24 de marzo de 2026

A 50 años del golpe: clase, Estado y los límites del nacionalismo

Al cumplirse medio siglo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el debate sobre su naturaleza y significado histórico sigue atravesado por tensiones políticas e ideológicas. No es casual. Lo que está en discusión no es solo el pasado, sino también cómo interpretamos el presente.

Ésto nos obliga a ir más allá de las explicaciones cómodas más aceptadas en arco político. No alcanza con condenar la dictadura: hay que entender qué condiciones sociales, políticas, económicas la hicieron posible.

El golpe no fue un “exceso militar”

Una de las ideas más instaladas en la literatura es que el golpe fue una desviación autónoma de las Fuerzas Armadas. Pero esto oscurece lo esencial del análisis.

El régimen que comenzó en 1976 fue una dictadura cívico-militar. No actuó en el vacío: expresó intereses de clase concretos de sectores empresariales, financieros y buena parte del poder político burgués acompañaron —de forma activa o pasiva— la salida golpista.

El punto de fondo es claro: cuando la acumulación capitalista entra en crisis y no logra recomponerse dentro de los marcos institucionales de la democracia burguesa, la coerción estatal pasa a primer plano.

Crisis orgánica y lucha de clases

El golpe debe ubicarse en la crisis de mediados de los años setenta. No era simplemente un “caos”, sino una situación de bloqueo.

La economía mostraba tensiones crecientes: inflación, caída de la rentabilidad, dificultades para sostener el modelo de acumulación. Al mismo tiempo, la clase trabajadora mantenía niveles importantes de organización y resistencia política.

Esa combinación —crisis económica y conflictividad social— es clave. La burguesía no opta por la dictadura solo por capricho, sino cuando no puede disciplinar al trabajo en condiciones “normales”.

El rol del peronismo y los límites del nacionalismo

Aquí aparece uno de los puntos más sensibles. El último gobierno peronista no fue simplemente una víctima del golpe. Tampoco fue un actor homogéneo. Pero sí contribuyó a crear condiciones que facilitaron la intervención militar.

Bajo el gobierno de María Estela Martínez de Perón, la represión ya estaba en marcha. La acción de la Triple A fue un instrumento paraestatal dirigido contra los sectores obreros y de la izquierda en particular.

Al mismo tiempo, el gobierno no lograba estabilizar la economía ni encauzar el conflicto social dentro de los marcos institucionales. Esto llevó a una creciente descomposición política y a un fenómeno decisivo: sectores del propio peronismo —especialmente su ala sindical y burocrática— terminaron aceptando, de hecho, la idea de una “salida de orden”.

Pero este proceso no puede entenderse solo en términos coyunturales. Tiene una raíz más profunda: los límites del nacionalismo peronista como estrategia histórica.

El peronismo, en tanto proyecto nacional-popular, se propuso conciliar intereses de clase: articular a la burguesía local con la clase trabajadora bajo la mediación del Estado. Durante ciertos períodos, esta mediación logró estabilizar el conflicto. Pero esa estabilidad era frágil.

¿Por qué? Porque no eliminaba la contradicción fundamental entre capital y trabajo, sino que la administraba. Y cuando las condiciones económicas se deterioraron apareciendo —caída de la rentabilidad, crisis internacional— esa mediación empezó a romperse.

En ese contexto, el nacionalismo mostró su límite político y estructural: no podía sostener simultáneamente las condiciones de la acumulación del capital y las demandas del movimiento obrero.

Frente a ese impasse, el resultado fue doble: por un lado, represión desde el propio gobierno (como la Triple A) creado por el propio López Rega mano derecha de Juan Domingo Perón, por otro, incapacidad para evitar una salida más reaccionaria

En este sentido, el golpe no solo expresó la ofensiva de la clase dominante hacía el conjunto de la clase obrera, sino también el fracaso de una estrategia política —la del nacionalismo burgués— para resolver las tensiones del capitalismo argentino.

El contenido de clase de la dictadura

El terrorismo de Estado no fue un exceso irracional. Fue funcional a un programa económico. La represión sistemática tuvo un objetivo concreto: destruir la capacidad de organización de la clase trabajadora para imponer una reestructuración regresiva.

Esa reestructuración implicó:caída del salario real, debilitamiento sindical,
apertura económica, expansión de la valorización financiera. El golpe, en este sentido, reorganizó la sociedad en función de las necesidades del capital.

Imperialismo y determinaciones internas

La injerencia de los Estados Unidos fue importante, pero no explica por sí sola el golpe. Reducir el proceso al imperialismo implica desconocer el papel activo de la clase burguesa criolla. El golpe fue posible porque existían intereses internos que lo impulsaban. El imperialismo operó en articulación con esas fuerzas, no como un sustituto de ellas.

Democracia y límites estructurales

A 50 años, la democracia argentina ha consolidado consensos importantes, especialmente en torno a los derechos humanos. Sin embargo, esto no debe llevar a una lectura complaciente.

Las condiciones estructurales que dieron origen a la crisis de los años setenta no han desaparecido completamente. Persisten tensiones en la acumulación, desigualdades profundas y conflictos entre capital y trabajo.

En ese marco, la democracia aparece como una forma política con límites: funciona mientras esas tensiones puedan ser contenidas.

A modo de cierre

El golpe de 1976 no fue una anomalía ni un accidente. Fue una forma extrema de resolución de una crisis de clase. Incorporar el papel del peronismo y, más profundamente, los límites del nacionalismo, permite comprender mejor ese proceso. No para distribuir culpas de manera abstracta, sino para identificar problemas reales.

Porque la lección de fondo sigue vigente; ninguna estrategia que busque conciliar de manera duradera intereses de clase antagónicos puede evitar, en última instancia, que esas contradicciones estallen.
Y cuando estallan, la historia argentina muestra que las salidas pueden ser profundamente regresivas.
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14 de marzo de 2026

Adam Smith, 250 años después entre el nacimiento de la economía política y la crítica de Marx

Esta nota es la primera que publico con respecto al aniversario de La riqueza de las naciones de Adam Smith, en futuras publicaciones analizaré sus aportes a la economía política y la crítica de Marx.

En este 2026 se cumplieron 250 años de la primera publicación de Una investigación sobre la naturaleza y las causas de La riqueza de las naciones un 9 de marzo de 1776. La obra más famosa de Adam Smith compuesto principalmente por cinco libros que contienen mas de 1000 páginas. El contexto de la obra es el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. La economía política clásica surgió como una crítica al sistema mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de los metales preciosos y el control estatal del comercio exterior. Smith cuestionó esta concepción y planteó que la riqueza de una nación depende fundamentalmente de su capacidad productiva, es decir, del desarrollo del trabajo social.Tan pocas obras han tenido una influencia comparable en la formación de la economía moderna. Con ese libro nació una tradición intelectual que intentó explicar cómo funcionaba el capitalismo emergente en la Europa del siglo XVIII.


Sin embargo, recordar a Smith dos siglos y medio después no significa repetir el mito liberal del “padre del libre mercado”. La verdadera historia de la economía política es más compleja, Smith fue un crítico del mercantilismo y un observador del capitalismo naciente, pero sus ideas fueron posteriormente reinterpretadas y simplificadas por la economía neoclásica. El aniversario invita, por lo tanto, a volver a discutir qué dijo realmente Smith, qué límites tenía su teoría y cómo fue superada por la crítica de Marx.

Smith y el nacimiento de la economía política


La obra de Smith surge en un contexto histórico particular: el ascenso del capitalismo comercial e industrial en Gran Bretaña. En ese momento predominaba la doctrina mercantilista, que identificaba la riqueza nacional con la acumulación de metales preciosos y el superávit comercial. Smith polemizó con esa visión. Argumentó que la riqueza de una sociedad no dependía del oro acumulado, sino de su capacidad productiva, es decir, del trabajo y de la organización de la producción.

Su idea central fue la división del trabajo. Según Smith, cuando el proceso productivo se divide en tareas especializadas, la productividad aumenta enormemente. El ejemplo clásico es la fábrica de alfileres, donde la fragmentación del trabajo permite multiplicar la producción. La división del trabajo se convierte así en el motor del crecimiento económico. Pero Smith también señaló un límite importante: la división del trabajo depende del tamaño del mercado. Cuanto mayor sea el mercado, mayor será la especialización y, por lo tanto, la productividad. Esta intuición anticipaba un rasgo fundamental del capitalismo moderno, su tendencia permanente a expandirse a todo el planeta.

Un pensador más complejo que el mito neoliberal


La tradición neoliberal transformó a Smith en un apóstol del “libre mercado absoluto”. Sin embargo, esta lectura simplifica su pensamiento. Smith no creía que los mercados funcionaran de manera automática en beneficio de todos los miembros de una sociedad dividida en clases sociales. Reconocía, por ejemplo: el poder de los monopolios, la tendencia de los empresarios a conspirar contra el público, la desigualdad entre los propios capitalistas y también de los trabajadores. De hecho, advertía que cuando los empresarios se reúnen, el resultado suele ser una conspiración contra los consumidores o contra los salarios. En otras palabras, Smith no era el defensor caricaturesco del mercado autorregulado que suele aparecer en los manuales de la economía convencional.

El límite histórico de la economía política clásica


A pesar de su enorme importancia, el análisis de la economía de Smith contenía límites claros. Smith identificó el papel del trabajo en la creación de riqueza, pero no logró explicar completamente el origen del beneficio capitalista, la bestia negra de la economía burguesa. Tampoco pudo desarrollar una teoría coherente de las crisis económicas. Estos problemas serían abordados posteriormente por otros economistas clásicos, especialmente por David Ricardo. Sin embargo, sería Marx quien llevaría la crítica mucho más lejos.

Marx y la crítica de la economía política


Marx partió de los trabajos intelectuales de Smith y Ricardo, pero lo sometió a una crítica radical materialista dialéctica. Mientras que Smith veía al capitalismo como un sistema esencialmente progresivo, Marx intentó revelar sus contradicciones internas. Su teoría de la plusvalía explicó el origen de la ganancia capitalista (Trabajo no pagado al obrero) el capital obtiene los beneficios porque los trabajadores producen más valor del que reciben en sus salarios. A partir de allí, Marx desarrolló una teoría de las crisis basada en: la acumulación de capital, la competencia entre los capitalistas, la tendencia decreciente de la rentabilidad y las crisis de sobreproducción entre otras crisis analizadas por Marx y Engels. De este modo, el capitalismo aparece no como un sistema armónico, sino como un sistema históricamente limitado y atravesado por las sucesivas crisis periódicas del sistema.


El capitalismo, 250 años después


Dos siglos y medio después de Smith, el capitalismo se ha transformado profundamente. La economía mundial hoy está dominada por: las grandes corporaciones multinacionales, los mercados financieros, las cadenas globales de producción, los monopolios tecnológicos. Paradójicamente, muchas de estas características contradicen el ideal de competencia que los economistas liberales enrolados en escuela neoclásica y austriacos atribuyen a Smith. Además, la economía global enfrenta problemas que Smith difícilmente hubiera imaginado cómo ser: la desigualdad extrema, las crisis financieras recurrentes, el estancamiento productivo en muchas economías, y la crisis climática. Todo esto muestra que el capitalismo no evolucionó hacia un equilibrio estable, sino hacia un sistema cada vez más contradictorio.

Conclusion 


Recordar a Smith 250 años después no debería servir para repetir dogmas liberales. La verdadera importancia de Smith es histórica: inaguró la economía política como ciencia social que intento comprender científicamente el funcionamiento del capitalismo. Pero la crítica posterior (especialmente la de Marx) mostró que ese sistema contiene contradicciones profundas que Smith no pudo explicar con su desarrollo teórico. Por eso, el aniversario de La riqueza de las naciones debería servir no para celebrar el capitalismo, sino para retomar la tradición crítica de la economía política y preguntarnos nuevamente: ¿Es el capitalismo realmente el destino final de la organización económica, o solo una etapa histórica más de la sociedad humana?.
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8 de marzo de 2026

8M, feminismo y la adaptación de la izquierda trotskista a la ideología

Las movilizaciones del Día Internacional de la Mujer volveran a llenar las calles de Buenos Aires y de otras ciudades de Argentina el lunes 9/3. Como ocurre desde hace años, las organizaciones de izquierda —en particular las trotskistas— participaran activamente de la marcha, levantando las consignas feministas y presentando el movimiento como uno de los ejes centrales de la lucha social contemporánea.


Sin embargo, detrás de esa participación se esconde un problema político de fondo: la adaptación de amplios sectores de la izquierda al marco ideológico del feminismo dominante o burgués. Es decir, la aceptación —muchas veces acrítica— de una explicación de la opresión que desplaza el análisis marxista de la explotación capitalista hacia una lectura basada en el antagonismo entre los sexos.
El resultado es una paradoja: las organizaciones que se reivindican socialistas terminan reproduciendo categorías teóricas ajenas al marxismo.

El patriarcado como sustituto del capital

El núcleo del problema radica en la categoría de “patriarcado”. En el discurso feminista burgués o pequeñoburgués—y hoy también en gran parte de la izquierda trotskista— el patriarcado aparece como un sistema de dominación autónomo, paralelo al capitalismo. Bajo esta lógica, la sociedad estaría estructurada por dos grandes sistemas de poder: el capital y el patriarcado. Pero esta formulación introduce un desplazamiento decisivo y contradictorio. Si el patriarcado es un sistema independiente, entonces el antagonismo fundamental deja de ser exclusivamente entre capital y trabajo. La lucha social pasa a definirse también —y a veces principalmente— como un conflicto entre hombres y mujeres.

Este planteo choca frontalmente con un enfoque materialista histórico. Para la izquierda anclada en la tradición del socialismo de Marx y Engels, las formas de opresión deben analizarse en relación con la estructura del modo de producción capitalista. La subordinación de las mujeres no es un sistema autónomo que atraviesa la historia de manera inmutable; está ligada a formas históricas concretas de la organización de la producción y la reproducción social.

Esto ya había sido señalado magníficamente por Federico Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde la opresión de las mujeres se vincula con el desarrollo de la propiedad privada y la familia monogámica. La teoría del patriarcado, en cambio, tiende a deshistorizar el problema y a convertir la relación entre los sexos en el eje central de la dominación social.

La izquierda siguiendo a la ideología dominante

Lo llamativo es que esta perspectiva no surge del marxismo sino del desarrollo del feminismo académico y de sus corrientes políticas pequeñoburguesas. Sin embargo, gran parte de la izquierda trotskista la ha incorporado sin demasiadas mediaciones y críticas. En lugar de someter estas teorías a una crítica materialista profunda, se las adopta como si fueran una extensión natural del marxismo.

La razón de esta adaptación no es difícil de entender. El feminismo se convirtió en una de las ideologías progresistas más dominantes en amplios sectores de la pequeñaburguesía y en sus nichos ideológicos. En ese contexto, muchas organizaciones de izquierda han optado por acompañar esa corriente en lugar de confrontarla de manera crítica. En otras palabras, el feminismo funciona como una puerta de entrada a nuevos espacios de militancia, particularmente en las universidades y en los sectores juveniles.

El problema es que, al hacerlo, la izquierda termina incorporando categorías políticas que diluyen la centralidad de la lucha de clases por una que se diluye en el sexo.

El sujeto político de la clase a la identidad

Esta adaptación se refleja con claridad en la definición del sujeto político. Para el marxismo, el sujeto potencial de transformación social es la clase trabajadora. No porque sea moralmente superior, sino porque su posición en la producción social la coloca en antagonismo directo con el capital. El feminismo dominante, en cambio, construye su sujeto político a partir de una identidad: las mujeres.

Aquí aparece una dificultad evidente. “Las mujeres” no constituyen una clase social. Dentro de esa categoría conviven trabajadoras precarizadas, desocupadas, profesionales de la pequeñaburguesía, empresarias y funcionarias del Estado. Sus intereses materiales pueden ser —y de hecho son— profundamente distintos. Sin embargo, el discurso feminista tiende a borrar esas diferencias de clases y a presentar a todas ellas como parte de un mismo bloque oprimido.

La consecuencia es una política interclasista, en la que el antagonismo entre capital y trabajo queda desplazado por una identidad común de género.

El feminismo es compatible con el capitalismo

Este desplazamiento también explica por qué muchas de las reivindicaciones centrales del feminismo contemporáneo son perfectamente compatibles con el modo de producción capitalista. La igualdad de género puede expresarse en los directorios de las empresas con paridad de género, mayor presencia femenina en el Estado, acceso de mujeres a cargos de poder, como en ONU, Unión Europea, FMI, Poder Ejecutivo... etc.

Nada de esto cuestiona necesariamente la explotación capitalista. Una multinacional puede tener un directorio con paridad de género y, al mismo tiempo, sostener salarios de miseria o condiciones laborales precarias a muchas mujeres y hombres. Por eso el capitalismo ha demostrado una notable capacidad para absorber y resignificar muchas demandas feministas. La igualdad dentro del sistema no implica la superación del sistema de apropiación de trabajo no pago.

El 8M y la pérdida de su contenido de clase

Hay además una ironía histórica que rara vez se menciona. El Día Internacional de la Mujer fue impulsado originalmente por el movimiento socialista internacional. Su promoción estuvo ligada a figuras socialistas como Clara Zetkin y Alexandra Kollontai, que concebían esta jornada como una instancia de lucha de las mujeres trabajadoras. El eje no era la identidad de género sino la relación entre explotación capitalista y opresión femenina. Hoy, en cambio, el 8M aparece cada vez más como una movilización basada en una identidad amplia de “mujeres y disidencias”, donde el contenido de clase queda en segundo plano. Paradójicamente, buena parte de la izquierda que participa en estas marchas contribuye a consolidar ese desplazamiento.

Una crítica necesaria

Plantear estos problemas suele generar acusaciones automáticas como: “economicismo”, “reduccionismo de clase” o incluso “machismo”. Sin embargo, la crítica marxista al feminismo dominante no implica negar la opresión de las mujeres ni minimizar las luchas contra la violencia o la discriminación. Sino implica una concepción distinta, rechazar una interpretación que sustituye la lucha de clases por conflictos identitarios.

La izquierda no debería limitarse a reproducir la ideología progresista de la burguesía. Su tarea es someterla a una crítica desde una perspectiva materialista.

Conclusión: Las movilizaciones del 8M expresan malestares reales y demandas legítimas. Pero el marco ideológico que las organiza —y que gran parte de la izquierda trotskista la ha adoptado— tiende a desplazar el análisis de la explotación capitalista hacia un conflicto entre identidades. El resultado es una política que puede movilizar de manera masiva, pero que muchas veces desarma la comprensión materialista de la sociedad. Si la izquierda pretende mantener una perspectiva marxista, el desafío no es adaptarse al feminismo dominante o hegemónico, sino reintegrar la cuestión de la opresión de las mujeres en el análisis de la lucha de clases. No hacerlo implica, en última instancia, reemplazar la crítica del capitalismo por una política de identidades que el propio sistema ha demostrado ser capaz de absorber.
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4 de marzo de 2026

El desafío de la transformación.

La ley del valor, piedra angular de la economía clásica, postula que el valor de una mercancía depende de la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla bajo condiciones promedio. Para los clásicos, este valor definía el precio natural, el eje sobre el cual oscilan los precios de mercado según la oferta y la demanda. Esta fluctuación es la que coordina la distribución del capital entre las distintas industrias.

En la visión clásica (Smith o Ricardo), el precio natural o costo de producción era, en esencia, idéntico al valor de la mercancía.

El mecanismo de ajuste

Si hay exceso de oferta en un sector (ej. grano) y escasez en otro (ej. calzado), los precios de mercado se desvían de sus valores. El capital abandona las áreas de baja rentabilidad y fluye hacia las de beneficios superiores a la media. Este proceso, realizado sin dirección central, permite que la búsqueda individual del lucro derive en la satisfacción de las necesidades sociales. Este principio se erigió como la base del liberalismo económico.

La contradicción fundamental

Adam Smith notó una tensión: la competencia empuja a los capitalistas a buscar la tasa de ganancia más alta, tendiendo a igualarla entre sectores. En un escenario de "libertad perfecta" (libre flujo de capital), capitales de igual magnitud deberían generar beneficios iguales en tiempos iguales.

Sin embargo, surge un problema: los capitales con mayor proporción de capital fijo tienen ciclos de rotación más largos. Para igualar la ganancia en el mismo periodo de tiempo, estos sectores deberían cobrar precios más altos que aquellos con rotación rápida. Aquí aparece el conflicto entre la determinación por el trabajo y la igualación de beneficios.

El enigma del vino añejado

Un ejemplo clásico es el vino fino. Mientras reposa en barricas de roble durante años sin recibir trabajo humano adicional, su precio aumenta como si generara "intereses". La economía burguesa utiliza esto para atacar la teoría del valor-trabajo, argumentando que el tiempo o el capital mismo crean valor. Esta aparente contradicción entre el trabajo invertido y la igualación de la tasa de ganancia ha sido un punto de debate central para todas las escuelas económicas.

El planteamiento de Marx y el capital variable

Marx profundiza este problema en El Capital al introducir la distinción entre capital constante (maquinaria y materias primas) y capital variable (fuerza de trabajo). Su tesis central es que solo el capital variable genera plusvalor; el constante solo transfiere su valor previo.

El conflicto de las composiciones orgánicas

Imaginemos dos sectores:

  1. Sector A: $50c + 50v + 50s = 150$. Tasa de ganancia: 50%.

  2. Sector B: $75c + 25v + 25s = 125$. Tasa de ganancia: 25%.

Si las mercancías se vendieran por su valor-trabajo, nadie invertiría en el Sector B. Por lo tanto, los precios reales de equilibrio (precios naturales) no pueden ser idénticos a los valores-trabajo directos cuando las composiciones de capital difieren.

El avance científico de Marx: Trabajo Abstracto

Marx superó a Ricardo al descubrir la dualidad del trabajo: concreto (creador de valores de uso) y abstracto (creador de valor). El trabajo abstracto es la sustancia social homogénea que permite comparar objetos tan distintos como manzanas y naranjas.

Esta abstracción no es solo teórica; ocurre en el mercado cada vez que intercambiamos productos. Al margen de las condiciones individuales del trabajador (habilidad, salud, horario), lo que cuenta es el trabajo humano en general. Esto permite medir el valor mediante una unidad común: el tiempo.

Valor vs. Valor de cambio

Marx distinguió el valor (medida inmanente en horas de trabajo) del valor de cambio (expresión del valor en otra mercancía, como el oro). En el capitalismo, el valor solo puede manifestarse como valor de cambio.

El rol del Oro como dinero-mercancía

El oro ha prevalecido como equivalente universal por sus propiedades físicas: es divisible, homogéneo e inalterable. Una onza de oro hoy es físicamente igual a una de hace siglos, aunque el trabajo necesario para extraerla haya cambiado. Al ser dinero, el oro no necesita validarse en el mercado; ya es riqueza social. Todas las categorías económicas (precios, rentas, beneficios) se miden, en última instancia, en peso de oro.

Definiciones clave: Precio Directo y de Producción

Siguiendo a Anwar Shaikh, es útil precisar la terminología:

  • Precio Directo: Es el precio que se tendría si una mercancía se vendiera exactamente por su valor-trabajo (cuando el trabajo contenido en el oro del precio equivale al trabajo contenido en la mercancía).

  • Precio de Mercado: El precio cotidiano que fluctúa constantemente por encima o debajo del precio directo.

  • Precio de Producción: El precio al que se intercambiaría una mercancía si la tasa de ganancia fuera uniforme en todas las industrias. Es una "tasa objetivo" que guía la inversión capitalista.

Marx utilizó estos niveles de abstracción según el contexto: precios de mercado para analizar crisis coyunturales; precios de producción para la renta de la tierra; y precios directos para desentrañar la esencia del plusvalor.

La solución de Marx al Problema de la Transformación

En el Tomo III de El Capital, Marx propuso una transformación (parcial) de valores a precios de producción. Demostró que este proceso redistribuye el plusvalor: los sectores con alta tecnología (composición orgánica elevada) venden por encima de su valor, captando plusvalor generado en sectores con más mano de obra (baja composición orgánica).

Implicaciones geopolíticas

Este análisis explica por qué la producción se traslada a países con fuerza de trabajo barata (alta tasa de plusvalor), mientras que los centros imperialistas mantienen industrias de alta composición orgánica (como microchips) que "absorben" el plusvalor producido en la periferia.

Hacia una solución completa

Aunque los críticos burgueses señalan que la solución de Marx en el Tomo III fue incompleta (al no transformar simultáneamente los insumos), el método de iteración matemática demuestra que, tras sucesivos cálculos, los precios convergen. La transformación no es un error, sino una herramienta para mostrar cómo la competencia enmascara la explotación del trabajo vivo. _



1 de marzo de 2026

Taller de lectura de «El Capital»

A continuación invito a los lectores del blog a la convocatoria del Taller de lectura de El Capital, que se realiza anualmente en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. 


Compañeros/as:

Tal como ocurre desde 2023 (y anteriormente desde 1998), se convoca a conformar un nuevo grupo de lectura de El capital, en el que simplemente se leerá y discutirá horizontal y colectivamente, línea por línea, el conocido texto de Karl Marx.

Se comenzará en marzo con los Prólogos y Epílogos y se terminará en diciembre, hasta donde el grupo haya llegado con la lectura y la discusión.

Al finalizar el año, los/as integrantes del grupo decidirán cómo y de qué manera continuarán el año siguiente; mientras que por mi parte re-iniciaré con un nuevo grupo desde los Prólogos y Epílogos.

Se trata de grupos de lectura abiertos, públicos y gratuitos, y no es necesario ser egresado/a ni estudiante universitario/a para participar de ellos.

Se propone leer el texto "pelado", con la pretensión de entenderlo en su "lógica interna", tratando de no entrar, en primera instancia, en discusiones que presuponen lecturas "exteriores" o posteriores al mismo. Ocasionalmente, para algunos pasajes, se recurrirá a lecturas parciales de Fenomenología del espíritu, Ciencia de la lógica y Enciclopedia de las ciencias filosóficas, de Hegel. Para El capital, se utilizará la traducción de la editorial Siglo XXI.

Serán aproximadamente 18 reuniones, de marzo a julio y de agosto a diciembre (*), sábado por medio, de 13:30 a 16:00 hs., en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Puan 480, Caballito, CABA). 

Para el grupo 2026, la primera reunión será el sábado 28/03 a las 13:30 hs., en el aula 257 (2do. piso). Se trabajarán las cuestiones generales de organización del grupo y se comenzará con la lectura de los Prólogos y Epílogos. Para quienes no tengan el libro en papel, compartimos uno de los tantos links a disposición:https://proletarios.org/books/El-Capital-Vol-1-Libro-I-Karl-Marx.pdf

Por su parte, los grupos que se constituyeron en 2023, 2024 y 2025 están abiertos a que se incorporen a la lectura quienes así lo deseen. Para saber en qué parte del libro se encuentra cada grupo y cuándo se vuelve a reunir en 2026, escribir a eglavich@filo.uba.ar.

Sugerimos subscribirse al grupo de Google: grupos-de-lectura-de-el-capital@googlegroups.com, enviando un e-mail a: grupos-de-lectura-de-el-capital+subscribe@googlegroups.com, puesto que será nuestro canal de comunicación para todo lo referido al grupo de lectura. En el mismo, conviviremos los/as integrantes de los grupos 2023, 2024, 2025 y 2026.

(*) Tentativamente, las 18 reuniones en 2026 serán las siguientes:

Marzo: 28
Abril: 11, 25
Mayo: 09, 23
Junio: 06, 20
Julio: 04
Agosto: 08, 22
Septiembre 05, 19
Octubre: 03, 17, 31
Noviembre: 14, 28
Diciembre: 05

Saludos, Eduardo Glavich (eglavich@filo.uba.ar).
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