se expresa en la idealización del derecho laboral previo. El trotskismo presenta las conquistas legales como si fueran un límite casi natural al capital, cuando en realidad son productos históricos de relaciones de fuerza que el propio capital tolera mientras no afecten seriamente la acumulación. Cuando lo hacen, las pone en cuestión sin remordimientos.

En esta lectura, la reforma laboral aparece como una anomalía, una ruptura con un capitalismo “normal” o “regulado”. Pero el marxismo enseña lo contrario: la ofensiva sobre el salario y los derechos es la norma en períodos de crisis, no la excepción. El capital no traiciona ningún pacto moral; actúa conforme a su lógica.

El lenguaje de la “ley esclavista” cumple una función política precisa: sustituye el análisis por la indignación. Moviliza emociones, pero no construye comprensión. Se grita mucho contra Milei, pero se explica poco por qué estas reformas reaparecen una y otra vez, incluso bajo gobiernos que el propio trotskismo consideró “menos peores”.

Además, este moralismo empuja a una estrategia puramente defensiva. Si el problema es la “crueldad” de la reforma, la solución parece ser volver atrás, restaurar derechos, preservar el pasado. No hay reflexión sobre los límites estructurales de esa defensa ni sobre por qué, aun cuando se logra frenar una reforma, el capital vuelve a la carga.

Paradójicamente, esta lectura termina acercando al trotskismo a posiciones que dice combatir. Coincide con el progresismo, con la Iglesia y con sectores del peronismo en la denuncia ética del ajuste. Todos hablan de injusticia, sensibilidad social y derechos humanos. Nadie explica la relación capital–trabajo.

El resultado es una política de agitación permanente sin acumulación teórica. Se convoca a marchas, se repiten consignas, se promete derrotar la reforma con “lucha en las calles”, pero sin una caracterización rigurosa del enemigo social ni de las condiciones objetivas. La estrategia se reduce a la voluntad.

Desde una perspectiva marxista —y en la línea de— esto es un callejón sin salida. La crítica al capitalismo no puede basarse en la comparación con formas de explotación anteriores ni en la nostalgia por un capitalismo regulado. Debe partir de entender por qué el trabajo asalariado es explotación incluso cuando está protegido por derechos.

Llamar “esclavitud” al salario no radicaliza la crítica; la infantiliza. No prepara a la clase trabajadora para entender el funcionamiento del sistema, sino para indignarse frente a sus formas más brutales. Y cuando esas formas se presentan como inevitables, la indignación se agota.

La reforma laboral de Milei no exige gritos más fuertes, sino mejores explicaciones. Sin ellas, el trotskismo seguirá atrapado en un ciclo de denuncia moral, movilización episódica y derrota estratégica. Y el capital, mientras tanto, seguirá avanzando.

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8 de febrero de 2026

La reforma laboral y el problema de fondo que nadie quiere discutir (II)

Para continuar el hilo de la critica véase la publicación anterior.


Libertad contractual o coerción económica: la idolatría liberal del mercado de trabajo


Uno de los pilares ideológicos de la reforma laboral es la apelación a la “libertad contractual”. Según el discurso oficial, el problema del empleo en Argentina no sería económico ni estructural, sino jurídico: demasiadas regulaciones impedirían que empleadores y trabajadores acuerden libremente. Eliminar esas trabas permitiría crear empleo y mejorar las condiciones laborales. Esta idea, repetida hasta el cansancio, merece ser desmontada desde sus fundamentos.

El marxismo parte de una premisa simple: no todo contrato es expresión de libertad real. En el capitalismo, la relación salarial adopta la forma jurídica de un acuerdo entre partes iguales, pero su contenido material está atravesado por una desigualdad estructural. El trabajador no negocia desde la abundancia, sino desde la necesidad de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, es decir, sin sus propios medios de producción.

Aquí aparece lo que Marx denomino fetichismo. La forma jurídica del contrato oculta la relación social que le da origen y la materializa. Se presenta como un intercambio voluntario lo que, en realidad, está mediado por la coerción económica. El trabajador es “libre” de aceptar o rechazar un empleo, pero no es libre de dejar de trabajar.

Milei y los defensores de la reforma toman la forma y absolutizan su apariencia. Si el contrato es voluntario, razonan, entonces es justo. Pero esta lógica ignora deliberadamente el contexto social en el que se celebra ese contrato entre un capitalista y un obrero: una sociedad que se encuentra dividida en clases, donde una posee los medios de producción y la otra solo dispone de su capacidad de trabajar.

Marx describió esta situación como la “doble libertad” del obrero. Libre jurídicamente para vender su fuerza de trabajo y libre —en el sentido negativo— de todo medio que le permita vivir sin venderla. Esta doble libertad es la condición histórica del capitalismo. No es una conquista moral, sino el resultado de la expropiación del capital de los medios sociales de producción.

La reforma laboral no elimina esta coerción económica; la profundiza. Al debilitar la negociación colectiva, individualizar los contratos y abaratar el despido, el capital refuerza su poder en la relación salarial. La “libertad” invocada es, en los hechos, libertad para el capital, no para el trabajador.

Los defensores de la reforma suelen responder que nadie obliga a aceptar un mal empleo. Pero esta afirmación solo puede sostenerse ignorando la existencia del desempleo y la informalidad. En una economía que produce sistemáticamente población desocupada, la opción real no es entre un buen y un mal trabajo, sino entre un mal trabajo o ninguno.

La desregulación no corrige este problema, porque no lo genera el derecho laboral, sino que se reproduce en las mismas entrañas de la acumulación mercantil y fases de reproducción, es su esencia. El desempleo no surge de los convenios colectivos de trabajo ni de las indemnizaciones, ni de los juicios laborales: esta ultima demuestra un conflicto entre capital y trabajo-, sino de la dinámica misma de la acumulación capitalista. Cuando la inversión no absorbe fuerza de trabajo suficiente, el mercado laboral se vuelve más competitivo y el salario tiende a la baja.

En ese contexto, hablar de libertad contractual es una forma de responsabilizar al trabajador por su propia explotación. Si acepta malas condiciones, sería porque así lo eligió. El capital queda absuelto: no explota, simplemente ofrece oportunidades que cada individuo decide tomar o no.

Este desplazamiento ideológico es clave en el discurso del gobierno y las patronales. Transforma un problema social en un problema individual. Borra las relaciones de clase y las reemplaza por elecciones personales. La explotación deja de ser una relación objetiva para convertirse en una suma de decisiones privadas.

Por eso la crítica a la reforma no puede limitarse a defender regulaciones existentes como si fueran garantías definitivas. El derecho laboral es siempre una cristalización transitoria de una relación de fuerzas. Puede atenuar la explotación en periodos breves, pero no eliminarla. Idealizarlo es perder de vista su carácter históricamente condicionado.

La verdadera pregunta no es si el contrato es libre en términos jurídicos, sino qué fuerzas sociales determinan sus condiciones reales. Mientras exista una clase obligada a vender su fuerza de trabajo y otra que la compra para valorizar capital, la libertad contractual será una ilusión necesaria.

La reforma laboral de Milei se apoya en esta ilusión. Desmontarla es un paso indispensable para pasar del rechazo moral al análisis materialista. Sin ese paso, toda crítica queda atrapada en la superficie del discurso liberal y renuncia a comprender —y combatir— el núcleo real del problema.


El consenso burgués frente a la reforma laboral: diferencias tácticas, acuerdo estratégico


En el debate público sobre la reforma laboral impulsada por Javier Milei, lo que sorprende no es la existencia de posiciones encontradas, sino la amplitud del consenso burgués en torno al diagnóstico de fondo. Mientras el gobierno insiste en la “modernización” del mercado laboral, una parte importante de la oposición liberal-conservadora, sectores empresariales y gobernadores "críticos" coinciden en que el régimen actual está “obsoleto” o “rigidizado” y que requiere ajustes estructurales. Las diferencias terminan siendo de forma, no de fondo.

Desde el oficialismo, la narrativa es consistente con la visión de la clase dominante. Legisladores como la senadora Patricia Bullrich han reiterado que la reforma —aunque con cambios— es necesaria para transformar las condiciones laborales, “generar reglas claras” y “sin privilegios” que, según ella, permitirían incentivar inversiones y “muchísimos puestos de trabajo”.  Estas palabras no son solo retórica inocua: revelan que el eje del consenso es la disciplina laboral como herramienta para la valorización del capital.

La Unión Industrial Argentina (UIA), voz principal del empresariado local, no se queda atrás. Su presidente Martín Rappallini ha planteado que, aunque la industria enfrenta costos y desafíos con las políticas del gobierno, “la transformación estructural” es necesaria para competir de manera global.  Formalmente, esto suena a crítica moderada; de hecho, Rappallini advierte sobre la caída de la actividad industrial y la pérdida de empleo. Pero al mismo tiempo, no cuestiona el diagnóstico esencial de fondo: que el mercado laboral argentino debe flexibilizarse para competir. Es decir, acepta el consenso capitalista aunque pida prudencia en las formas.

Esa convergencia no se limita a la UIA. El gobierno ha intensificado reuniones con más de 20 instituciones empresariales —CAME, CAC, UIA, la mesa de enlace del agro— y gobernadores de distintas provincias para afinar apoyos al proyecto de reforma laboral.  Que estos sectores se sienten a discutir el texto y no a rechazar de plano la iniciativa indica mucho más que interés: indica un acuerdo estratégico sobre la dirección general del cambio, aun cuando discutan detalles técnicos como convenios por empresa o facultades discrecionales del Estado.

Incluso dentro de las filas que se proclaman críticas, como la propia bancada de Patricia Bullrich, el centro del consenso es evidente. Bullrich misma subrayó que están dispuestos a aceptar cambios “siempre que la ley cumpla el objetivo de transformar las condiciones laborales” y no “mantener el statu quo”.  Este lenguaje es clave: no se rechaza la reforma, solo se busca acomodarla para que no choque tanto con las resistencias sociales y gremiales. El problema no es el núcleo de la reforma sino su embalaje político.

Este patrón de acuerdos tácticos sostiene un consenso profundo en la clase dominante: la legislación laboral y las condiciones de empleo no son un asunto de derechos, sino de competitividad económica. Aunque algunos sectores piden moderación o cautela, nadie —ni en los principales espacios de la burguesía política o económica— cuestiona la dirección general del proyecto. En términos de análisis de clase, eso significa que la mayoría de los sectores dominantes acepta la necesidad de disciplinar el trabajo para recomponer la tasa de ganancia.

Naturalmente, los gobernadores cuidan sus intereses electorales y sectoriales. Algunos expresan que “en algunos aspectos el proyecto de modernización laboral tiene que ver con lo que se necesita”,  pensando en atraer inversiones o evitar conflictos con grandes grupos económicos. Pero esa postura no contradice el consenso de fondo: la flexibilización laboral debe avanzar. Cambian las prioridades territoriales y las retóricas provincialistas, pero no la dirección de clase de la reforma.

Este consenso burgués explica mucho del actual estado del debate: no existe una oposición estratégica al proyecto desde el campo dominante. Se discute su forma, se negocian sus cláusulas, pero no se cuestiona que el capital busca reducir costos laborales y fragmentar los derechos colectivos. En otras palabras, el conflicto no es entre progreso y reacción, sino entre distintas fracciones del capital sobre cómo administrar el ajuste sin fracturas sociales irreversibles.

La dispersión de las críticas —desde las cámaras empresariales que piden ajustes técnicos hasta sectores opositores que no rechazan el bloque teórico del proyecto— demuestra que la reforma laboral no es una política aislada, sino un punto de convergencia en la agenda de recomposición del capital. La lucha no puede limitarse a discutir matices. El desafío para la clase trabajadora es entender la unidad estratégica de las clases dominantes detrás de esta reforma, y plantear un proyecto de poder que no repita sus categorías.

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7 de febrero de 2026

La reforma laboral y el problema de fondo que nadie quiere discutir


La reforma laboral impulsada por el gobierno derechista de Javier Milei reabrió un debate recurrente en la Argentina en el amplio espectro político burgués y en las organizaciones obreras (izquierda, sindicatos, organizaciones civiles) donde un análisis materialista aparece ausente en la escena de la polémica. el debate gira en torno a las siguientes cuestiones: derechos versus mercado, Estado versus libertad, sensibilidad social versus ajuste. Sin embargo, la mayoría de las críticas que circulan —desde el progresismo, el sindicalismo, la Iglesia y buena parte de la izquierda— comparten un mismo límite: abordan la reforma como un problema moral o jurídico, no como una expresión de la relación capital–trabajo bajo el capitalismo.

En esta serie de entradas proponemos correrse de la indignación inmediata para analizar la reforma laboral desde una perspectiva marxista, poniendo en el centro la ley del valor, la explotación salarial, la población obrera sobrante y las necesidades de la acumulación. Lejos de la denuncia abstracta y del legalismo, el objetivo es mostrar que la reforma no es una excentricidad liberal ni un capricho ideológico, sino una respuesta estructural a las contradicciones del capital.

A lo largo de las entradas se examinan las posiciones del liberalismo, el consenso burgués, el sindicalismo integrado, la Iglesia, el socialismo institucional, el progresismo y el trotskismo, no solo para polemizar por deporte, sino para señalar un problema político de fondo: sin una crítica de la relación salarial, toda oposición a la reforma termina administrando la derrota.

Este recorrido no ofrece consuelos ni atajos. Busca, en cambio, recuperar una crítica marxista que permita entender por qué las reformas laborales regresivas se repiten una y otra vez en el capitalismo, por qué la defensa moral de los derechos es insuficiente y por qué la emancipación del trabajo no puede surgir de la nostalgia por un capitalismo más humano.

Milei y la reforma laboral: no una locura libertaria, sino una necesidad del capital

La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei suele presentarse como el resultado de una ideología de extremaderecha, casi excéntrica, propia de un presidente “fuera de sistema” o "perverso”. Esta lectura tranquiliza a muchos que buscan analizar la superficie de la cuestión: pero si el problema es Milei, bastaría con desplazarlo en una elección para que el conflicto desaparezca. Sin embargo, desde una perspectiva marxista, esta interpretación es superficial y políticamente desarmante para los comprensión profunda de lo que implica una reforma laboral para la clase obrera de conjunto .

Esta reforma laboral no surge de la cabeza de un individuo "perverso" ni de su representación a un sector del capital, ni de un experimento libertario aislado. Es la expresión de una necesidad objetiva del capital en las condiciones actuales de acumulación en Argentina. Milei no es el autor del libreto: es su ejecutor más brutal y transparente. La sustancia del programa procapitatalista precede al personaje.

Cuando se analiza el contenido de la reforma —flexibilización, abaratamiento del despido, debilitamiento de la negociación colectiva, mayor discrecionalidad patronal— lo que aparece no es una ruptura con el pasado, sino la profundización de las tendencias de largo plazo que atraviesan décadas. Cada ciclo de crisis vuelve a poner sobre la mesa el mismo objetivo capitalista: reducir el costo de la fuerza de trabajo.

Desde Marx sabemos que el salario no se explica por la moral, el derecho ni la voluntad política de un gobierno de izquierda o de derecha, sino por la ley del valor. El capital compra la fuerza de trabajo como una mercancía más y busca pagarla lo menos posible para maximizar la plusvalía (trabajo no pago). Cuando la tasa de ganancia se ve presionada, el ajuste recae, una y otra vez, sobre las condiciones de venta de esa mercancía denominada fuerza de trabajo.

Argentina no es la excepción a esta lógica del capital. La combinación de baja productividad relativa, dificultades para insertarse en el mercado mundial y crisis recurrentes de rentabilidad empuja al capital local —y a las fracciones internacionales que operan en el país— a exigir más reformas estructurales. La reforma laboral es una de ellas, junto con la previsional y la fiscal.

En este punto, Milei no innova nada nuevo: explicita. Dice sin rodeos lo que otros gobiernos dijeron con eufemismos. Donde el progresismo hablaba de “modernización” y el peronismo de “actualización de convenios”, el mileísmo habla de libertad de mercado. El contenido es el mismo; cambia el envoltorio ideológico en cada gobierno.

Un elemento central de este proceso es la existencia de una gran población obrera desocupada. El capitalismo argentino no logra absorber de manera productiva a toda esa mercancía fuerza de trabajo disponible. El desempleo, la informalidad y la precariedad no son fallas del sistema, sino resultados necesarios de su funcionamiento explicito sin ello no habría capitalismo. Esta masa de trabajadores desocupados presiona a la baja sobre el salario y debilita la capacidad de negociación del conjunto de la clase.

La reforma laboral busca institucionalizar esa presión del capital. Al flexibilizar derechos, individualizar la relación laboral y reducir los costos de despido, el capital fortalece su posición frente a una clase trabajadora estructuralmente fragmentada. No se trata de crear empleo “genuino” o "modernizar”, sino de disciplinar al trabajo existente.

Por eso es un error político explicar la reforma como una simple “crueldad” o de un gobierno antiobrero o como un ataque ideológico. El capital no actúa por maldad, sino por necesidad histórica. Moralizar el análisis equivale a renunciar a comprender el problema en sus determinaciones reales.

Esto también explica por qué la reforma encuentra apoyos explícitos o implícitos en amplios sectores del arco político burgués desde el PJ,UCR, PRO y por supuesto LLA. Cambian los ritmos, las formas y el lenguaje, pero el diagnóstico de fondo es compartido: el trabajo debe adaptarse a las necesidades de la acumulación. Milei solo elimina los matices.

Reducir el problema a Milei conduce a una falsa salida: la ilusión de que un recambio electoral resolvería el conflicto. Pero mientras persistan las mismas relaciones sociales capitalistas, las mismas reformas volverán a plantearse, con otros nombres y otros ejecutores.

Una crítica marxista no puede quedarse en la superficie del escándalo político. Debe ir al núcleo del problema: la relación capital–trabajo. La reforma laboral no es un accidente político, es un síntoma. Y combatir el síntoma sin cuestionar la enfermedad solo garantiza su repetición.

Milei pasará. La presión del capital sobre el trabajo, no. Entender esto es el primer paso para salir del moralismo y empezar a pensar una estrategia que no se limite a defender lo perdido, sino que apunte a superar las condiciones que hacen necesarias estas reformas que deterioran la vida de la clase obrera.